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Primero sintió las piernas y brazos entumidos y después su cuerpo se desboronó. El rivense Francisco Javier Bonilla nunca imaginó cómo se siente recibir una descarga eléctrica de 14 mil voltios y ahora, sin sus piernas y brazos, nunca lo podrá olvidar.

El 20 de octubre del 2008, a eso de la 10:30 am, Bonilla, entonces de 28 años y de profesión soldador, sufrió una descarga eléctrica cuando estaba en el techo de una casa y levantó un perlín que pasó cerca de un cable de alta tensión, lo suficientemente cerca como para que la electricidad se transmitiera del cable al perlín y después al cuerpo de este hombre.

Todo ocurrió en cuestión de segundos, pero con secuelas para toda la vida.

“Aunque el perlín no hizo contacto con el cable de 14 mil voltios, la corriente se transportó por el metal y me electrocuté, luego caí sobre el techo (de la casa), pero nunca perdí la conciencia, solo sentí mis piernas entumidas”, dice Bonilla, 10 años después.

Expertos explican que el cuerpo humano puede soportar descargas eléctricas entre 200 y 250 voltios. Más allá de eso, empieza a tener efectos. Un golpe de más de 10 mil voltios es para morir, pero Bonilla logró soportar el paso de 14 mil voltios en su cuerpo.

Francisco Javier Bonilla, sobreviviente de una descarga eléctrica. Lésber Quintero/END

Tras el incidente, a Bonilla, cuyo cuerpo había estallado por dentro, lo llevaron de emergencia al hospital y los médicos le daban 12 horas de vida, pero él los desafió y luego de tres días en estado grave en Rivas, decidieron mandarlo a Managua, al Lenín Fonseca.

Al Lenín Fonseca se le conoce por ser el hospital donde llegan los casos más graves que se registran en Nicaragua.

El de Bonilla era un caso muy grave. En el Lenín Fonseca a este soldador le quedó claro que aquel entumecimiento sería lo último que sentiría en sus brazos y piernas, porque los médicos le informaron que debían amputarlo.

“En un inicio me aferré a que me recuperaría, pero cuando empiezan a amputarme mis extremidades me resigné y di gracias a Dios porque me dejó lo mejor, que es la vida y poder seguir adelante”, explica ahora.

El proceso de amputación Bonilla lo resume así: Después de ocho días en el Lenín Fonseca primero le quitaron el brazo derecho. Después las dos piernas y terminaron con su brazo izquierdo. El proceso duró 22 días.

Antes de quedar sin sus cuatro extremidades, los médicos le dijeron a Bonilla que no podían hacer nada más para rescatarlas.

“Efectivamente, yo no las sentía. Me pinchaban y no percibía nada, la piel se puso oscura y emanaba un olor desagradable y mi mano izquierda hasta se desprendió de mi brazo, antes de ser amputado”, explica.

Cambio de vida

Casi 11 años después del trauma, Bonilla es un hombre optimista, casado, con dos hijos y trabajando.

“Soy de los que piensan que las limitaciones uno se las pone y pese a que perdí mis dos piernas y ambos antebrazos, nunca perdí las ganas de vivir y diez años y siete meses después del accidente, mi vida transcurre con total normalidad, porque hago lo que me propongo”, dice a El Nuevo Diario.

Bonilla es independiente para bañarse, pintar una casa, andar en bicicleta y trabajar en albañilería.

Este hombre también mantiene su buen sentido del humor.

“Puedo cocinar, igual que antes, y con la ventaja de que ahora no me quemo las manos”, afirma antes de soltar una risa burlona.

Las bromas, sin embargo, esconden el trauma de la recuperación, adaptación y aceptación con él mismo y con su familia.

Cuando Bonilla volvió a Rivas, sin piernas y brazos, lo que más quería era ver a su hija mayor, entonces de 18 meses, pero la pequeña no lo reconoció.

Cuando se vieron, él lloró y “la niña gritaba llamando a su papá, porque no me reconocía”.

“(La niña) me quería con brazos y piernas y no pude contener las lágrimas, pero después de dos días ella logró reconocerme, quizás por mi voz, y ya se mantenía cerca de mí, secándome el sudor de la cara con una toalla”, relata.

En Nicaragua hay dicho que plantea que en este país todos se conocen, y en los pueblos es bastante verídico.

Francisco Javier Bonilla, sobreviviente de una descarga eléctrica. Lésber Quintero/ENDCuando los vecinos supieron de la desgracia que tocó a Bonilla, se organizaron y junto con las monjas de una escuela privada aportaron para que este soldador tuviese una pulpería, que ahora atiende.

También se dedica a cuidar bicicletas y motos a los rivenses que acuden al estadio Yamil Rios Ugarte, de Rivas, para ver jugar al equipo Frente Sur y, pese a la tragedia que sufrió, asegura que nunca pensó en privarse de la vida.

Tampoco recurrió a un psicólogo para superar la pesadilla.

“Dios siempre estuvo conmigo para darme fuerza y ganas de seguir adelante con el apoyo de mis padres, mi esposa, amistades y cuando regresé del Antonio Lenin Fonseca, seguí luchando por mi vida”, explica Bonilla.