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La última chamán de Rivas vivió en dos milenios, viajó en el extinto ferrocarril y, a sus 106 años, poco antes de morir, dejó una orden bastante clara a sus conocidos y descendientes: Ser sepultada en tierra y no en bóveda, para no sufrir calor en el más allá.

“Ella decía que si la sepultaban en bóveda le daría mucho calor, que prefería seguir con la tradición de ir bajo tierra y se le cumplió, porque ella es todo un icono para la comunidad y un personaje difícil de reponer”, dice Santiago López, uno de los líderes de la comunidad indígena de Veracruz, Rivas, donde vivía Arias.

Juana Agripina Arias nació el 23 de junio de 1913 y murió el 25 de junio de 2019. Los números siempre eran casi perfectos para ella, quien se autoproclamaba adivina.

La anciana era una reconocida partera, por cuyas manos pasaron centenares de bebés, pero ella solo tuvo dos hijos: un varón, quien murió siendo niño, y una mujer.

“Ella procreó un niño y una niña, pero el varón murió en su infancia y su única hija, que murió a inicios de este año, le dejó una descendencia de seis nietos, 18 bisnietos y 19 tataranietos”, afirmó la bisnieta, Teresa Borge.

Por su avanzada edad, a Arias nadie nunca le dijo que su hija había muerto. Al parecer, ella tampoco lo adivinó.

La autoproclamada guardiana de la medicina tradicional contaba que heredó sus conocimientos de sus antepasados.

Borge, bisnieta de la reconocida curandera y partera rivense, explicó a El Nuevo Diario que el deceso ocurrió a la 5:00 pm del martes, 25 de junio.

“A causa de problemas respiratorios que la aquejaban, pero pese a su edad ella aún estaba consciente, aunque ya no miraba, ni caminaba”, afirma.

Doña Agripina, a como la llamaban en la comunidad indígena, fue sepultada la tarde del miércoles en el cementerio de la localidad, al son de los filarmónicos y como ella quería: bajo tierra y no en bóveda.

Antes de rendirse a la muerte, llamó a su nieta, Alejandra López, para abrazarla y decirle adiós.

El secreto de la longevidad

En una entrevista concedida a El Nuevo Diario en agosto del 2016, Arias relató parte de su secreto para vivir tantos años.

Alimentarse con tibio, tortillas, frijoles, carne de venado, cusuco y guardatinaja. También se alejó de los vicios, según dijo.

Respetada como una de las mujeres con más conocimiento en su comunidad, la chamán dijo que nunca pisó un aula de clases.

Su juventud, agregó, la dedicó a las tareas del campo, comercio y a prestar su servicio como partera y chamán del pueblo.

Los cercanos dicen que Juana Agripina Arias siempre adivinaba el sexo de lo bebés antes de nacer. Imagen de referencia/ENDArias ganó a pulso su reputación como chamán de Veracruz: atendiendo partos, y sobando y curando a los enfermos en una época de pocos hospitales.

Por aquellos lejanos días, esta mujer aseguraba que desarrolló dotes de adivina y entonces a su casa llegaban las embarazadas con la pregunta de rigor: ¿Será niño o niña?

Para garantizar un parto seguro, Arias daba a las embarazadas té compuestos por hojas de quelite, guanábanas y canela.

Para los enfermos, la receta era otra: utilizaba las plantas y los resultados eran satisfactorios.

La chamán, sin embargo, no se resistió a un gusto bastante mortal: viajar en un ferrocarril. Lo hizo durante 25 años, de 1930 a 1955, recorriendo San Jorge, Rivas, y San Juan del Sur.

Con los años, la mujer se iba apagando. A los 95 dejó de atender partos, aunque hasta sus últimos días las embarazadas llegaban a que les dijeran su iban a tener un niño o niña.

Hay quienes dicen que la chamán murió con record perfecto: Siempre atinó el sexo de los bebés.

A los 106 años y dos días de vida, tras vivir en dos milenios diferentes, la adivina soltó sus últimas palabras, recordó su vieja orden a la familia y dio el último abrazo. Era hora de reunirse con su hijo e hija, bajo tierra y no en una bóveda.

La chamán odiaba el calor.