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Monseñor Miguel Mántica, párroco de la iglesia San Francisco de Managua, recuerda el 9 de julio del 2018 como el día más angustioso de su vida. Temía que una bala impactara a cualquiera de los obispos, sacerdotes o al nuncio apostólico, Waldemar Stanislaw Sommertag, cuando un grupo de parapolicías y simpatizantes del gobierno comenzaron a agredirles en el interior de la Basílica Menor de San Sebastián, en Diriamba, Carazo.

El ataque solo se detuvo tras una llamada del nuncio a la presidencia de la República, pidiendo respeto a su investidura de diplomático, recuerda Mántica.
Explica que el cardenal Leopoldo Brenes encabezó ese día una misión a Jinotepe, Carazo, para mostrar “solidaridad y cercanía a los sacerdotes que sufrieron junto al pueblo los embates de la llamada Operación limpieza, pues ahí fue especialmente dura”.

La Operación limpieza ejecutada por el Gobierno, con civiles armados enmascarados, había ocurrido un día antes, el domingo 8 de julio.

Unos 20 religiosos partieron en caravana, seguidos por periodistas independientes, desde la Catedral de Managua y cuando se acercaban al municipio El Crucero, monseñor Mántica recibió una llamada del sacerdote César Castillo, párroco de la Basílica Menor de San Sebastián, quien le pedía apoyo.

“El padre nos hizo saber que la basílica estaba rodeada. Nos dijo que los sujetos armados querían llevarse a unos muchachos que estaban resguardados ahí dentro. Inmediatamente informé al cardenal Leopoldo Brenes y dijo que pasáramos primero por Diriamba y posteriormente iríamos a Jinotepe. La idea inicial era ir a ambos lugares, pero no se pudo”, relata Mántica.

Los sacerdotes llegaron hasta la Basílica de San Sebastián, donde recibieron el saludo de ciudadanos católicos, pero también el desprecio y la agresión de seguidores del gobernante Frente Sandinista (FSLN) que ondeaban banderas del partido.

Hace un año, religiosos católicos fueron agredidos por una turba pro-Gobierno. “Eran “gente entrenada… Estaban preparados para agredir y puedo afirmar que seguían órdenes”, dice monseñor Mántica. Oscar Sánchez/END

El padre Edwin Román, quien también participaba en la misión, dice que vio rostros dolidos de personas que sacaban la bandera de Nicaragua y se arrodillaban al ver pasar a los religiosos en el microbús que los llevaba a Diriamba; y al entrar a esta ciudad percibió la tristeza en las calles vacías, un pueblo en silencio “totalmente sitiado por civiles armados” pro- Gobierno.

Cuando los sacerdotes, seminaristas, el obispo Silvio Báez, el cardenal Brenes y el nuncio Sommertag bajaron del microbús, fueron interceptados por gente afín al Gobierno que vociferaban en su contra. “Golpistas, golpistas, golpistas”, les gritaban.

Los obispos no pudieron ingresar por la puerta principal de la basílica, tuvieron que rodear el lugar hasta la sacristía, y durante los 200 metros que recorrieron fueron perseguidos por la turba que insistía en llamarles “golpistas”.

Los religiosos intentaron ingresar solos a la basílica, pero los armados empujaron hasta entrar y romper la barrera humana que los sacerdotes formaron, para evitar que se llevaran a los manifestantes refugiados en el lugar.

Monseñor Mántica afirma que en ese momento, cuando los obispos quedaron como tapón en la sacristía para evitar el ingreso de los armados y otros simpatizantes del gobierno, él pudo ver cómo dos jóvenes fueron sustraídos por los parapolicías.

“No sé si ellos (los secuestrados) hasta la fecha aparecieron, perdimos a dos ahí, pero logramos sacar a unos 10 o 15 jóvenes, no tengo la cifra exacta de los que logramos sacar ahí”, dice el párroco de la iglesia San Francisco de Mangua.

Rescatados

Entre los jóvenes que fueron rescatados por el clero católico estaba la enfermera M.J.R., quien estuvo cerca de morir al comenzar la Operación limpieza en Diriamba, Carazo.

La enfermera relató a El Nuevo Diario que llegó a la basílica para asistir a las víctimas, pero al final no pudo hacerlo. “Éramos ocho personas del cuerpo médico y ahí quedamos secuestrados, sin atender a nadie, pues nadie podía ingresar. Nos rodearon parapolicías, nos tenían sin luz, sin agua, fue una experiencia muy triste y dolorosa, solo pensaba en mis hijas y pedía a Dios que no nos mataran. Tiraban bombas lacrimógenas, morteros en el perímetro de la basílica y toda la noche nos maltrataron sicológicamente, fue una pesadilla”, dijo.

Asegura que al llegar los obispos a rescatarlos, ese 9 de julio, escuchó gritos e insultos y repentinamente los civiles armados irrumpieron y uno de los parapolicías le apuntó a la cabeza.

“Me tiraron al piso, me apuntaron con armas en la cabeza, solo pensaba en que mis hijas iban a quedar solas y le pedí a Dios misericordia, que no me mataran. Les supliqué que no me mataran, uno me apuntaba directamente, otros dos los alentaban, pero una cuarta persona llegó y le dijo no detonés el arma, es una mujer. El hombre dijo que no le importaba que fuera mujer, que me iba a matar, pensé que era mi final, pero Dios fue misericordioso”, narró M.J.R, quien logró salir con los sacerdotes ese día.

Los golpean

Mántica asegura que antes de sacar a los jóvenes, entre la entrada de la sacristía y el altar mayor vivieron momentos “muy violentos”.

 Jackson Orozco, periodista. Archivo/END

Él fue golpeado por una mujer, un encapuchado le dio un manotazo en la cara e intentaron encerrarlo en un cuarto pequeño de la basílica.

“Me golpearon con un rodillazo las partes bajas, eso me lo hizo una mujer; otra me quería encerrar en un cuartito donde supuestamente encontraron un arma, que en realidad era un machete que usaba el jardinero para podar las plantas. La mayoría fuimos golpeados. Al padre José Ramón Alemán le sacaron una pistola, es párroco de Managua y fue párroco un tiempo en Jinotepe. Él le dijo de buena manera al paramilitar que guardara la pistola y gracias a Dios el hombre lo hizo”, detalló Mántica.

Una de las escenas de ese 9 de julio del año pasado que persiste en la mente de Mántica es cuando un sujeto se acercó a monseñor Silvio Báez, únicamente, para propinarle un golpe en el abdomen.

“Monseñor Báez se dobló por la fuerza con la que lo golpearon, después vimos que también tenía una herida en su brazo; ni él mismo supo cómo se la hicieron”, relata Mántica.

El sacerdote considera que los sujetos que cometieron esa agresión eran “gente entrenada, porque se miraba que estaban preparados para agredir y puedo afirmar que seguían órdenes”.

El padre Edwin Román también fue golpeado durante el forcejeo con parapolicías. Fue herido en el brazo izquierdo por los sujetos encapuchados y tuvo que sacarle la capucha a uno de ellos, para evitar que se llevaran a un seminarista.

Paramilitares durante la llamada Operación Limpieza. Archivo/END

“Yo miré la mano alzándose en medio de la gente, logré visibilizar que a un seminarista se lo estaba llevando un civil armado, saqué fuerzas de no sé dónde y le quité su capucha; entonces, lo soltó”, relató Román.

El periodista Jackson Orozco, quien cubría la visita para el clausurado canal 100% Noticias, fue uno de los agredidos ese día. “Esa gente estaba iracunda”, comentó el reportero, quien resultó con el tabique nasal fracturado, producto de los golpes que le propinaron los armados y las turbas pro- Gobierno.

La llamada

Cuando los obispos decidieron salir de la basílica, el nuncio Sommertag hizo una llamada a la presidencia de la República, asegura Mántica.

“El nuncio llamó a la Presidencia y pidió que dejaran sacar a esos muchachos, que como diplomático solicitaba que se le dejara salir de la basílica”, cuenta.

Esta agresión a los obispos quedó registrada en el capítulo IV del informe anual 2018 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Este organismo explicó que “recibió información sobre las agresiones sufridas por varios integrantes de la Iglesia católica en Diriamba, el 9 de julio, donde fueron agredidos por al menos 100 personas, quienes le profirieron insultos, amenazas y golpes.”

La Oficina Regional del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos emitió una nota de prensa, rechazando el incidente y alertando que los representantes de la Iglesia católica eran víctimas de una campaña de estigmatización por sus labores de “protección a la integridad física de los manifestantes”, por buscar la continuidad del diálogo nacional y una solución pacífica a la crisis de derechos humanos.