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EL PAÍS, Madrid

El último jefe de ETA detenido, Jurdan Martitegi Lisaso, alias Arlas, planeó matar al juez Baltasar Garzón con un veneno que iba a ser introducido en una botella de coñac de calidad, que un falso admirador le iba a enviar como regalo al magistrado a la Audiencia Nacional, según fuentes de la lucha antiterrorista.

El plan para asesinar al titular del Juzgado Central de Instrucción número cinco figura en un documento incautado al etarra tras su detención en Perpignan, en el sureste de Francia, el 18 de abril pasado, en el que también se incluye la posibilidad de que las víctimas del atentado, inédito en la historia etarra, pudieran ser los también magistrados de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska o Santiago Pedraz, e incluso, los tres a la vez.

El terrorista, que había accedido a la jefatura de los comandos etarras tras las sucesivas detenciones de sus antecesores (Gaikoitz Azpiazu, Txeroki, y Aitzol Iriondo, Gurbitz), había diseñado un catálogo de atentados antes de su detención, entre ellos uno o dos para recibir al socialista Patxi López como lehendakari (presidente del Gobierno autónomo vasco), durante las jornadas de investidura en el Parlamento vasco. Pero cuando fue arrestado tenía un ataque en cartera, según el documento incautado, cuyo encabezamiento no deja lugar a dudas de cómo sería perpetrado: “Propongo hacer una acción mediante veneno”.

El plan que iba a proponer a la máxima jefatura de la organización terrorista consistía básicamente en enviar como regalo una botella de coñac de calidad o de otra bebida que le gustase al magistrado, cuyos gustos en este sentido parecía ignorar el terrorista. Martitegi, conocido también como el Gigante por sus más de dos metros de estatura, pretendía mejorar el aspecto del presente con una copa de cristal, también cara, como si de un Borgia se tratase.

Martitegi, de 29 años y autor del atentado que acabó en Legutiano con la vida del guardia civil Juan Manuel Piñuel, parece haber pensado en casi todo para consumar sus planes contra el magistrado.

Para intentar sortear cualquier sospecha de los servicios de seguridad de la Audiencia Nacional --que revisan sistemáticamente cada paquete que llega al edificio judicial dado que ya ha sido objetivo de cartas o paquetes bomba contra jueces, uno de los cuales estalló e hirió a José Antonio Jiménez Alfaro--, el regalo iba a ser enviado desde una agencia de mensajeros que no estuviera en el País Vasco. Se advierte de que el remitente tendría que guardar medidas de seguridad al entregarlo a la empresa de mensajería.

“Un gran logro”

El atentado era planteado por Jurdan Martitegi, además, como un desafío a las medidas de seguridad de los potenciales objetivos de ETA, como una advertencia de que, por más vigilancia que se monte, “se puede golpear a los objetivos, no con bomba o bala, pero...”. Y sabe que una vez empleado este sistema sería la última vez que funcionara, ya que se adoptarían nuevas medidas de seguridad antiterrorista. Pese a ello, el terrorista destaca: “Sería un gran logro para la organización”.

Para sortear las suspicacias de policías y vigilantes de la Audiencia, el regalo envenenado iba a ser acompañado de un tarjetón firmado por un supuesto estudiante de derecho --incluso precisa que de cuarto curso-- de una universidad ajena al País Vasco.

La nota explicaría la admiración del estudiante por el juez por haber procesado a Augusto Pinochet o por las causas abiertas en torno a la corrupción en el Partido Popular (PP, conservador) e incluso por “los macrosumarios que tiene con Euskal Herria”, verdadero motivo de la inquina del mundo de ETA contra Baltasar Garzón.

Martitegui y el juez ya han estado frente a frente: el 12 de febrero de 1998 el terrorista se presentó ante el magistrado porque la Ertzaintza (Policía autónoma vasca) le buscaba por su presunta participación en actos de kale borroka (vandalismo terrorista de lucha callejera). El juez le dejó en libertad.

Martitegi, que hasta su detención se había distinguido por su temeridad en los atentados, proponía tener listo, grabado o escrito, el mensaje de reivindicación para, en caso de que el envenenamiento tuviera éxito, divulgarlo con la máxima celeridad.