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José Félix Solís. El economista y exfuncionario del Banco Central considera que el decrecimiento de la economía en esa década fue de una magnitud que costará superarlo.

Durante la Revolución sandinista (1979-1990) “se destruyó mucho capital y mucha inversión, por la guerra, y huyó mucho capital humano, por la inestabilidad política”, recuerda el economista José Félix Solís.

Solís, quien trabajó por más de 22 años en el Banco Central de Nicaragua, como gerente de estudios económicos, y alrededor de 10 años en el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericano, en México, analiza en esta entrevista el desempeño económico del país en los últimos cuarenta años.

¿Cuáles son los factores estructurales que han incidido para que nicaragua siga rezagada económicamente?

Es bueno ver qué pasó antes de los años 80, porque precisamente el bagaje económico de Nicaragua se perdió en los años 80 y no se ha podido recuperar. Entre la década del 50 y mediados del 70, del siglo pasado, la economía de Nicaragua era la que más crecía en Centroamérica, incluso a nivel de Latinoamérica. Su tasa de crecimiento económico promedio era más alta que la de cualquier otro país. Es muy probable que haya habido crecimientos de hasta 10%, pero el promedio en esos años fue de 6% a 6.5%, hasta la mitad de la década del 70. A partir de la segunda mitad de la década del 70, hasta 1990, fue el país que menor crecimiento tuvo en Centroamérica y Latinoamérica. Pasamos del que más crecía al de menor crecimiento. En los años de 1980 hubo una caída muy fuerte en el crecimiento, pero se comparaba con el crecimiento latinoamericano, porque fue la famosa década perdida, por los problemas de un exceso de endeudamiento en toda Latinoamérica, incluyendo Nicaragua. Sin embargo, la caída económica de Nicaragua fue más pronunciada que en el resto de países, porque teníamos una guerra civil y había una economía planificada que lo que hizo fue desorganizar toda la estructura productiva, desorganizar la sociedad y obviamente deteriorar totalmente el clima de inversión, las expectativas empresariales, y así en términos generales se cayó la producción.

¿En qué momento se contiene?

Ya con el gobierno de doña Violeta (Barrios) se detuvo la caída de la producción. Esa fue la gran labor: detener la debacle que se estaba produciendo y se sentaron las bases para la recuperación económica. El país volvió a crecer muy débilmente a partir de 1994 y en el siguiente período de Gobierno el país alcanzó de nuevo su momento de crecimiento económico. Obviamente, este crecimiento se debió a las reformas estructurales que el país necesitaba, y que también se estaban haciendo en otros países similares a Nicaragua, prácticamente en toda Latinoamérica. Pero el caso de Nicaragua se complica todavía en toda la década del 90, porque Nicaragua salió al principio de esta década de una economía planificada. Corrió casi la misma suerte de los países del este de Europa, que pertenecían a la extinta Unión Soviética. Experimentaba caída de la producción, desigualdad social, inestabilidad política, etcétera. Entonces, en Nicaragua se comenzaron a hacer las reformas estructurales que se requerían con el apoyo de los organismos internacionales: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y BID.

Un engaño de 40 años

¿Por qué los otros países han avanzado más?

Lo que sucedió fue que obviamente el impacto que tuvo la guerra en Nicaragua fue superior al que se registró en El Salvador, Honduras y Guatemala. Aunque ellos tuvieron ese período de caída, pero no hay punto de comparación con Nicaragua. Si uno ve el caso de Honduras, que lo hemos calificado como la cenicienta de Centroamérica, su presupuesto público es casi cinco veces superior al nuestro. Y aun así tiene serios problemas sociales y de inestabilidad. Así que, ¿cómo estaremos nosotros? No sé todavía cómo hemos logrado esa estabilidad, incluso a pesar de la crisis que estalló de nuevo en el 2018. Creo que no es ningún consuelo decir que no es que seamos pobres, sino que nos hemos empobrecido. Simplemente fue una opción nuestra detener un crecimiento económico bastante saludable que venía de la década de los 70. En los 80 se trató de implementar un sistema totalmente distinto, y el país no estaba preparado para ello. No había empresarios que comprendieran esa situación y la recuperación ha sido muy, muy difícil y todavía estamos en ello. Si uno se quiere explicar el porqué de eso, uno observa los factores del crecimiento económico, cómo se comportaron el factor trabajo, el factor capital y todo lo que se llama la productividad de la economía. Lo que es el factor trabajo se mantuvo a lo largo de todos estos años. El capital bajó, pero marginalmente. En realidad, lo que sí explica la catástrofe es la caída total en la productividad, y aquí hablamos de la productividad promedio de la economía, es decir, la productividad combinada de cómo se organiza el trabajo, el capital más toda la serie de insumos que se requieren en un proceso de crecimiento para salir del subdesarrollo. A esto se le llama la productividad de todos los factores y entran en juego las instituciones, el cambio tecnológico, la calidad empresarial, la inteligencia de las políticas gubernamentales, el grado de coordinación, etc.

En Nicaragua se comenzaron a hacer las reformas estructurales que se requerían con el apoyo de los organismos internacionales: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y BID. Archivo/END¿Aquí entra en juego el tema del bono demográfico?

Así es. La parte demográfica ahora está pesando mucho. Para mí, uno de los factores que ha influido bastante en la crisis, a partir de 2018, es el cambio demográfico. De repente hubo una explosión de juventud, digamos, porque Nicaragua dejó de ser un país de bebés, que requerían escuelas primarias y se convirtió en un país más de juventud de trabajo y de universidades. La tasa de crecimiento de la población de entre 15 y 50 años crece más que la de cero a 15 años, y que la posterior; o sea, la edad mayor. Es decir, esta gente ya no necesita tanto de escuelas primarias, sino de buenas universidades y buenos puestos de trabajos, si no, obviamente tienen que irse al mercado informal, que es lo que conocemos, que prácticamente del 100% de la fuerza de trabajo, casi el 80% está en la informalidad. Esto no es privativo de Nicaragua, se ve en casi toda Latinoamérica. La base de industrialización, que es la actividad económica que genera puestos de trabajo de manera continua, en Latinoamérica ha fallado, y en nuestro país ha desaparecido. Cuando entramos en los 80, con el cambio político, el país carecía de una política agrícola bien definida y no teníamos una política industrial. La política industrial que había era totalmente obsoleta. No funcionaba. En los 80, además, el país prácticamente se quedó sin mercado. Entonces, un país así, ¿cuánto podrá crecer? Hubo un decrecimiento tremendo.

¿Cómo se podría construir esa base industrialización?

La simple acumulación de factores, que hay más trabajo y más capital físico, nos da un crecimiento muy simple, que para Nicaragua representa crecer dos a dos y medio por ciento al año, en promedio. Puede haber ciclos, cómo cuando se disparan los precios de los productos agrícolas, en que el país crece más y cuando bajan, se crece menos. Este crecimiento es en términos per cápita. Pero, a partir de ahí el crecimiento tiene que basarse en factores estructurales, pero una de las principales debilidades del país ha sido la gobernanza, o la gobernabilidad. Significa que necesitamos transparencia, control de la corrupción, una coordinación más profunda entre el sector privado y el sector público. Si uno analiza los esquemas de crecimiento en Asia y en los países desarrollados, hay una coordinación muy profunda entre el sector público y el sector privado. Los programas de inversión se desarrollan de forma conjunta, por lo tanto, se complementan. Se genera lo que se llama rendimientos crecientes a escala. Nosotros nunca hemos logrado alcanzar esto precisamente porque la coordinación no existe. A partir de 2007, por ejemplo, se comenzó un intento de coordinación entre el Gobierno y el Cosep, pero fue una coordinación un tanto superficial. Se dedicaron a hacer un reglamento por acá, a qué se pusiera una ventanilla única de exportaciones, una ventanilla única de inversiones, pero lo que se requería era una planificación de inversiones que movieran al país, de alta rentabilidad social, que desafortunadamente no se dio. Cuando se hacían reformas fiscales, rara vez se coordinaban en eso, y había muchas decisiones basadas en política. Si uno analiza otros países, esa es la clave del crecimiento económico. Si vemos las grandes corporaciones, como Mitsubishi, Toyota, Samsung, son productos de esa coordinación. Se han desarrollado porque ha habido el espíritu empresarial, que ha tenido esa visión sobre los mercados, de identificar proyectos de alta rentabilidad y el Gobierno los ha apoyado a través de incentivos fiscales, incentivos crediticios y en algunos casos, como Corea del Sur, a través de una cierta distorsión en los precios relativos, en el tipo de cambio real, en la tasa de interés, pero que les ha ayudado mucho si esto es bien manejado. En cambio, acá, en Nicaragua, todo ese esfuerzo de industrialización, que se comenzó a impulsar en los sesenta —con tarifas arancelarias y tasas de interés subsidiadas, créditos— no tuvo la contrapartida en materia de cumplimiento por parte del sector empresarial. En Asia, por ejemplo, se ponían metas. Por ejemplo, el Gobierno les decía “te vamos a dar tanto en subsidio, pero tenés que exportar tanto por año, y vas a capacitar tanto la mano de obra”. La educación ahí fue fundamental. En esos países, si nos fijamos lo que ellos muestran orgullosos no es tal equipo de última tecnología, equipos industriales, sino su mano de obra. Lo que son capaces de hacer, cómo crean, cómo elaboran. Pero, prácticamente en toda Latinoamérica no se le ha dado esa importancia. En los presupuestos públicos, la inversión en educación es muy raquítica y, sobre todo, la educación terciaria o universitaria.

 En un país tan pobre, que de por sí ya tenía una gran informalidad, todavía se espera un decrecimiento para el 2020. Archivo/END

¿Cómo afecta la debacle económica de los ochenta en la actualidad en nicaragua?

El decrecimiento de los 80 fue de una magnitud que muy difícilmente puede ser superado. Eso condiciona totalmente el crecimiento futuro. Se destruyó mucho capital, mucha inversión por la guerra. Huyó mucho capital humano, por la inestabilidad política. Murió mucha juventud de uno y otro bando, porque es lo horroroso de la guerra. De manera que, al inicio de los noventa, las cicatrices que quedaban sociales, políticas, económicas, eran muy profundas. No había empresarios. Yo recuerdo, cuando regresé, en mayo de 1990, esto era un cementerio. Aquí no había juventud. No se veía niñez. Solo se veían caras resignadas, como se veían antes en Hungría, Polonia, y poco a poco el país fue echando de nuevo raíces, pero como todos sabemos los tres gobiernos siguientes fueron gobiernos muy débiles. Faltó mucho liderazgo político y no había recursos. El país estaba sobreendeudado. Nos azotaron huracanes. Nos azotó el (huracán) Mitch. Hubo crisis bancarias. Así que, como dice un analista político de Nicaragua, “es un milagro que todavía tengamos país”. Aquí, en realidad, al sector empresarial hay que reconocerle su esfuerzo, porque no es así no más seguir produciendo con las uñas, y seguir manteniendo empleos y producción. Estábamos viendo de nuevo que estábamos un poquito resurgiendo, pero ya vemos que entre 2018 y 2019 ya estamos decreciendo aproximadamente 10% en términos reales. El desempleo ha aumentado casi en un cuarto de millón de personas. En un país tan pobre, que de por sí ya tenía una gran informalidad, todavía se espera un decrecimiento para el 2020. Y todavía, después de eso, criticar al empresario es una verdadera locura. Así lo veo yo. No nos hemos recuperado de la debacle de la década de los ochenta.

¿Qué se debe hacer en nicaragua para conseguir ese crecimiento?

Se han hecho trabajos de simulación para hacer pronósticos de escenarios alternativos. Cuando empezamos a crecer un poco, que crecimos por encima de cuatro por ciento, no era un crecimiento sostenible en el mediano plazo. Si nos fijamos cuáles eran las fuentes de crecimiento en esos años, un año era porque la producción agrícola estaba bien, el otro por la producción minera, porque los productos del mar, pero no había una continuidad, como una base industrial que sostenga ese crecimiento. Antes de 2018, antes de que estallara esta crisis, había tres escenarios. Si se seguía creciendo más o menos, de esa manera, sin hacer el mayor esfuerzo de hacer los cambios estructurales que el país necesita, el país hubiera continuado creciendo en promedio 2% y 2.5% en términos per cápita. Sin haber hecho mayor esfuerzo. Pero si hacíamos reformas estructurales, que nos llevaran a equipararnos con el 25% más alto de Latinoamérica en materia de gobernabilidad, de gestión de inversión y formación de capital humano, el crecimiento hubiera sido de 5.32% per cápita. Y si se hubieran hecho reformas más agresivas, de manera que se equiparara el país a nivel del 25% más alto a nivel mundial, estaríamos creciendo en un 7%, en términos per cápita. Pero es un sueño creer que podríamos crecer al 7% sin hacer mayor cosa. Sin promover un cambio tecnológico más profundo, por ejemplo.

Huyó mucho capital humano, por la inestabilidad política.Archivo/END¿En Nicaragua vivimos de corto plazo a corto plazo?

En estos escenarios se han planteado cinco indicadores de política estructural y de desarrollo institucional. La educación, obviamente, la profundidad financiera, que llegue al pequeño y mediano empresario, y ya no digamos al pequeño y mediano productor agrícola, la apertura externa, en el sentido de promover aquellas exportaciones que más generen valor agregado (nunca lo hemos podido lograr), la infraestructura pública, en lo que estamos totalmente en pañales, y la política macroeconómica, que es el manejo que tiene que haber sobre la inflación, etc. Lo que hay que hacer entonces es echar a andar reformas estructurales, con estas variables, especialmente de educación e infraestructura pública, a un nivel que nos logre llevar ya no a 5% de crecimiento, sino a un 7% en términos per cápita. Pero estamos lejos y más bien estamos decreciendo.