• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • Edición Impresa

A estas dos mujeres la tragedia las une. A Karla Estrada Rostrán, el 10 agosto de 2017 mientras los managuas regresaban la imagen de Santo Domingo de Guzmán a su iglesia en Las Sierritas, su expareja la llevó a un predio montoso y la decapitó.

A esta otra mujer, María del Fátima Pérez, la mataron el día del Amor y la Amistad de 2010. La encontraron desnuda y semienterrada en una quinta abandonada en un tramo de la carretera Panamericana Sur. La propiedad era y sigue siendo conocida como la “casa embrujada”.

Entre el asesinato de una muerte y otra hay 9 años de diferencia, pero el tiempo es lo de menos. Ambas son víctimas de los femicidios en Nicaragua, que hasta septiembre de este año se contabilizan en 46.

En 2018, para este período, se registraba un número similar de víctimas.

En la actualidad cada muerte es contabilizada y visibilizada por organismos y medios de comunicación.

Hace 10 años, cuando la palabra femicidio no se conocía y el Internet no estaba al alcance, las mujeres eran asesinadas y sus crímenes no trascendían.

De los pocos casos que se publicaron, estos ocuparon pequeños espacios. En 2010, por ejemplo, de enero a junio se registraron únicamente tres casos, y de esos el crimen de María del Fátima Pérez es el que captó la atención.

La tragedia de Pérez comenzó a finales de 2009 en el barrio Laureles Norte, Managua. El mexicano Ramón Alcázar, con 48 años en ese entonces, arribó al país y alquiló una vivienda justo en frente de la suya.

El extranjero, pese a doblarla en edad, empezó a invitarla a salir. Pérez, con 23 años, con un hijo de una relación anterior, terminó aceptando, hasta que formaron una familia.

8 meses después, la joven terminó abandonándolo por los celos excesivos, el control y el maltrato verbal. Según reportes de prensa, Alcázar no aceptó la ruptura y empezó a vigilarla.

Para convencerla de que ya no era el celoso excesivo y controlador que conoció, se congregó en una iglesia evangélica y le regaló la camioneta que conducía.

El 14 de febrero de 2010, la morena alta y delgada, cabello largo y ennegrecido, le aceptó una invitación a cenar. Supuestamente la pareja pasaría primero comprando un ramo de flores y luego comerían pollo frito en la rotonda de Bello Horizonte. Allí escucharían cantar a los mariachis hasta el amanecer.

Reportes de prensa de esa época detallan que Pérez regresó semanas después a su casa, pero en ataúd. Para confirmarlo, varios miembros de su familia se practicaron pruebas de ADN.

A la joven, un peón de una hacienda la encontró desnuda y semienterrada en una quinta abandonada sobre la carretera Panamericana Sur.

La propiedad es conocida actualmente como la “casa embrujada”, y en el sitio los peritos encontraron una peineta para el cabello, un par de chinelas y una bolsa de papas fritas.

El cadáver estaba en descomposición y la familia no tenía certeza si era su pariente. En esos días dos personas estaban desaparecidas y solo una prueba de ADN podía indicar quién era el occiso.

Durante tres semanas, los Pérez y las otras familias vivieron con zozobra. El misterio de la mujer desnuda encontrada en la “casa embrujada” se develó el 7 de abril de 2010. Las pruebas concluyeron que la víctima era María del Fátima Pérez.

Para cuando se disiparon las dudas, Ramón Alcázar ya había abandonado el país. En un parqueo del puesto fronterizo Las Manos dejó abandonada la camioneta que le regaló a la joven.

Un recorte periodístico retrata el misterio que había en aquella época alrededor de la muerte de María Fátima Pérez. Archivo/END

El organismo Católicas por el Derecho a Decidir (CDD), que brindó acompañamiento a la familia, dice que del sospechoso no se supo más y que la familia aparentemente se trasladó a otra zona de Managua. El Nuevo Diario intentó contactar la familia, pero en la zona indicada por el organismo y periodistas que dieron cobertura al caso, manifestaron no conocerlos.

¿Cuándo se tipificaron los femicidios?

En 2010 las autoridades no tipificaban los asesinatos de mujeres como femicidios. Las incluían en las estadísticas de homicidio o asesinato.

Ese año la lista de homicidios la engrosaron 397 personas y hubo 154 asesinatos.

Al año siguiente la Policía Nacional, estando al frente la ahora comisionada general en retiro, Aminta Granera, registró 738 muertes. Para el 2012, la cifra llegó a las 673 víctimas mortales.

De 2013 al 2017 hubo un cambio. Las autoridades finalmente empezaron a registrar los femicidios como tal.

El Gobierno de Nicaragua indicó que en esos cinco años mataron a 322 mujeres. En 2018, la Policía Nacional registró 23 muertes, aunque el organismo Católicas por el Derecho a Decidir (CDD) registró más casos.

La evolución de los femicidios

Las estadísticas de CDD precisan que de 2010 a 2011 los hombres mataron a 172 mujeres.

De 2012 a 2017 las víctimas llegaron a 351. En 2018 se presentaron 61.

Al contabilizar los 46 casos de este año, resulta que entre 2010 a la fecha han matado a 630 mujeres, de acuerdo con las cifras de CDD.

Estos datos, advirtió Martha Flores, de CDD, son apenas una muestra de la realidad, pues a su criterio existe un subregistro de casos.

Una hija de Karla Estrada Rostrán, durante el juicio contra su padre, autor del femicidio. Archivo/END

Juana Jiménez, del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM), coincide en este punto con Flores y agrega que en el Estado hay una política de secretismo y ocultamiento de datos.

“En los últimos 10 años lo que ha pasado, y nos demuestra el monitoreo, es que se ha venido incrementando la violencia, se ha venido agudizando el femicidio como tal. Aunque antes teníamos hasta 80 muertes, pero hemos logrado disminuir la cifra”, manifestó Jiménez.

Para la activista, esta situación es grave porque no permite conocer con exactitud la problemática, sino casos particulares.

“Como no se prioriza a nivel de la Policía el registro y los crímenes, hay un subregistro que no nos da a ciencia cierta la gravedad del problema. Nosotros solo vemos hechos concretos, pero no la gravedad real de la problemática para enfrentarla. Ya no funcionan las Comisarías de la Mujer (creadas en 1993), tampoco hay un trabajo preventivo, si no hay prevención lo peor que ocurre es que se mueran las mujeres”, indicó Jiménez.

La funcionaria del MAM aseguró que se habían logrado avances en el tema de la prevención y violencia patriarcal, ejemplificó que las instituciones trabajaban de la mano.

Ahora, asegura, ni siquiera es posible saber cuántos hombres señalados de maltratar o asesinar a su pareja han sido judicializados.

“Actualmente no es posible conocer cuántas de las denuncias que se han interpuesto han sido judicializadas. La información que logramos monitorear es la que nos proporcionan los familiares de las víctimas, mientras no haya un cambio verdadero donde las instituciones garanticen los derechos de la ciudadanía y el derecho a la información, eso no será posible. Supimos que en 2017 solo un 6% de los casos terminaba judicializándose, hay impunidad”, aseguró la funcionaria.

Griselda Ruiz del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) cuenta que actualmente conocer el femicidio en cifras no es posible.

A su criterio existe “un ocultamiento para que no se conozca la verdad”, de modo que saber cuántos hombres están o han sido procesados en estos años es difícil saberlo, al menos, para los organismos.

“Cada año las instituciones realizan su informe, esa información debería ser pública, pero lo que está pasando es que está violentándose el derecho a la información, no sabría decir si es una acción deliberada, pero hay un ocultamiento de la verdad”, sostiene Ruiz.

Martha Flores, de CDD, señala que si conocer el nombre de una mujer asesinada resulta una proeza en ocasiones, conocer qué sucedió con su atacante lo es más.

Aseguró que la base de datos que manejan la han creado con base en publicaciones de los medios y visitas a escenas del crimen.

Por las distancias lejanas de algunos casos, le es imposible ampliar la información. “Estamos monitoreando, en ocasiones obtenemos los datos del atacante y su profesión. En otras si lo capturaron o se suicidó, pero saber cuántos han sido llevados a los juzgados no lo sabemos, tampoco lo dicen”, explica.

Para Flores, la única certeza que tienen es que cada vez hay más casos violentos, es decir, la agresividad del hombre contra la mujer está aumentando.

¿Cómo matan a las mujeres?

De 2012 a 2017, al menos a 150 mataron con arma blanca, unas 40 a golpes y 102 con armas de fuego, según CDD. También hay cuatro envenenadas, dos decapitadas y una quemada.

Del resto de casos (52) no tienen documentados sus causas de muerte, aún están trabajando en la actualización de la información.

Pero sí tienen registrado dos de los femicidios más atroces de los que se conoce, como el de Silvia de los Ángeles Aguirre Palacios, a quien su pareja, Pedro Jiménez Cantarero, mutiló en octubre de 2003, en un potrero camino a San Francisco Libre del Carnicero.

A la joven, Jiménez la decapitó. Sus restos los encontró un campesino mientras eran devorados por unos perros. La ubicación de su cabeza continúa siendo un misterio. El Nuevo Diario contactó a la abogada Leyla Prado, quien en 2003 fungía como fiscal y representó a la víctima.

Prado admitió en un primer momento brindar una entrevista a este diario, solicitó un formulario de preguntas, pero a la fecha no ha respondido.

Con Karla Estrada Rostrán, asesinada en un predio montoso mientras los managuas despedían en 2017 a Santo Domingo de Guzmán, se creyó que ocurriría lo mismo. Que su cabeza no iba a ser encontrada.

A esta mujer, su expareja, tras decapitarla, sepultó su cabeza y huyó.

Su cuerpo lo localizaron cuatro días después, en estado de descomposición. La familia doliente junto a vecinos buscó la cabeza por días. Mientras hacían esto, en la vivienda de la víctima guardaban una cruz de concreto para colocarla en la tumba una vez que la encontraran.

El cuerpo ya había sido sepultado, pero esperaban llevar la cabeza de la víctima para colocar la cruz. La búsqueda era difícil. Ni los vecinos ni la Policía la encontraban.

Familiares de Jessica Emelina Conner, asesinada a puñaladas por su pareja, lloran al conocer la noticia. El crimen ocurrió en 2015. Archivo/END

Todo cambió cuando al femicida, Francisco Ariel Mercado, las autoridades lo ubicaron y capturaron el 1 de septiembre de 2017 en Nandaime, Granada.

Mercado, pese a que lo buscaban como principal sospechoso del crimen, se mantenía activo en redes sociales y se comunicaba con una de sus hijas.

Al femicida lo atraparon en un parque, mientras se movilizaba en una bicicleta. Su captura quedó registrada en una cámara de seguridad y luego esta se viralizó.

Reportes de prensa señalan que este en los interrogatorios se negaba a indicar el sitio donde había sepultado el cráneo.

El 4 de septiembre finalmente encontraron la cabeza, cerca de donde el hombre había asesinado a la mujer.

Hasta el 17 de septiembre, más de un mes después del crimen, por fin el cuerpo de Karla Estrada Rostrán estaba completo en su última morada.

Previo a esto, la familia debió practicarse pruebas de ADN para confirmar si efectivamente la cabeza pertenecía a Estrada Rostrán.

Terapias

Esos hechos todavía los tiene presente Jennifer Rostrán, una de las tres hijas de la víctima, con quien El Nuevo Diario se contactó. De acuerdo con la joven, todo agosto y septiembre ha sido tiempo de amargos recuerdos.

“Aunque uno no quiera, los recuerdos siempre aparecen. Es la fecha y todavía la gente en las calles me queda viendo y pregunta si soy la hija de Karla. La gente quiere saber detalles, me preguntan cosas”, expresó Rostrán.

La joven comenta que para recordar a su madre y superar el dolor, están asistiendo a terapias con especialistas y ya están aprendiendo a lidiar con las preguntas de los curiosos y vivir con el recuerdo de su mamá.

“He aprendido a recordarla sin dolor y aceptar la vida. Sé también que hacer cuando la gente pregunta. Los veo a los ojos y no les respondo, eso provoca que les dé pena y sepan que están siendo indiscretos”, relata.

Por recomendación de los especialistas, la joven evita hablar del tema, al igual que el resto de sus familiares, pero asegura que todos están recibiendo terapia.

Los Conner

La familia Conner tampoco desea hablar del día que la “desgracia” tocó a su puerta, el 2 de noviembre del 2015.

Ese día, Ana María Conner, la patriarca de la familia, vendía güirilas en la catedral de Managua cuando escuchó en una emisora que un hombre había apuñalado a una mujer en el Gancho de Caminos, en el popular mercado Oriental.

El locutor no dijo el nombre de la víctima, pero informó que la conocían como la “Negra”.

José Jiménez Cantarero, asesino de Silvia de los Ángeles Aguirre.  Archivo/END

Al escuchar eso, sintió una punzada en el pecho y de inmediato pensó en su hija, Jessica Emelina Conner Reyes, la “Negra”.

Cinco minutos después recibió una llamada telefónica y le explicaron que Jessica había discutido con su nueva pareja, Cristopher Castillo Monge, quien la atacó con un cuchillo.

La mujer logró evitar la primera embestida y se corrió. Al huir y tratar de abordar un bus, el hombre la alcanzó, la apuñaló y la mató.

El atacante tenía apenas 12 días de haber salido de la cárcel La Modelo y dejó en la orfandad a dos niños.

4 años después de este crimen, Ana María Conner dijo a El Nuevo Diario que la muerte de su hija aún le duele y que prefería no hablar del asunto.

Conner contó brevemente que está a cargo de la manutención de esos niños, de los cuales uno recibe atención sicológica y la otra está por culminar su primaria.

“No ha sido fácil, sobre todo para los niños, la recuerdan y uno sigue luchando con ellos, la vida está dura, pero no tenemos de otra que seguir, porque a nosotros no nos ayuda nadie”, expresó Ana María Conner.