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Al mejor estilo de las películas de James Bond, un experimentado piloto se salvó de una muerte segura, cuando la avioneta en que volaba caía en llamas a 300 pies de altura. A pesar del impacto, Ricardo José Díaz Guillén nunca perdió el conocimiento. Soltó su cinturón, salió de la nave y corrió 10 varas, cuando de pronto escuchó la explosión del aeromotor que quedó reducido a chatarra.

La tarde del miércoles, Díaz Guillén se dirigía a la pista San Nicolás, en Malacatoya, cuando de pronto, la avioneta que piloteaba sufrió un desperfecto mecánico que lo obligó a realizar un aterrizaje forzoso en la comunidad San Juan, de la Plywood, en Tipitapa.

Mientras el vidrio delantero del aeromotor se cubría de aceite, el experimentado piloto realizaba las maniobras de emergencia que le servirían para preservar su vida.

“Me gusta sentir la adrenalina en la sangre. De joven era corredor de motos, y volar es una pasión que la he realizado por más de 40 años”, nos comentó Díaz en una entrevista para EL NUEVO DIARIO.

Sabía que sobreviviría
Sus brazos mostraban las señales de la aventura que vivió. “Las heridas no son producto del impacto de la avioneta, sino de la maleza cuando salté del avión antes de que explotara. Corrí, y segundos más tarde escuche la explosión, fue cuando me percaté de que tenía los brazos llenos de sangre”, relató el piloto.

Al preguntarle sobre lo que pasó por su mente durante esos segundos cruciales, Díaz relató que sólo pensaba en las maniobras que debía realizar. “Tenía que buscar un lugar donde aterrizar, y ese era el mejor espacio, ya que más adelante había una arboleda y podía morir al estrellar la parte frontal de la avioneta contra un árbol”, dijo sentado cómodamente el sillón de su casa.

Narró que en unos segundos el aeromotor se envolvió de llamas y humo, por lo que sólo tenía las ventanas laterales para observar el paisaje idóneo dónde caer. “El terreno no era apto para el aterrizaje, y por eso digo que me salvé de milagro. Además, me ayudó que nunca perdí el conocimiento”, expresó Díaz.

Violando las leyes de la gravedad
Comentó que lo que más le gusta hacer en la vida es volar, pues no lo considera un trabajo sino un hobbie lucrativo. “Yo vuelo desde 1967, mi padre me ayudó para que estudiara. Ya antes se me habían apagado los motores y había realizado maniobras de emergencia en Chinandega, cuando fumigaba los campos de algodón. Ahora me dedico a fumigar los campos de arroz, y es un trabajo más peligroso, ya que el terreno está lleno de fango, piedra, lodo, es como aterrizar en un potrero”, dijo el piloto.

Díaz agregó que la vida sin riesgo no es vida, y a pesar de que su familia no quiere que vuelva a volar, advirtió que antes de que lo sepan él estará sobrevolando nuevamente el cielo nicaragüense.

“Volar es mi pasión, es algo muy bonito, sobre todo la fumigación, pues hacemos maniobras que violan la gravedad y son permitidas. Me gusta hacer los giros, pasar sobre los árboles, no es trabajo, sino un hobbie”, reiteró Ricardo Díaz Guillén.