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La tarde del 23 de julio de 1959, un pelotón de soldados de la Guardia Nacional, el Ejército de la dinastía Somoza, disparó contra una manifestación universitaria que por nuevos motivos (Masacre del Chaparral) y como en ocasiones anteriores, protestaba en las calles reiterando sus reclamos de libertad y democracia. Como consecuencia de la masacre, fueron asesinados cuatro estudiantes: José Rubí, Sergio Saldaña, Mauricio Martínez y Erick Ramírez, y más de ochenta resultaron heridos. Fue un acto de barbarie que sacudió la conciencia de Nicaragua, y puso a la juventud en el camino de una lucha que no culminaría sino veinte años después, el 19 de ju1io de 1979, con el triunfo de la revolución que encarnaba los ideales del general Augusto C. Sandino, que eran también los ideales del movimiento estudiantil.

Desde aquella tarde del 23 de julio, otros de nuestros compañeros sobrevivientes de la masacre fueron a entregar noblemente sus vidas en la lucha armada contra la dictadura. Cabe mencionar los nombres de Francisco Buitrago, Jorge Alberto Navarro y Danilo Rosales Argüello, caídos los dos primeros en la guerrilla de Bocay, y el último en la guerrilla de Pancasán; y otros, como Fernando Gordillo Cervantes y Manolo Morales Peralta, fallecidos en plena juventud, también se comprometieron a fondo para hacer posible en nuestra patria una verdadera revolución. Nuestra generación se convirtió así en un verdadero semillero de ideales y de acción para el cambio que necesariamente debía darse en Nicaragua.

El pueblo en armas lanzado a la insurrección y la juventud decidida al sacrificio hicieron posible que los ideales de nuestra generación se cumplieran, y que la dictadura que por más de cuarenta años se había entronizado en Nicaragua gracias a la injerencia extranjera, a la corrupción y a la represión armada, fuera barrida desde sus cimientos, con lo que demostró así que la sangre vertida por nuestros compañeros en las calles de León, no fue en vano.

Quienes firmamos este manifiesto, como estudiantes universitarios fuimos todos participantes de aquella época histórica que cambió nuestras vidas, y nos convenció de que el único camino para la liberación de Nicaragua era el derrocamiento de la familia Somoza del poder, para que se estableciera un gobierno democrático que respondiera a los anhelos populares de soberanía nacional, de justicia económica, de bienestar para las mayorías, de libertades públicas y de respeto a la ley; lejos de la entrega a los intereses extranjeros, de los nefastos pactos políticos y de las reparticiones de poder, del nepotismo, de la reelección y de la sucesión dinástica, de la corrupción, de la represión, y de los fraudes electorales, que es lo que el régimen dictatorial representaba.

A medio siglo de aquellos hechos históricos, nosotros, pertenecientes a la generación del 23 de julio, queremos reafirmar el compromiso que hemos mantenido a lo largo de nuestras vidas, por sustentar en Nicaragua un estado de derecho, donde los ciudadanos, sin distingo de colores políticos, gocemos de plenas garantías de acción y de movilización política, bajo el amparo de las leyes y de la Constitución; que podamos elegir libremente a nuestros gobernantes, sin trampas ni fraudes, y que vivamos en un país justo y abierto, donde la democracia tenga sustancia real, y en el que los sueños de equidad social y de justa distribución de la riqueza, en beneficio de los pobres y marginados, que son los sueños de Sandino y de Carlos Fonseca, y los de nuestros caídos del 23 de julio y de los que cayeron después, se cumplan plenamente.

23 de julio de 2009

Gonzalo Alvarado Acetuno, Luis Felipe Pérez Caldera, Orlando Álvarez Sandoval, Ernesto Castillo Martínez, Sergio Ramírez Mercado, Irela Prado Hernández, Eduardo Conrado Gómez, Antonio Jarquín Toledo, Luis Rivas Leiva, Humberto Lacayo Dubón, Ramón Romero Alonso, María Leticia Saavedra Betanco, Julio López Miranda, Alejandro Serrano Caldera, Vilma Núñez de Escorcia, Joaquín Solís Piura, Celán Ordóñez Toledo, Ricardo Zambrana Díaz.

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