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Organismo de la ONU no revisó los niveles cancerígenos, provocando el mayor envenenamiento colectivo de la historia, tras la ingestión de agua contaminada. Tragedia traicionera: la gran mayoría enferma poco a poco. El agua que beben no tiene ningún olor o sabor extraño. Excavaciones en busca del vital líquido fueron gracias a cooperación internacional, que por frenar otras enfermedades que sufría la población, ahora la está matando. Es una catástrofe tan grande y tan devastadora que ‘hace parecer a Chernóbil como un pic-nic de escuela de domingo’, ha repetido Richard Wilson, especialista de Harvard.


Ana Gabriela Rojas, Enviada Especial
Dhaka / El País   

‘Me salieron manchas en la piel y después empezaron los problemas de riñón. Mi tobillo derecho está muy inflamado y me duele muchísimo, los médicos dicen que debo cuidarme para que no se me engangrene’, se queja Sinu Rani, una jornalera de Bangladesh que tuvo de dejar su trabajo por las dolencias. Es sólo una víctima más del mayor envenenamiento colectivo de la historia: cada día millones de personas beben agua de pozos contaminados con arsénico en este país del sur de Asia.

La tragedia es traicionera: la gran mayoría va enfermando poco a poco. Sin darse cuenta. El agua que beben no tiene ningún olor o sabor extraño. Pero con el tiempo --de ocho a 20 años después-- empiezan a sufrir manchas en la piel, sensación de ardor, cansancio crónico, pérdida de la sensibilidad en las extremidades, gangrena o daños en los órganos internos que puede evolucionar en cáncer, principalmente de la piel, vejiga y pulmón. Algunos también mueren fulminados por infartos de miocardio. Todos consumen agua extraída de pozos que fueron construidos por la cooperación internacional para frenar otras enfermedades, y que ahora les está matando.

Son discriminados

Por si fuera poco, además de los problemas de salud, los enfermos sufren también una grave discriminación. Se enfrentan al desconocimiento del resto, que no sabe que los males que padecen estas personas no son contagiosos. Sahida Begum, tiene 32 años. Vivía de lo que ganaba con un puesto de té en la calle. ‘Pero cuando me empezaron a salir manchas y grietas en las manos, la gente dejó de comprarme por miedo a infectarse’, cuenta esta mujer. ‘Ahora tampoco me dejan coger agua del pozo limpio. Tienen miedo a que lo contamine’, dice. Rani y Begum son vecinas del distrito de Mushinganj. En este lugar, al sur Dhaka, la capital, hasta el 47% de los pozos están contaminados con arsénico, según los datos del Hospital Comunitario de la ciudad. Pero en algunas aldeas la contaminación afecta al 91% de los pozos.

La de Bangladesh es una catástrofe tan grande y tan devastadora que ‘hace parecer a Chernóbil como un pic-nic de escuela de domingo’, ha repetido en varias ocasiones Richard Wilson, el especialista de Harvard que durante años ha estudiado también los efectos radioactivos en la ciudad de Ucrania.

¿Cuántas personas están expuestas a beber esa agua contaminada? Los recuentos más conservadores --hechos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), Unicef, FAO y Banco Mundial--, estiman que ese envenenamiento progresivo afecta a unos 10 millones de ciudadanos. Una cifra, además, matizada. Tiene en cuenta que Bangladesh acepta un contenido de arsénico de 50 partes por billón (ppb), una cantidad cinco veces más alta de la que recomienda la OMS en el agua para beber. Así, podrían ser varios millones más si se contemplaran las recomendaciones de la organización internacional.

Hay varios millones expuestos

El Centro Nacional de Información para la Mitigación del Arsénico alertaba, contemplando sus datos de 2008, que el riesgo de beber agua contaminada con arsénico con concentraciones de más de 50 ppb afecta a unos 20 millones de personas. ‘Las cifras dependen de qué concentración de arsénico se tenga en cuenta, pero en todo caso hay decenas de millones de personas expuestas en todo el país’, asegura el director del programa de investigación de los efectos del arsénico en la salud de la Universidad de California, Allan H. Smith.

El Gobierno reconoce que actualmente se está tratando a más de 38,000 pacientes por diferentes patologías relacionadas con el arsénico. Sin embargo, los enfermos pueden ser más. Los expertos sospechan que muchas personas sufren cáncer sin saberlo o han fallecido sin que se les diagnosticase la causa real de la muerte.

El arsénico está por naturaleza en el subsuelo en diversas regiones del mundo. En Asia se ha localizado en algunas partes de India y de China, pero Bangladesh se reconoce hasta ahora como el país más afectado en todo el mundo. Este tóxico ocuparía hasta en el 60% de su territorio, según estudios del Hospital Comunitario de Dhaka y la Universidad de Jadavpur, en Calcuta.

En Bangladesh, antes de los años 1970, la gente no tenía ningún contacto con este contaminante, pues bebía agua superficial, de los ríos y de los estanques. En esa época miles de niños morían por diarrea cada año --250,000 según el Banco Mundial--, provocada por los microorganismos que contenía el agua.

La cooperación internacional

Para evitar ese problema, el Gobierno de Bangladesh y la Unicef pusieron en marcha un programa para que la gente se acostumbrase a beber de los pozos que comenzaron a perforar por todo el país.

No sabían que estaban dando Arsénico por compasión, haciendo honor al título de la clásica película protagonizada por Cary Grant: al agua de estos pozos no se le revisó los niveles cancerígenos. Los hábitos de consumo de agua cambiaron rápidamente, y el 95% de la población de Bangladesh empezó a utilizar el nuevo sistema. Otras organizaciones de la cooperación internacional continuaron haciendo pozos. La gente también empezó a construirlos por su cuenta. Y fue a principios de los noventa cuando se descubrió el envenenamiento masivo. Cuando ya la población había estado bebiendo agua contaminada a lo largo de muchos años.

¿Estaba Unicef implicado en la construcción de estos pozos? ‘Implicadísimo’, responde el representante de esa organización en Bangladesh, Carel de Rooy. ‘Por eso salvamos a millones de niños de morir por diarrea’, se justifica. ‘En aquel tiempo no se acostumbraba a hacer pruebas de arsénico’, asegura con autoridad este hidrogeólogo, que incluso trabajó en la instalación de ese tipo de pozos en Nigeria.

Pecaron por omisión

Muchos aseguran que a toro pasado es fácil culpar a la organización de la ONU. Pero es que ahora se saben cosas que antes se desconocían, como explica Allan H. Smith, de la Universidad de California. Sin embargo, para los activistas, Unicef y otras organizaciones internacionales son responsables, porque cayeron en un error por omisión. ‘En esa época ya se conocían casos de contaminación por arsénico en Antofagasta (Chile) o en Tseng (Taiwan)’, dice el doctor Mahmuder Rahman, del Hospital Comunitario de Dhaka.

Rahman asegura que al mundo no le importa este problema porque Bangladesh es un país pobre. Y porque dentro de este estado también son los más desfavorecidos quienes más lo sufren. ‘Los que están mal nutridos tienen más riesgo de sufrir el envenenamiento’, asegura. ‘El único tratamiento es dejar de beber el agua contaminada, comer bien y tomar vitaminas’. Pero para muchos no consumir esa agua es difícil. Porque todavía no saben que es tóxica; o porque en más de 8,000 aldeas el 80% de los pozos están contaminados. En otras 2,300 son todos los intoxicados.

Desde que se supo del problema de contaminación por arsénico a principios de los noventa, se realizaron una serie de campañas para marcar los pozos con pintura: verde si es seguro y rojo si está contaminado. Pero ni siquiera todos los pozos han sido revisados. Según los últimos datos conocidos, se han inspeccionado 4.7 millones de pozos (de los 8.6 millones que hay en total). Un 55% de ellos están envenenados. Una cifra aterradora que puede seguir creciendo.

*Enviada Especial