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A Pedro Joaquín Chamorro lo iban a asesinar el 24 de diciembre de 1977. Ese era el regalo navideño que le tenían preparado sus sicarios, según confesarían ellos más tarde, pero a los primeros asesinos contratados les tembló la mano.

Ajeno a su destino, como suelen estar quienes han sido condenados a muerte por decir la verdad, Chamorro prolongó su vida durante 17 días más, hasta que la mañana del 10 de enero de 1978, tres escopetazos lo acribillaron cuando circulaba en una calle periférica a los solitarios escombros de la Managua demolida por el terremoto de 1972.

Lo mataron un martes. A eso de las 8:20 de la mañana, Pedro Joaquín Chamorro recibió sentado en su vehículo los disparos de la escopeta 12.

El carro marca SAAB, placas MA-2C-454-77, café, de dos puertas, fue encontrado en la Avenida Bolívar --del Banco Nicaragüense una cuadra abajo y media al sur--, sobre la calle conocida como El Trébol. Adentro yacía Pedro Joaquín, ensangrentado, inconsciente, con múltiples heridas en el cuello, cara, tórax y miembros superiores.

El automóvil se había detenido al chocar contra un poste a orillas de la calle y presentaba quebradas las dos ventanillas de las puertas. Había residuos de vidrios en las cañuelas, la capota del motor estaba ligeramente abierta del golpe, y el foco derecho estaba desprendido por la colisión.

Hasta su muerte denunció los abusos
Había sangre en los asientos delanteros, en el timón y en el tablero. El bumper delantero estaba deformado del golpe y la palanca de cambios estaba en primera, como si al enterarse de que los sicarios le iban a disparar, Chamorro intentara capear los disparos y la emboscada de carros.

Así recuerda la escena el periodista Roberto Sánchez Ramírez, entonces reportero del diario La Prensa, y uno de los primeros hombres de prensa en llegar a la escena del crimen.

“Yo había llegado temprano a la Redacción porque el doctor Chamorro me había dicho un día antes que me tenía un encargo, que así le llamaba él a la asignación de trabajos especiales importantes”, recuerda Sánchez, haciendo hincapié en que el director de La Prensa nunca apagó el vehículo.

No se pudo establecer si Pedro logró impactar el carro Toyota verde que transportaba a los asesinos o si éstos al chocarlo para obligarlo a detenerse, provocaron que se aflojara un borne, y después de consumado el crimen no pudieran encenderlo.

Si ese carro matriculado a nombre de Silvio Peña Rivas no hubiera quedado en la escena del crimen, ni siquiera los autores materiales del magnicidio hubieran sido capturados.

Cuerpo masacrado
PJCh fue trasladado al Hospital Oriental, posteriormente “Manolo Morales”, donde lo revisó Miguel Ángel Aragón, médico forense, que reconoció el cadáver y levantó el acta de defunción.

El forense, en su informe, señaló que el cuerpo del occiso presentaba cuatro heridas en la cara, una en la nariz y tres en la mejilla derecha, una de las cuales perforó arterias en la parte trasera del cuello, donde además había un refilón de un perdigón y dos orificios pequeños de entrada en la cara lateral derecha.

El cuerpo presentaba en el hombro derecho dos refilones y un orificio de entrada de una esquirla, mientras el mayor peso del daño se reflejaba en el tórax; ahí se constataron ocho orificios de entrada al lado derecho de la cara anterior del tórax y cinco agujeros de salida en la cara anterior de la axila izquierda, todos ellos causantes de profusas hemorragias internas y externas.

Intento fallido en Navidad
Harold Cedeño Aguirre, uno de los coautores del crimen, confesó ante la Policía que en Navidad se les había escapado. A las 12:30 de la tarde del 14 de enero de 1977, Cedeño dijo que Silvio Peña, organizador del círculo de autores materiales, lo contactó en la distribuidora de muebles y equipos inmobiliarios, Proveedora del Hogar --conocida como P del H--, donde ambos trabajaban, y que ya para el 23 de diciembre o para el 24, le había dicho que a quien matarían era al director de La Prensa.

Cedeño, de acuerdo con el expediente del caso, dijo que “el 24 de diciembre intentaron dos veces matarlo, primero por la mañana y después por la noche”. Ese día, quienes iban a disparar contra PJCh cuando se dirigía de la iglesia Las Palmas hacia su residencia, eran miembros de una familia Martínez, conocidos en esa época como “Los Conchos”, pero en ese momento les tembló la mano.

Además, Cedeño confesó que el 8 de enero, ya con Domingo Acevedo como nuevo sicario, estuvieron esperando a Pedro para asesinarlo cerca de su casa, pero tampoco lo pudieron lograr.

Quedaron entonces en que el martes siguiente, 10 de enero, Cedeño lo pasaría recogiendo a las 6:30 de la mañana para perpetrar el asesinato.

El coronel Luis Ocón, juez de Policía de Managua, esposo de la jueza Zoila Luisa Ferrey, por oficio del 14 de enero, remitió al juez Rivas Cuadra a los reos Silvio Peña Rivas, Silvio Vega Zúniga, Harold Cedeño Aguirre, Juan Ramón Acevedo Medina y Domingo Acevedo Chavarría, conocido como “Cara de Piedra”, todos ellos autores confesos del crimen.

Aparece Pedro Ramos, de Plasmaféresis
La declaración de Silvio Peña remitida por Ocón, con fecha del 13 de enero a la 1:20 de la tarde, dice que el acusado aseguró haber conocido a Pedro Ramos el 16 de noviembre de 1977, y que a mediados de diciembre recibió de éste 100 mil córdobas para cometer el asesinato.

Que Ramos lo buscó en la P. del H. donde trabajaba, que tuvo otra reunión con Pedro Ramos en Plasmaféresis para planear el atentado.

El 22 de enero, al ampliar su declaración, Peña dijo que tuvo cerca de 12 reuniones con Pedro Ramos para preparar el atentado. Que tenía apoyo de Cornelio Hüeck y de Fausto Zelaya, el primero presidente del Congreso y poderoso allegado al presidente Somoza Debayle, y el segundo ex presidente del Banco de la Vivienda, ambos denunciados ampliamente por corrupción en las páginas de La Prensa, meses antes del crimen.

El declarante señala, además, que Juan José Martínez se había echado para atrás, y que Carlos Dubón había rechazado el plan. Que el dinero lo aportaron Hüeck, Zelaya y Ramos por partes iguales.

Además, dijo que el plan de atentar contra PJCh tenía una sola línea de funcionamiento, y era el de preparar un acto de tal naturaleza, que la opinión pública creyera que se trataba de un disgusto común y corriente, espontáneo, sin que tuviera huella de que había sido una cosa fabricada.

El plan era éste: “…que alguna persona se cruzase frente al automóvil del doctor Chamorro, dejándose golpear por dicho automóvil, que esta persona iba a andar acompañada de algún familiar que le reclamase al doctor Chamorro al momento, para que en ese acto hubiera una discusión o disgusto que culminara con la muerte”.

Aparecen Hüeck y Fausto Zelaya
La declaración de Silvio Vega tiene fecha del 14 de enero a las 9:45 am. Señaló que después de disparar contra Pedro Joaquín, Silvio Peña los recogió en su vehículo, un Chevy rojo frijol, y que se fueron rumbo a León a dejar a “Cara de Piedra”, autor confeso de los disparos.

Domingo Acevedo, uno de los más célebres acusados, dueño de una sangre fría escalofriante y de un cinismo inigualable, apareció declarando ante Luis Ocón a las 4 pm del 14 de enero.

Dijo que fue capturado el 11 de ese mes a la una de la tarde, y que para cometer el crimen le adelantaron 6 mil córdobas. Que era hombre de armas y “huevos”, que caminaba con su escopeta por cosas de deleite. Que el día de los hechos se bajó del carro donde iba con Vega después de chocar el otro carro, y con la escopeta doce le disparó tres cartuchos. Que después lo recogió Silvio Peña en su carro y lo fue a dejar a León.

"Cumplieron con su amenaza"
El doctor Sergio García Quintero, quien en febrero de 1975 advirtió a PJCh que había todo un plan para acabar con su vida, señala que cuando supo que lo habían baleado de muerte en una esquina de Managua, se había cumplido el propósito de desaparecerlo del camino de Somoza.

“Cuando me enteré de que lo habían asesinado, pensé que se había cumplido exactamente lo que se había planeado, e incluso me sorprendió que hubieran dejado pasar tanto tiempo, porque cuando se llevó a cabo la reunión, había una gran saña contra él con el propósito de hacerlo en el menor tiempo posible”.

El 11 de febrero de 1975, bajo Ley Marcial y suspendidas las garantías constitucionales, el abogado García Quintero, asesor de Aeronáutica Civil, bajó apresuradamente del Campo de Marte en la explanada de la Loma de Tiscapa y se dirigió a la calle El Triunfo, donde se ubicaban las instalaciones de La Prensa, para informarle a PJCh que en una encerrona se había planeado matarlo.

El veterano jurista había estado minutos antes en una reunión del Estado Mayor de la Guardia Nacional, coordinada por el general Heberto Sánchez, donde se planteó la posibilidad de la muerte mediante ese plan.

“Dice él (García Quintero) que (el plan) se trata de secuestrarme (por unos civiles) llevarme a la Fuerza Aérea y luego tirarme desde un avión al mar”, escribió Pedro Joaquín en su Diario Político.

“Eso era una idea descabellada porque no existía la más mínima prueba en su contra, yo manifesté que era un disparate meterlo preso y juzgarlo sin pruebas, causó malestar, pero expliqué que Pedro era una personalidad universal tan grande, que desde el mismo momento de ser capturado iba a ser noticia mundial, y que eso aumentaría el desprestigio del gobierno y de la Guardia”, rememora García Quintero, quien recuerda que incluso cuando Pedro estaba acostumbrado a este tipo de amenazas y situaciones, lo vio preocupado.

“Me pidió más detalles, que tuviera cuidado con el manejo de esa información, y que si conocía algo más, que no le dijera yo personalmente las cosas, porque sabía que estaba vigilado por la Seguridad. En dos oportunidades más le mandé razones y lo hice por medio de mi padre y madre”, dice.

“De Peña se podía esperar cualquier cosa”
Carmelo García, ex propietario de la P del H, recuerda el 10 de enero de 1978 como una fecha “difícil” en su vida, pues de un día para otro todos los ojos voltearon a ver a su empresa como el sitio de donde salieron los asesinos de una personalidad como Pedro Joaquín Chamorro.

Añadió que lo que más le sorprendió fue cuando se enteró de que Harold Cedeño estaba involucrado en el asesinato, pues se trataba de un muchacho “tranquilo y trabajador”, que se encargaba de refaccionar los muebles y mercadería que llegaba de reclamo, así como de darles mantenimiento.

“Nunca me imaginé que se pudiese meter en algo así. De Silvio Peña no puedo decir lo mismo, tenía menos de un mes de estar trabajando con nosotros y era un tipo vulgar y jactancioso. Todavía yo encontré un par de revólveres y municiones en su escritorio”, señala García, quien reside en Miami, Estados Unidos.

Comentó que en los días previos al asesinato nunca vio nada extraño que lo llevara a pensar que podían hacer algo así, “por eso me sorprendió tanto cuando de pronto me enteré de que dos de mis empleados estaban metidos en el crimen”.