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¿Quiénes eran los asesinos del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal? EL NUEVO DIARIO ha elaborado un perfil de cada uno de los autores materiales del crimen, así como de personas vinculadas a este hecho que cambió la historia de Nicaragua.

Las dos fuentes principales de este perfil son el testimonio del doctor Danilo Aguirre Solís, amigo y compañero de luchas de Pedro Joaquín en La Prensa, y la acusación elaborada por el doctor José Antonio Tijerino Medrano, abogado acusador durante el juicio contra los asesinos en 1981, el cual concluyó con un veredicto de culpabilidad. El doctor Tijerino asumió la acusación en sustitución del doctor Miguel Cárdenas.

Los acusados fueron: por asociación para delinquir y asesinato: Silvio José Peña Rivas, Silvio Vega Zúniga, Harold Cedeño Aguirre, Domingo Acevedo Chavarría, Juan Ramón Acevedo Medina y Pedro Manuel Ramos; y por asociación para delinquir y tentativa de asesinato: Humberto de la Concepción Martínez Ordóñez, Pablo José Núñez Benavides y Susana Martínez Jirón.

En su momento, el doctor Cárdenas también acusó a Anastasio Somoza Portocarrero, a Fausto Zelaya Centeno y a Cornelio Hüeck, por asociación para delinquir y por asesinato.

“Vividor y arribista”
Silvio Peña: El doctor Danilo Aguirre Solís lo define como un personaje tortuoso, mitómano, un hombre con gran desparpajo, de gran soberbia, farsante.

El doctor Tijerino Medrano en su acusación lo califica como “el prototipo del vividor, arribista, que disfruta y ansía la buena vida sin esfuerzo, sin trabajar, para lo cual siempre se ha movido en actividades turbias y delictuosas.

Fue procesado por homicidio frustrado a iniciativa de la señora Julia Mendieta de Hipley, el 7 de septiembre de 1967.

Estuvo envuelto en un raro caso de drogas en el que dijo que había servido de agente de la DEA para una captura en un restaurante en Washington D.C., Estados Unidos, donde hubo una muerte. Lo único que se supo con certeza es que en los Estados Unidos fue agente oficioso de la Agencia Antinarcóticos, o como suele suceder, lo capturaron con drogas y después lo utilizaron como chivato o soplón de inmigrantes latinoamericanos.

En el juicio confesó haber vendido objetos introducidos de contrabando y haber contribuido a defraudaciones fiscales al obtener rebajas ilegales de impuestos. Al volver de Estados Unidos se convirtió en agente fiscal, pues tenía una tarjeta para tramitar impuestos en la Dirección General de Ingresos.

Con la OSN y los Hüeck
Según Harold Cedeño, que trabajaba donde Carmelo García, en la P del H (Proveedora del Hogar), Silvio Peña le facilitaba un carro Mazda que había comprado con muchos dólares que andaba gastando poco antes del crimen. Harold Cedeño, quien para entonces era un jovencito, también cuenta que fue con Silvio Peña a visitar al jefe de la seguridad de Somoza, Bayardo Jirón, con quien Peña dijo tener unos negocios que resolver, pocos días antes del asesinato.

En Masaya, Silvio Peña tenía una sociedad con un hermano de Cornelio Hüeck en una fábrica de dulces y jaleas. Ese era el mundo de Silvio Peña. No quedó claro quién lo habrá conectado primero con Concepción Altamirano, que es el primero a quien él contrata junto con su yerno, que se viene con su esposa; los tres, son los famosos “Conchos”, que el 24 de diciembre tenían emboscado a Pedro entre la iglesia Las Palmas y su casa, en un caminito que había allí, pero Concho no se atrevió. Él los hospedó en una pensión de un señor Farach que quedaba por el cine El Calvario. Cuando los llegó a buscar, ellos ya habían desaparecido. Peña andaba gastando mucho dinero, compró una casa en Villa Fontana y llegaba a cambiar los dólares a la esquina de Los Coyotes, que con la caída de Managua en el terremoto fue trasladada a Ciudad Jardín. Allí contacta Silvio Peña a Silvio Vega.

Siempre por mal camino
Silvio Vega: ¿Quién era Silvio Vega? Era el hijo de un nicaragüense emigrado a Costa Rica. Allá nació, volvió a Nicaragua cuando tenía unos diez años, vivió en el barrio San Sebastián, en la casa de su tía, hermana de su papá, Mario Vega. Se trata de la doctora Joaquina Vega, una eminente jurisconsulta y una de las primeras abogadas de Nicaragua.

“Este chavalo entró siempre por mal camino, se había dedicado a andar por unas ruletas y unos juegos de azar en fiestas patronales. La última vez, en enero, en las fiestas de Diriamba, mataron a una muchacha en uno de los lugares que él manejaba, y como él decía, abiertamente operaba como agente de investigación”, recuerda el doctor Aguirre.

En una ocasión, a la entrada de la Colonia Salvadorita, en un escándalo público, Vega le rajó la cabeza con una pistola a un ciudadano. Y cada vez que cometía una de esas cosas, corría a refugiarse donde su papá, que era un cambista honorable. Allí lo contacta Silvio Peña, cambiando dólares.

La liga con Domingo Acevedo
Silvio Vega fue casado o por lo menos vivió en unión de hecho con una hija de Domingo Acevedo Chavarría.

El doctor Tijerino Medrano ayuda a completar el prontuario de Silvio Vega: “Traficaba con moneda extranjera, sus antecedentes lo asocian con el hampa, la Cuesta del Plomo le es familiar; en varios crímenes que quedaron impunes hay suficientes motivos para creer que él participó como socio, gracias a sus contactos son sus parientes políticos, los Acevedo Chavarría; y es viejo amigo de Silvio José Peña Rivas”.

Los testigos Farach Fonseca y Zúñiga Escorcia, del Hospedaje Las Delicias, afirmaron que vieron llegar a Vega varias veces a buscar a los Martínez, con quienes también confesó haber buscado afanosamente al doctor Chamorro para asesinarlo, desde la iglesia Las Palmas hasta el Aeropuerto “Augusto C. Sandino”. El doctor Tijerino califica a Vega como el subcontratista del crimen al buscar a las personas indicadas para esa comisión: Domingo Acevedo, su ex suegro, y al hijo de éste. Y los contacta con Silvio Peña en Posoltega.

“Cara de piedra”
Domingo Acevedo: Es de San Juan de Posoltega, escenario de crímenes de Juan Ángel López, comandante de Chinandega, famoso caso que estremeció a Nicaragua, y de otros crímenes. Así como los “Conchos” eran gente que mataba por contrato, a Domingo Acevedo también lo contrata Silvio Peña. Esa es la relación de Silvio Peña con Silvio Vega, que sirve de puente con Domingo Acevedo.

Es catalogado por la acusación como un verdadero asesino por encargo, que trabajaba en familia, esta vez con su hijo Juan Ramón Acevedo. Reconoció tener a su cargo la “friolera de siete muertos por vendettas familiares” en León. Era un paramilitar de la Guardia Nacional, amigo de los comandantes del área, que tenían en él a un verdadero aliado. Acevedo es quien dispara la escopeta contra Pedro Joaquín.

Cedeño, un jovencito
Harold Cedeño Aguirre: Era un muchacho hijo de un locutor de La Radiodifusora Nacional, Leonel Cedeño García, somocista, por supuesto, y que se decía pariente de Somoza, porque era Leonel Cedeño García.

Según la acusación, se convirtió en enlace de Silvio Peña con los dos equipos de asesinos por encargo, fue a León varias veces, visitó frecuentemente a los Martínez en el Hospedaje Las Delicias, asegurándose de su permanencia en Managua. Estuvo presente en la persecución del doctor Chamorro en la iglesia Las Palmas, en el Aeropuerto “Augusto C. Sandino” y en el momento del crimen.

Otros personajes que se acercan un poco al crimen, son:

Zelaya y Ramos
Fausto Zelaya: Es uno de los defenestrados en diciembre de 1977 que va a acusar por injurias a Pedro, ya tiene lista la acusación, no la mete y se va del país en diciembre de 1977 y nunca más volvió.

Cornelio Hüeck: “Era un hombre que odiaba a Pedro, que en Masaya era dueño de vida y hacienda, le decían ‘El Señor de Masaya’. Ya cuando el asesinato de Pedro, cayó en desgracia frente a Somoza porque él quiso usurpar su representación en Panamá, cuando la firma de los Tratados Torrijos-Carter, y el círculo de Somoza, su hijo ‘El Chigüín’, le dijo a Somoza: “Ya éste te está suplantando, pues”. Somoza todavía estaba en los Estados Unidos tras sufrir el infarto.

Pedro Manuel Ramos Quiroz: Considerado como uno de los autores intelectuales del crimen, era un médico de origen cubano que, asociado con Somoza, estableció la empresa Plasmaféresis, mediante la cual extraía el plasma a borrachines e indigentes para revenderla en su Clínica en Miami, por ser de gran valor en la industria médica. La Prensa había denunciado el negocio de Ramos por inhumano y vampiresco. Salió del país el nueve de enero, menos de veinticuatro horas antes del crimen.

Según la secretaria de Ramos, Lucrecia Castro Barahona, ella entregó a Peña Rivas alrededor de C$ 28,000 con la aprobación del cubano Juan Álvarez, socio y empleado de Plasmaféresis. Y según Peña Rivas, Ramos le entregó cincuenta mil dólares. “Son las cuentas alegres de la mafia”, dijo el doctor Tijerino Medrano en su disertación. Pero cabe una pregunta: ¿Incriminó Silvio Peña a Pedro Ramos para encubrir a los financistas que le antecedieron? ¿Fue cierta esta entrega o se trató de una testigo “riflera” para establecer una relación
Ramos-Peña que nunca existió?

Por otra parte, Pedro Ramos buscó al doctor Tijerino el día anterior al crimen para que fuese mediador entre él y el doctor Chamorro, y llegar a un arreglo amistoso. Así lo recuerda el doctor Tijerino en el juicio: “Sabiendo de mi amistad estrecha con el Dr. Chamorro, me pidió una cita el 9 de enero de 1978 para que le arreglara su querella con el Mártir en la forma en que éste lo condicionara. Ramos Quiroz estaba tratando de fabricar una coartada con una persona de reconocida solvencia moral como el diciente, a menos de 24 horas del asesinato”.

“El comisionista de la muerte”
Un estilo que quedó bien claro es el de Silvio Peña, calificado por el doctor Tijerino como el intermediario del crimen, “El Comisionista de la Muerte” y “el eje central que mueve la trama delictiva; quien garantiza el resultado positivo de la operación, miente muchas veces con una gran imaginación e inteligencia, diseña el plan, y contrata a la banda de autores materiales, mientras pasan por sus manos miles de dólares que gasta a manos llenas antes del crimen.

Peña Rivas solía extorsionar para obtener importantes sumas de dinero, tal como se conoce por declaraciones de don Federico Lang (q.e.p.d.) y de don Luis Carrión. Silvio Peña operaba con la Seguridad, y esos debían haber sido los negocios con Bayardo Jirón: llegaba donde los familiares y les decía que conocía dónde estaba su hijo, que corría peligro, que él lo podía salvar. Así le quitó diez mil dólares a don Federico Lang, y así quiso quitarle dinero a Luis Carrión. A don Federico Lang, hablándole de Edgard Lang, de los mártires de Veracruz de León. Y a Luis Carrión, hablándole de Luis Carrión hijo. Luis Carrión no le dio dinero.

“No hay en todo el juicio una prueba contundente”, valora el doctor Aguirre. “Él llamó a Pedro Ramos, seguramente pidiéndole riales y diciéndole que iba a matar a Pedro, que tenía un plan. La telefonista encontró la tarjeta con el teléfono mediante el cual él quiso contactarse con Pedro Ramos a Miami. Pero no hay ninguna evidencia que demuestre que, efectivamente, los dólares que él empezó a gastar desde mucho antes del crimen, hayan provenido de Pedro Ramos, quien mandó una tarjeta a la familia asegurando que sería incapaz de mandar a matar a Pedro”, sostiene el doctor Aguirre.

El doctor Tijerino Medrano, mientras tanto, dijo en su acusación que era lamentable que se haya dejado salir del país a Juan Álvarez, un cubano que según la testigo Lucrecia Castro Barahona, secretaria de Pedro Ramos Quiroz, confirmó la decisión de éste de entregar un dinero a Silvio José Peña Rivas, “con propósito fácilmente previsible” y “sus declaraciones hubieran arrojado mayor luz sobre el hecho delictivo”, si esa entrega fue cierta.

Silvio Peña, además del contrato que le habían dado por matar a Pedro, anduvo recogiendo más plata. ¿Quién le dio y quién no le dio? No se sabe. Pero nadie lo delató.

La acusación del doctor Tijerino
“Doña Violeta (Barrios de Chamorro) me escogió para ser el acusador, probablemente en base a la amistad y confianza que le merecía a ella y al doctor Chamorro”, dice el doctor José Antonio Tijerino Medrano, treinta años después del crimen.

“En ese juicio” --fallado en junio de 1981—“yo participé en tres caracteres diferentes: como testigo, ya que el juez de la causa me llamó a declarar, por cuanto Pedro Ramos me buscó como mediador con el doctor Chamorro, el nueve de enero de 1978. No hablé ni concerté entrevista con el doctor Chamorro para ese efecto, consiguientemente, nunca fui abogado de Ramos”, agrega.

Al doctor Tijerino también le tocó declinar de ser el defensor de Silvio Peña, cuando el doctor Alfonso Dávila Barboza, entonces Juez para lo Criminal del Distrito de Managua, lo nombró defensor de oficio. Rechazó el nombramiento y pagó la multa correspondiente.

Y, finalmente, fue el acusador de los asesinos al ser localizado en Estados Unidos por doña Violeta Barrios de Chamorro, quien años después, cuando fue presidenta, lo nombraría embajador ante la OEA.

“El doctor Ernesto Castillo Martínez, Ministro de Justicia y yo, hicimos la acusación en el jurado que empezó a las seis de la mañana y terminó al mediodía del siguiente día. Lo presidió la doctora Esperanza Quan, y el juez de la causa fue el doctor Félix Trejos y Trejos”, afirmó el doctor Tijerino, para quien el juicio contra los asesinos de Pedro Joaquín, fue el juicio del siglo.