•  |
  •  |

Sexta Entrega

La foto en blanco y negro, de aspecto gris por el contenido mismo de un funeral, sólo muestra a una multitud de gente que carga un ataúd en medio de una calle que luce estrecha ante el mar humano que la abarrota, para acompañar los restos del periodista Pedro Joaquín Chamorro, ultimado a escopetazos dos días atrás.

La imagen es fría: no describe el dolor, ni la ira ni el llanto. Apenas se visualizan algunas pancartas de caligrafías apresuradas, el tumulto cargando el féretro y el aire gris de aquella tarde.

Nadie imaginaría, viendo esa fotografía, que tras ese ataúd cargado vendría una violentísima reacción que cambiaría, apenas un año después, el futuro y el rumbo de Nicaragua, donde los muertos ya no serían cargados en ataúdes sino que serían quemados en cualquier esquina, durante la aterradora Guerra de Insurrección que acabó con 43 años de poder de la familia Somoza.

Detonante para la caída
Según el escritor Sergio Ramírez, a partir de esa fecha la población nicaragüense confirmó que la dinastía ya no podía continuar. “Fue el gran detonante para la caída de Somoza”, afirmó.

“Fue la primera vez que la gente salió masivamente a la calle a expresar su repudio a la dictadura. Los actos en la Carretera Norte contra las empresas de Somoza; la gente insurreccionada en las calles. Y todo se fue encadenando rápidamente”, señaló.

El novelista comentó que de inmediato al asesinato, en la primera semana de febrero de ese año, se dio la histórica rebelión en Monimbó, una clara señal de la fuerte avanzada del Frente Sandinista, prácticamente en los límites de la capital.

“Es cierto que el Frente Sandinista está debajo de la estructura de los hechos armados. Pero la participación popular va más allá de la capacidad de organización que el Frente Sandinista podría tener en ese momento. Y es que el detonante del asesinato de Pedro Joaquín seguía actuando”, dijo el también ex vicepresidente de Nicaragua en los años 80.

“Hay que tomar en cuenta que entre el asesinato de Pedro Joaquín y la caída de Somoza, apenas pasa año y medio. Es decir, nada. Esto es lo que me confirma la calidad de detonante que tuvo, y me puede ayudar a responder: ¿Cuánto pudo haber durado Somoza? Bueno: ¿Cuánto duró realmente? Duró poco Somoza. Después de mandar a asesinar a Pedro Joaquín Chamorro, ni siquiera duró dos años más”, aseveró.

Magnicidio aceleró caída
“No tenemos una bola de cristal para saber qué hubiera pasado si no hubiesen matado a Pedro, pero se puede calcular en la distancia y el tiempo, que el régimen habría caído de todas formas; lo que provoca el asesinato es acelerar un proceso que se venía dando de manera silenciosa y lenta, casi imperceptible, porque la inconformidad del pueblo estaba e iba a estallar en cualquier momento”, señala Onofre Guevara cuando se le consulta lo que provocó el magnicidio de PJCh.

Recordó que en esos momentos Nicaragua no tenía demasiadas perspectivas de liberarse de la dictadura somocista.

“Antes de la muerte había brotes, desde luego, pero eran actividades más aisladas que conjuntas, y el fenómeno que se produce con la muerte de Pedro Joaquín es que logra precisamente despertar un sentimiento contra la dictadura por parte de sectores que ni siquiera habían pensado en expresarse, y otros que se expresaban de manera tímida, sin organización ni capacidad política para hacer realidad la caída”, dijo.
Aldabonazo a la conciencia del pueblo
En ese sentido, el veterano militante de las causas sociales considera que la muerte del director de La Prensa fue como un “aldabonazo que despertó las conciencias” de manera colectiva del pueblo de Nicaragua.

Según él, fue a partir de ello que se dio la incorporación a las acciones populares que se registraron inmediatamente después de su muerte. “Se expresa como un dolor colectivo al crimen y queda como sedimento el deseo de organizarse, y la acción vino después de ese sentimiento”, señala Guevara.

“La realidad que queda cuando lo matan, es de una conciencia agitada pero dispersa entre la población, que lo toma como una antorcha en la oscuridad, y apoya entonces la lucha armada que venía haciendo de manera silenciosa, pero firme la guerrilla sandinista”, señala.

La sensación de que tras la muerte de Pedro Joaquín Chamorro se le vendría el mundo encima a la familia en el poder, fue confirmada años más tarde por Anastasio Somoza Portocarrero, quien tenía 26 años al momento de la muerte del periodista, y era el director de la temida Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, las fuerzas militares elites de la Guardia Nacional.

“Yo diría que el momento crítico, central de toda la Insurrección fue la muerte del doctor Chamorro, porque ahí sí que nos preguntamos: ¿Qué se hace?”, dijo Somoza a la periodista Xiomara Chamorro.

“Para nosotros fue una cosa tremenda. Yo me acuerdo que cuando estaban llevando al doctor Chamorro a La Prensa (del Hospital Oriental), que quemaron media Carretera Norte, la orden era: ¡Ni se acerquen a esa gente!, porque igual de asustados estábamos todos nosotros, porque para nosotros esa era la hecatombe”.

Inmenso furor social
El doctor Danilo Aguirre Solís, jefe de Redacción de La Prensa, recuerda que el periódico tituló en esos días: “Los enterrados serán ellos”, y como una situación de clarividencia, efectivamente la familia dinástica perdió el poder un poco más de año y medio después del magnicidio.

Evidencia de aquel furor social quedó registrado en una nota de cable fechada el 14 de enero de 1978 en Caracas, Venezuela, firmada por el corresponsal para América Latina del diario El País (de España), Ángel Luis de la Calle.

“Quienes planearon el asesinato del periodista nicaragüense Pedro Joaquín Chamorro, probablemente no calcularon las consecuencias que el hecho podría producir. La muerte del director de La Prensa, que siempre se distinguió por su oposición al régimen de Anastasio Somoza, ha desatado las más violentas manifestaciones en pleno centro de Managua, con incendios y graves pérdidas económicas, y ha aglutinado a los más variados sectores sociales en contra del dictador Somoza”, decía la entradilla de la nota.

“En opinión de los observadores, el asesinato de Chamorro (cuyos presuntos autores fueron detenidos el jueves, según anunció la Policía) no solamente no acallará a la oposición interna al régimen de Somoza, sino que la acrecentará”.

Y así ocurrió. El periodista Roberto Sánchez, ex periodista de La Prensa, recuerda que el entierro de Pedro “fue como la mecha que encendió una bomba gigante”.

“La sensación que reinaba no era de incertidumbre, sino más bien de certidumbre de que la insurrección era inevitable, y así ocurrió”, dice, en alusión al 19 de julio de 1979, cuando tras varios meses de sangrienta guerra civil, las guerrillas del FSLN, apoyadas en una población que perdió el miedo a Somoza, tomaron el poder que los Somoza ostentaron a sangre y fuego durante 43 años.

(Con la colaboración de Mauricio Miranda)

Tomado del libro "Pedro Joaquín Chamorro ¡Juega!" De Edmundo Jarquín

Crónica de un entierro histórico

Estremecido por la noticia de su asesinato, me dirigí hacia la sede de UDEL, y en el trayecto alcancé a recordar las frases del Decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, cuando le otorgaron el premio Moors Cabot: “Si hay un periodista en este hemisferio que ha sido más consistente en su oposición al gobierno dictatorial que el Dr. Pedro Joaquín Chamorro, nosotros no hemos sido capaces de encontrarlo”.

Su consistencia había tenido el costo de su asesinato. Cuando encontré los torrentes de gente que se dirigían al hospital donde yacía el cuerpo acribillado de Pedro, y vi sus rostros y sus lágrimas, y sus bocas dibujando angustia y dolor, y presencié cómo Managua entera se desbordaba en banderas, en flores, y el pueblo se desgañitaba en gritos de ira ¡Abajo Somoza!, pensé que el vil asesinato había dolorosamente resuelto la contradicción entre el líder político y el líder de opinión: para el pueblo era uno solo, su líder a secas.

El pueblo había perdido su voz. Desde la misma tarde del 10 de enero, el ataúd cubierto con una bandera de Nicaragua de las más pobres telas, puesta por hombres y mujeres sencillas, salió a las calles sobre una correntada de pueblo, ríos de pueblo iracundo que recorrían y partían a Managua de oriente a occidente, de norte a sur.

Así volvió a su casa, donde Violeta, que ese mismo día había regresado de Miami, lo recibió mártir. Así fue trasladado a La Prensa el miércoles 11, y de aquí, escapando de la balacera de la Guardia y del estallido popular en incendios y motines, en el furgón repartidor de su periódico, fue llevado en la madrugada del 12 a la iglesia de Las Palmas, y así llegó ese mismo día al Cementerio General de Managua, bajo una lluvia de flores, en una agitación de banderas y en el estruendo de un pueblo que gritaba indignado.

Su mujer y sus hijas e hijos avanzaron por las calles delante del féretro llevando la bandera de Nicaragua, escena que a través de una fotografía recorrió el mundo. De nuevo sus palabras se recobraban en la realidad, porque con motivo del entierro de Kennedy había escrito un editorial titulado: “Adelante el pabellón y detrás la familia”.

“Me siento orgullosa de que Pedro Joaquín haya marchado a la tumba bajo esa bandera”, expresó Violeta. Al llegar al cementerio volvieron a lloverle flores: la gente había subido a los mausoleos y desde allí lanzaban flores, como desde los balcones de que él me había hablado premonitoriamente.

“El entierro de Pedro fue igualito como Pedro me lo había dicho y predicho una y mil veces. Antes de echar la primera palada de tierra, el que iba a poner el caliche en la piedra me dijo: Tome, señora, la bandera. No --le dije--, póngasela, por favor, en la caja. Pedro necesitaba enterrarse con su bandera. Y ahí está con ella!”, dijo Violeta.

A la salida del cementerio, gases lacrimógenos y balas de la guardia. Un joven cayó baleado, y cuando el reportero del entonces Canal 6 de Costa Rica, en una escena estremecedora, le preguntó: --¿Qué le pasa? --Estoy herido, le contestó intentando incorporarse para acercarse al micrófono que le ponían enfrente. --¿Qué nos puede decir?, insistió el periodista. --Que siga la lucha... ¡Viva Pedro Joaquín Chamorro!
Y la lucha siguió hasta el derrocamiento de la dictadura y el inicio de la construcción de la democracia con la cual había soñado Pedro. “La Historia --había escrito-- no termina con el toque de queda frente a una sepultura... La historia comienza, realmente, cuando se establece con claridad que el ideal vive en un pueblo, aunque sus hombres mueran”. Pedro ganó batallas después de muerto. Como el Cid Campeador.