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SAN CARLOS / RÍO SAN JUAN
Clemente Arceda Robleto, de 23 años, jamás imaginó ser víctima del peor atropello a su dignidad humana, al penetrar por un punto ciego con la intención de trabajar en Costa Rica. Con furia reprimida y avergonzado dice: “Los guardias ticos nos capturaron, nos enchacharon, boca abajo en el suelo nos patearon en las costillas, después nos pusieron de cara a una pared y nos gritaron que nos quitáramos la ropa, hasta el calzoncillo, quedamos completamente desnudos, nos apuntaban con pistolas y después de ofendernos, nos llevaron en una patrulla al comando”.

Arceda Robleto es originario de la comunidad San Juan Viejo, jurisdicción de Belén, del departamento de Rivas, y como hace cinco años trabajó chapeando potreros en Caño Negro, Costa Rica, sin tener problema alguno, quiso esta vez encontrar la oportunidad de emplearse para ayudar al sustento económico de sus diez hermanos y de sus padres: Leoncio Arceda Álvarez y Trifina García Robleto.

Dice Clemente que junto a un amigo emprendió la ruta del migrante indocumentado. Desde el lugar hasta la frontera costarricense y a Los Chiles recorrieron más de 450 kilómetros, por vía terrestre, acuática y a pie. “Nos metimos por los naranjales de San Pancho al atardecer del viernes (11 de enero) caminamos de noche, y cuando pasábamos detrás de un redondel de una casa en Los Chiles, la mañana del sábado dos guardias ticos nos agarraron”.


Humillaciones y ofensas
Cuenta Clemente que los guardias, vestidos de azul, los apuntaron con pistola y gritaron que se tendieran en el suelo. Así lo hicieron, y los guardias los patearon en las costillas mientras les decían: “¡Nicas mal paridos, cochinos, ladrones, mañosos, después dicen que somos los malos y les echamos los perros, pero se les ve que no son trabajadores, con aretes y tatuajes, parecen chapulines!”

Explicó que después los pusieron de cara a una pared y los obligaron a quitarse la ropa. “¡También quítense los calzoncillos!”, ordenaron, hasta que quedaron como Dios los trajo al mundo.

Entonces tomaron las mochilas que cargaban, y tiraron las pertenencias en el suelo, “los guardias se quedaron con corta uñas y encendedores”, aseguraron, y seguidamente les ordenaron ponerse la ropa, los volvieron a enchachar mientras decía un guardia: “¿Dónde están los demás?, y si no decían los iban a encerrar en la cárcel cinco años y a torturarlos hasta que hablaran. Después en la patrulla los condujeron al comando.

Clemente señala que las celdas son húmedas y antihigiénicas, y los indocumentados que encierran duermen en el piso. Los atropellos finalizaron cuando “fuimos deportados”, según el migrante, hasta ser entregados a Migración de San Carlos, la tarde del sábado, e inmediatamente buscaron la Casa del Migrante, donde su administradora Luz Marina Matamoros y su equipo de trabajo les brindaron el apoyo y recogieron la denuncia que sería remitida a la PDDH, pero que también el joven quería hacer pública ante los medios de comunicación.


Piden velar por
derechos humanos
“La falta de empleo en Nicaragua nos lleva a muchos a buscar trabajo fuera para mejorar la calidad de vida de la familia, y mi intención era recoger unos billetes y venirme, también para sacar los papeles, porque no es que uno quiera entrar ilegal, lo que pasa es que tampoco uno tiene dinero para pagar los documentos que se necesitan”.

Clemente manifiesta que “no es justo lo que nos hicieron esos carajos, porque nosotros no les faltamos al respeto, nos dijeron lo que quisieron y nos quedamos calladitos. El gobierno debe dar empleo aquí para que no nos pase esas humillaciones en otro país, pero también las autoridades, los diputados de la Asamblea y los organismos deben hacer que se respeten los derechos humanos de nosotros los nicaragüenses”, apuntó el joven.

Clemente y su amigo, con ayuda de la Casa del Migrante en San Carlos, partieron ayer a natal Rivas. “Vamos alegres porque ya estamos en nuestro país y nos están apoyando para volver a nuestra casa”, concluyó.