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Carla Corea va a su “centro de trabajo”. Entra, o mejor dicho, sale al tramo de la carretera que al mediodía casi es fundido por el Sol, con un monito que trata de descansar sobre sus hombros, una lapa con sus alas no tan adecuadas para el vuelo, y un niño que desde sus 10 añitos se enfrenta a la pobreza armado apenas de un palito, y de “munición” una cotorrita.

Técnicamente, Carla no debería estar aquí, cerca del kilómetro 69 de la Carretera Norte, porque la Iniciativa Para los Países Altamente Endeudados, HIPC, otorgó desde el Club de París, entre 2001 y 2006, mil 49 millones de dólares.

Pero la mujer aquí está porque el Ministerio de Hacienda y Crédito Público (MHCP) al ofrecer su informe de liquidación presupuestaria de semejante ayuda (END, 9 de junio 2007), alivió a los grandes, pero no a gente como Carla: sólo se asignaron 469 millones de dólares al gasto de reducción de la pobreza.


¿Y el Hambre Cero?
“Viene por selección. A muchos ya les dieron, pero eso no viene parejo, sólo para los líderes”, dice, aunque la mujer que temía caer presa en una comunidad de Estelí por haber vendido una chancha del programa del gobierno, no era ninguna líder.

En un momento la joven creyó que los ocupantes del vehículo que se había detenido le comprarían alguno de sus animales para seguir arreglándoselas fuera de los programas contra la pobreza. Luego se decepciona y siente que su medio de existencia peligra porque le caerán los del Marena y todas las leyes del país, que es lo único que les llega completo a los pobres.

“Lo que quiero es trabajar”, dice, a modo de defensa, todavía cuando nadie ha levantado ninguna acusación. Y le preguntamos del monito cara blanca, “mono mico”, le llama ella, Cebus capucinus le dicen los científicos, y que llegó a sus manos desde la Costa Caribe, pasó seguramente por El Rama, siguió con otro dueño en el Norte, así, “de mano en mano”, hasta que llegó a Puertas Viejas, cerca de Ciudad Darío, esperando por otro comprador, para terminar como adorno vivo en el Pacífico.

Sí, toda una odisea para el primate considerado el más inteligente del Nuevo Mundo, y frecuentemente usado para el estudio en laboratorios, según la página de Honduras silvestre.


Guerrilleros comían monos
Aunque en algunos países la importación y la exportación de esta especie están prohibidas, resulta que estos monos --finalmente-- no son “buenas mascotas para la gente, ya que no son domesticables, y muchos se arrepienten de tenerlos”. Pero la pobreza aprieta donde duele. En las selvas los cazan los pobladores para comérselos, y no se sabe si los guerrilleros sandinistas se los almorzaban también, porque Omar Cabezas en su libro “La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, no identifica la especie predilecta en los días de hambre.

Pero en Puertas Viejas siguen los días de hambre, claro que sin guerrilleros: no hay qué comer, ni agua para tomar ni energía para verse por las noches, “y eso que le hemos dicho al alcalde”; ni mucho menos trabajo para medio vivir, y por eso Carla debe ocupar este tramo largo, entre Sébaco y Managua, para ver si no desfallece de hambre, no vaya a ser y se la llevan al pie del monte, donde se divisan las cruces de un cementerio sin mausoleos.

El primate lo vende a 3 mil 500 córdobas, y la lora a mil 500. “Aquí no hay trabajo, tenemos que buscar que hacer algo”, nos dice. “Yo como y mi hijo también, y no hay nada”.

En otros momentos, Carla vende pescados de la pequeña laguna del lugar, en otros, cuando hay posibilidades, cuajadas, a 35 “el par”. ¿Y cuando no hay nada que vender?, bueno, a ver si les compran los animales.

De repente, llega la Policía y nos quitan los animales, expresa. “Pero si yo no ando robando ni nada, sólo quiero vivir”. Mire, esgrime otra razón: si yo robo, luego nos zampan presos; y no quiero robar, lo que quiero es sólo trabajar.

Soba al animalito asustado. Cuando el pescuecito se le chima, le afloja la cadena. “No los maltratamos, más bien los cuidamos”. Carla se siente sin que nadie vea por su familia. “Esos diputados pasan de largo, ni se dan cuenta de la situación que pasamos”.

El viernes fue un día regular. Había logrado comer arroz y frijoles, pero cuando no hay, hace sopas Maggi con un poco de arroz para disfrazar el hambre. Al carita blanca le da agua y banano y “come pan también”.

“No tenemos culpa de estar aquí”, asegura. “El monito ha venido corriendo de mano”. Carla abre su “negocio” a las nueve de la mañana y se retira a las cuatro de la tarde, burlando a como puede el mediodía.

Ha solicitado ayuda para poner un techo y establecer un negocio, pero hasta ahora, todo se parece al calendario del año pasado. El escritor brasileño Joao Guimaraes Rosa, desde antes que naciera Carla había resumido su destino: “Vivir es peligroso”.