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La de este humilde carpintero es una historia de migración fallida. Quiso huir de su país, buscar una mejor vida en Estados Unidos y ayudar a su familia para tolerar la pobreza. No para salir de ella, para tolerarla. Y entonces decidió su vida en una lógica de sobrevivencia que no tuvo éxito: Si tengo dos riñones, puedo dar uno y vivir y ayudar a vivir a varias personas.

Luis Enrique Picado Tercero murió el 30 de mayo, el mismo Día de las Madres Nicaragüenses. Se desangró en una sala del Hospital Militar casi frente a los ojos desesperados de su madre Elizabeth Tercero, quien no deja de recordar cada detalle de las largas pláticas con su hijo y sus sueños de irse del país a buscar una mejor vida.

Ella recuerda cada palabra de su hijo y las asocia a las versiones de su muerte. Recuerda las angustias del joven por encontrar un trabajo mejor y las vincula con los detalles de la investigación oficial de su muerte. Al final tiene un veredicto que la mata de pena: “mi hijo hizo todo eso para irse del país”.

¿Tratarse en Nicaragua?

“A mí me dijo una vez: Madre, no sufrás por reales, vas a ver que pronto vamos a estar mejor. Yo le tengo confianza al gringo, vas a ver que en Nueva York las cosas nos van a salir mejor”, recuerda ella, citando palabras del joven que murió a los 23 años, cuando cedió un riñón al jubilado estadounidense Ryan Mattews, oriundo de Nueva York y quien de manera poco comprensible, vino al país a tratarse de una insuficiencia renal crónica.

El caso terminó muy mal para el donante del órgano y para el receptor, cuando ambos murieron en el mismo hospital. El joven murió desangrado horas después de que le extrajeron el órgano y el extranjero murió tras múltiples complicaciones y sin el riñón cedido, en medio de denuncias de ofertas de hasta 20 mil dólares a cambio del órgano.

EL NUEVO DIARIO reveló el caso y su secuela no termina de disipar las dudas sobre negligencias médicas, tráfico de órganos y ahora, al calor de las investigaciones, de sospechas de complicidad e impunidad para los que concertaron la donación, para los que intervinieron médicamente y para los hospitales que respaldan factores de poder en Nicaragua.

“Muerte no determinada”

Tras casi cuatro meses de investigación policial y fiscal, el caso no avanza a ninguna parte y Elizabeth, teme que se encubran los hechos. Sus sospechas se basan en el informe del Instituto de Medicina Legal que se hizo al expediente y donde se lee que el fallecimiento del paciente, pese a haberse vaciado de sangre, desde el cabo donde estaba el órgano, era una muerte “no determinada”.

“Ningún médico fue investigado. Le preguntaron cualquier cosa, no quisieron exhumar el cuerpo de mi hijo y escondieron documentos del expediente para ocultar la negligencia. Si hubo dinero de por medio, no fue algo que nosotros supiéramos, pero los médicos sí estaban interesados en sacar la mayor cantidad posible al estadounidense, a tal punto que ya estaba muerto y ellos seguían cobrando a la familia del señor gruesas sumas por honorarios”, denunció la señora.

En el expediente de la Fiscalía, al cual EL NUEVO DIARIO tuvo acceso, se lee que el estadounidense pagó más de 100 mil córdobas por ingresar al Hospital Militar y gastó más de cinco mil dólares en el Metropolitano para hacerse los exámenes junto a Luis Enrique.

“Y además dicen que él gringo debía a los médicos por aparte 18 mil dólares que se los mandaban a cobrar a la casa del señor donde vivía Ryan”, denuncia ella, quien ahora amplía y lamenta las sanas ambiciones de su hijo de encontrar mejor vida en otro país.

Estuvo en Panamá

Luis Enrique estuvo trabajando en Panamá y le iba bien hasta que lo asaltaron y lo lesionaron en la cabeza con una pistola. Estuvo mucho tiempo en recuperación y le quedaron secuelas del golpe que le quebró huesos del cráneo. Se vino a recuperar al país y siempre decía que quería regresar, porque el trabajo temporal y los “rumbitos” que le salían aquí, no le permitían ni estudiar.

“Yo le pagué un curso de caja y computación, pero él quería seguir estudiando, actualizarse y esos eran sus sueños. Por eso me decía mamá quiero regresar a Panamá y volver para seguir estudiando”, recuerda ella, mientras abraza un retrato rojizo donde se ve a Luis Enrique lozano y lleno de vida.

Conoció al norteamericano

“Luego conoció a Mery, como le decía él al señor extranjero, y entonces me cambió todo el panorama y me decía que tenía muchos sueños de irse a Nueva York”, cuenta ella, lamentando el no haber tenido la suficiencia entereza como para convencerlo de no aceptar aquella locura de donar su riñón.

“Yo le insistí, le insistió su hermana, sus amigos, mis hermanas, sus tías, todo el mundo le dijo no lo hagás Luis Enrique, pero a él me le habían lavado el cerebro los médicos y él siguió adelante porque también le dio pesar como se iba muriendo Ryan, y entonces en algún momento empezaron a hablarle de irse a Estados Unidos a trabajar y eso lo motivó como nunca a seguir con el plan”, narra la madre.

Pero algo más grande que el consejo de la madre motivó al muchacho a seguir adelante con el plan y ella sigue insistiendo, que no fue la oferta de 20 mil dólares que se mencionó en el caso y que ella rechaza haber conocido: “no, a mi hijo lo convencieron, quizás a ellos les ofrecieron ese dinero, pero claro, nunca lo van a admitir”.

La muerte de su hijo en condiciones traumáticas cambió para siempre la vida de esta mujer, que antes se dedicaba a comerciar ropa usada, a vender artículos casa por casa, a vender comida y alimentos en las calles, a sobrevivir.

La maltrataban

Abandonó la casita que rentaban en el barrio Hugo Chávez porque los recuerdos del hijo la agobiaban y porque los vecinos la maltrataron y le decían “mala madre, vendiste a tu hijo por 20 mil dólares”.

“Y yo sola en mi dolor, con mi pobreza”, replica Elizabeth, madre de dos hijos más, una mujer que emigró a Guatemala y un adolescente que aún estudia, pero que ya piensa en “alzar vuelo”.

Ahora Elizabeth alquila casa en el mismo barrio, pero en una zona lejana; posee una pequeña pulpería y emplea la mayor parte del tiempo en recorrer instituciones pidiendo justicia, buscando asesoría, clamando por ayuda para determinar las responsabilidades que se dieron en la muerte de su hijo.

La tragedia la alejó de la familia. Sus parientes creyeron la versión de los 20 mil dólares ofrecidos a cambio del riñón y pensaron que ella sabía de ese negocio.

“Y ante Dios, que no sabía nada de eso, yo sabía que mi hijo estaba entusiasmado con que se lo llevaran a Estados Unidos, pero no sabía nada del dinero, pero si ese dinero se ofreció, o se pagó, otros se lo quedaron a cambio de la vida de Luis”, se queja amargamente.

Luego se enjuga las lágrimas y prosigue: “yo no odio a nadie, perdono a mi familia y espero que ellos me comprendan y me crean, pero nunca dejaré de buscar justicia para mi hijo. En esta vida o en la otra”, sentencia.