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El hombre lleva ahí cinco minutos, bajo la sombra de un guayabo, buscando con la mirada una cruz que debe estar en algún lugar entre este mar de tumbas enfloradas.

Con el antebrazo, se seca el sudor de la frente, se quita la gorra y se pasa una mano sobre la cabeza, como afligido, impaciente, pensando que de nuevo tendrá que enfrentar el ardor sobre su espalda por este sol inmisericorde de las diez y media de la mañana.

Se toma dos segundos más, y allí va de nuevo, empuñando en una mano un ramo de margaritas, y en la otra, unas tijeras de jardinería, asomándose losa por losa, trecho por trecho, hasta encontrar el epitafio y el nombre en la tumba desaparecida.

La imagen de este hombre, que a veces disimula su desconcierto colocando una mano en cualquier cruz, como diciendo “éste es mi difunto”, cuando la gente pasa cerca de él, contrasta con la de las abuelitas, tías, hermanos, madres, padres e hijos, que avanzan entre los trechos y los montículos de tierra, dispersándose por todo el cementerio, cargando baldes con agua, palas y filosos machetes, para darle una retocadita a la sepultura de sus seres queridos.

“¿Va a limpiar, chele? ¿Va a limpiar? ¿Madre, va a limpiar?”, pregunta un chavalo sin camisa y descalzo con su machete al hombro. Tiene pinta de que ha tenido tarea desde temprano. En su pelo chirizo se notan algunos restos de hierba, y sus manos curtidas de lodo revelan que no le ha ido tan mal.

Doña Esmeralda vino a visitar a su madre, doña Rosa Emilia González, quien falleció cinco años atrás, a los 80 años. Ahora, sentada en una silla reclinable, supervisa la limpieza en el sepulcro, que le encargó a un muchacho que luce exhausto.

“Todos los años vengo: el día de las madres, el día de su cumpleaños.

Usted sabe que una madre nunca se olvida, una madre siempre está presente”, cuenta doña Esmeralda, aunque comenta que “hay hijos desamorados que no visitan a los padres ni cuando éstos están vivos”.

A pocos metros de allí, Alejandro Salmerón Rojas se toma unos minutos antes de continuar limpiando la tumba que tiene en frente. Él apenas está comenzando su recorrido, que consiste en arreglar y decorar con flores cinco sepulturas.

En el Cementerio Occidental de Managua, las calles que llevan al acceso principal permanecen bloqueadas desde temprano por la Policía. Cerca del mediodía, la cantidad de gente que llega parece aumentar. Un mariachi con un acordeón al hombro, le hace un gesto a una familia que se vistió ceremoniosa para la ocasión.

En Carazo y Matagalpa

La mañana de este lunes, miles de personas acudieron a los cementerios de los ocho municipios de Carazo para recordar a sus familiares, limpiar, pintar y enflorar las criptas. Lo mismo ocurrió en Matagalpa, donde los mercados se vieron copados por clientes en busca arreglos florales para luego visitar los cementerios.

(Con la colaboración de Tania Goussen y Francisco Mendoza)

Cementerios capitalinos topados
En las 33 manzanas de extensión del Cementerio Occidental de Managua, han sido sepultados más de un millón de personas, según informó su administrador, Elías Zapata.

Por su parte, la alcaldesa de Managua, Daysi Torres, admitió que en los cementerios capitalinos se han cometido irregularidades, como la venta de andenes para enterrar a los muertos, debido a que los camposantos Oriental y Occidental ya rebasaron su capacidad.

Dijo que no existe ningún proyecto de ampliación en el Cementerio General, y señaló que no hay venta ni donaciones de terrenos porque ya llegó a su máxima capacidad. También explicó que ya existe un nuevo cementerio llamado “Milagro de Dios”, pero, según Torres, a la gente no le gusta llevar a sus difuntos hasta ese lugar. El cementerio “Milagro de Dios” fue inaugurado en 2004, está ubicado en el barrio del mismo nombre y tiene capacidad para unos 40 mil muertos.

(Con la colaboración de Leyla Jarquín y Leonor Álvare)