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Pronunciar su nombre es referirse específicamente a una rama de la medicina. Y en él toma forma esa máxima que dice que una persona termina siendo lo que hace, o en su caso, lo que practica. Así es Camilo Manfredo Pentzke Torres, un leonés con sangre germana que a sus 79 años se ha despertado los últimos 40 convertido en el pilar de la cardiología en Nicaragua.

La formalidad es cierto que regala edad y un aspecto maduro, pero en Pentzke su pulcritud al vestir lo hace ver, al contrario, más joven, y aunque ya no tiene esa mirada felina de su juventud, sí posee una paciencia hindú y una memoria paquidérmica para narrar los avatares de este país, ligados a los suyos, sucedidos durante el último medio siglo, desde su óptica galena.

Una óptima educación media

Sentado cómodo en su consultorio, ubicado en la misma casa que habita en León, cuenta que su verdadera educación comenzó en secundaria, la que cursó en el Instituto Nacional de Occidente, pues para ese entonces, en 1943, no cualquiera se bachilleraba, pero lo mejor es que su formación en esta época estuvo a cargo de maestros tan sabios, que le hacían honor a ese adjetivo con lecciones magistrales que aún hoy, 66 años después, Pentzke recuerda.

“Es que teatralizaban las clases y uno quedaba bogando en esos ríos de palabras y explicaciones de las que parecían surgir los personajes de las historias contadas... uno de esos maestros era don Pepe Sacasa, abuelo de la jefa de la Policía, quien nos impartía historia y filosofía”, confiesa el médico, a la vez que, en fe de prueba, recita la arenga de Bolívar en la batalla de Junín que le enseñó este fallecido profesor.

Así transcurrió su bachillerato, entre 1943 y 1948, influenciado por los docentes de este prestigioso instituto, del que egresaron camadas de hombres que más tarde se erigieron en excelentes profesionales que aportaron mucho al desarrollo de las ciencias en que se especializaron, comenta.

Papá quería que fuera ingeniero, él escogió medicina
Pero la decisión de estudiar medicina no le vino por una vocación atávica, sino por motivos económicos. Pone los codos sobre su escritorio de caoba, vuelve a ver las paredes, donde cuelgan retrateras sobrias con fotos de sus hijos y muchos diplomas, y trata de mirar en retrospectiva, con sus ojillos aguados, el momento exacto en que eligió su carrera de vida.

Fue una mañana de finales de 1948, después de una conversación con su papá, Carlos Pentzke Brenes, un industrial que quería que estudiara esta profesión, como lo había hecho su padre, Wilhgem Pentzke, un migrante alemán nacido en Hamburgo que desembarcó en el país a finales del siglo XIX y fundó una fábrica de juguetes y una cervecería cuyo nombre se perdió en el tiempo.

Su papá le dijo que no podía costear sus estudios de ingeniería en Managua, así que al día siguiente se matriculó en la Facultad de Medicina de León. Su madre, Dolores Torres de Pentzke, lo apoyó en esta elección, que para él fue la más importante de su vida. Durante su estadía en la universidad se destacó como excelente estudiante; en 1956 egresó, e inmediatamente se fue a trabajar a Mina el Limón, como director del hospital de ese lugar.

Un tango para enamorarse

Pero fue durante sus años universitarios que conoció a la mujer que sigue siendo el amor de su vida, su inseparable esposa, Ligia Chamorro de Pentzke, con quien procreó seis hijos y tiene 54 años de casado. “62 años en total, porque ‘jalamos’ ocho, lo que duró mi carrera”, corrige. Dice que se enamoró de Ligia cuando bailó con ella un tango, una noche de 1947 en la celebración de unos 15 años.

“Fue una fiesta de traje. Ella andaba con su mamá, así que cuando bailé con ella un tango, le pregunté todo… Me dijo que estudiaba en el Colegio Académico Mercantil y que salía a las cinco de la tarde, así que al siguiente día la fui a buscar a esa hora… y así seguimos como amigos un año hasta que fuimos novios, y nos casamos en 1955”, cuenta despacio a la vez que la mirada se le vuelve empalagosa y sonríe pícaro.

Testigo del principio del fin de los Somoza

Ya trabajando en Mina el Limón, una noche lo llamaron de emergencia. Habían cometido un atentado contra el dictador Somoza García. Fue su familia la que lo llamó para que se cuidara por las persecuciones y los hechos violentos que estaban ocurriendo, pero él se vino de inmediato, y lo que vio jamás lo va a olvidar.

“Echaron presas a toda las personas que estaban en el baile; las llevaron al parque, y ahí estaban todas las señoras de alta alcurnia. Si tenían ganas de hacer sus necesidades, allí debían hacerlo. Hubo golpizas, balazos, detenciones violentas y hasta torturas. Fue una noche sangrienta”, rememora. “Después de esa noche todo cambió. Nicaragua fue más peligrosa para quienes estaban en contra de los Somoza”, añade.

Realizó 4 mil partos y 5 mil cesáreas

Después que todo se calmó, regresó a su trabajo, donde a su labor administrativa como director de la clínica aunaba la práctica médica, porque --dice-- un doctor de los buenos es aquél que aunque sea funcionario de oficina siempre atiende a sus pacientes, le paguen o no. De esta manera, en diez años que estuvo en este centro le hizo honor a su título de médico, cirujano y obstetra con el que egresaban en esos años. Las cifras a las que hace referencia dejan laminado a cualquiera.

“Realicé más de 4 mil partos y unas 5 mil cesáreas. Sentía que era mi deber como obstetra. Además, realicé apendicectomías, operaciones de vesícula y hasta de huesos… es que la praxis está más allá de la especialidad o los cargos… uno es médico ante todo y salvar la vida es el objetivo principal”, manifiesta algo exaltado.

Corazón: órgano para amar y sentir

En 1966, a la vez que es nombrado profesor de medicina en la UNAN-León, alcanza su sueño de estudiar cardiología, en Colombia, mediante una beca otorgada por la OEA. Su fascinación por esta rama era tal, que dedicó su tesis de licenciatura a los trastornos del ritmo cardiaco.

Lo embrujó la manera de trabajar del corazón, un complejo órgano que bombea vida a través de los laberintos sanguíneos del cuerpo. Pentzke toma una réplica de un corazón que reposa sobre su escritorio, la levanta y dice: “Este músculo nos da la vida, en él se junta la parte emocional y la orgánica. Es el centro de nuestra personalidad”.

Tres años duró este paso sobre el camino que se le abría hacia una especialidad llena de logros y grados cada vez más altos. Y hasta allá lo acompañó Ligia con sus hijos, todos profesionales de prestigio hoy. Luego vino una época turbia al regresar, en 1969, pues no le cumplieron algunas promesas de trabajo, y sólo le ofrecían su antiguo puesto, el que no quería retomar porque ahora era cardiólogo y deseaba practicar su especialidad.

Médico solidario ante todo

Abrió su clínica en León y un consultorio en Managua, donde brindaba consultas cardiológicas, y además ejercía la docencia. Así trabajó por algunos años, de los cuales el que más recuerda es 1972, porque fue la vez que la tierra se tragó Managua.

Él iba de vacaciones a Costa Rica con su familia, en su carro, el que habían llenado de víveres. Era 22 de diciembre, y en la madrugada del 23 sintió cómo la tierra jugaba con las casas. De inmediato se dirigió con su esposa hacia la capital, a repartir la comida que llevaba para las vacaciones, y se quedó colaborando en el Hospital El Retiro. Esa vez vio una ciudad en llamas y la muerte por las calles. “El corazón de Nicaragua quedó destruido”, recuerda con su metáfora.

Espléndida hoja de vida

El doctor Pentzke siguió sus estudios de refinamiento en los mejores centros e institutos internacionales de la especialidad. Electro y ecocardiografía en México y España; Cuidados intensivos y colocación de marcapasos en Miami y Houston; docente de planta de Facultad de Medicina de la UNAN-León, que lo declaró Decano Emérito... y muchos más con los cuales se llenarían varias páginas, pero él se detiene porque no quiere parecer presumido, sino orgulloso.

A la par el país entraba en una nueva era. En 1979 triunfa la Revolución Sandinista. Fueron diez años de los que sólo recuerda la gratuidad de la salud y la educación en todos sus niveles. Él siguió trabajando particularmente y como catedrático.

En 1997 le proponen ser director del Hospital de León, puesto que acepta con la visión de seguir aportando sus conocimientos y conseguir brindar una atención médica hospitalaria adecuada. Entonces establece contactos en EU con un doctor altruista, John Parr, con quien consigue establecer el servicio de cirugía a corazón abierto que aún funciona.

Esta técnica supuso un avance importante en la cardiología criolla, pues Pentzke se preocupó por darle solución a casos que anteriormente eran considerados imposibles de tratar. Exactamente fue en 2002, a través de brigadas de cirujanos estadounidenses, que los primeros nicaragüenses pudieron tener una segunda oportunidad en este mundo, y fue bajo su tutela.

Por sus méritos en este campo varios años seguidos, desde 2000, fue nombrado Cardiólogo Distinguido, y en 2004 le fue entregada la Medalla de Oro de la Asociación de Cardiología de Nicaragua, Centroamérica y el Caribe. En 2007 fue invitado por la Cleveland Clínic, de Ohio, para realizar una tutoría en el centro, y nuevamente consiguió que médicos de esa institución vinieran a operar al país.

Pero su afán de conocimientos parece no tener fin, pues el año pasado, con 78 años sobre sus canas, se inscribió en el Curso de Interpretación Cardiológica Avanzada. Pero eso no es lo admirable, sino que de 51 participantes de Centroamérica y el Caribe, él y otro colega nica fueron los únicos que obtuvieron la máxima nota: 100, lo que puso a Nicaragua en la vanguardia en esta especialidad.

“Hasta el momento eso es todo lo que he hecho”, resume con una simplicidad casi ingenua en diez palabras todos sus logros, y se levanta de su escritorio para seguir trabajando.