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“Corte el brazo, córtemelo… quiero vivir”. Al traductor se le forma un borbollón en la garganta. Tarda tres segundos en librar su cuerda vocal y le advierte que sentirá dolor, mucho dolor. “¿Dolor?” --pregunta ella-- “Ya no siento dolor. ¡Corte y sáqueme de aquí!”, grita en su creole nativo.

El traductor es el haitiano Ronie Zamor, radicado en Nicaragua desde hace varios años, y quien se enlistó con el grupo de 32 soldados nicaragüenses que se encuentran en Haití en labores de rescate tras el terremoto que desmoronó Puerto Príncipe hace ocho días. La mujer, una joven que agonizaba bajo losas de concreto que un día fueron paredes de su misma vivienda. “Haití es igual a mucho dolor aquí”, cuenta Zamor en una carta-testimonio de 1289 palabras que envió recientemente a su familia.

Cuenta que en Haití, desde la tragedia, las horas de sueño se han disminuido. “Se duerme poco, porque hay mucho quehacer”, comparte. Según él, en los últimos siete días, las brigadas sólo se levantaban con un solo pensamiento: encontrar gente viva bajo las montañas de hierro torcido y concreto pedaceado.

La vista de la Haití de hoy, nada tiene que ver con la que él dejó en diciembre pasado, cuando llegó para asistir a la boda de una de sus hermanas. Hace un mes eran tiempos felices, el novio, a quien él describe como un “haitiano galán”, no logró vivir los años que prometió dedicarle a su hermana ante el altar; la pared de otra vivienda le arrebató el alma para siempre. En la capital, poblada y pobre de entonces, hoy se respira luto y desesperación. Para Zamor, si existe un juicio final, comenzó hace ocho días en el país que lo vio nacer.

Una bitácora dolorosa

Zamor se ofreció como voluntario para ir a Haití motivado por saber de su gente y de su familia. “He logrado hablar con mis padres, viven, y viven mis hermanos también, pero hemos tenido pérdidas”, relata, al mismo tiempo que agradece los gestos de solidaridad que han llegado desde Nicaragua. “Sé que rezan, sé que nos acompañan”, agrega.

Zamor logró comunicación con sus padres el mismo día de la tragedia, pero no fue igual con sus hermanos, que viven en una ciudad contigua a Puerto Príncipe. De Managua salió junto a la brigada de rescate el jueves 14 hacia Jamaica, para después aterrizar en horas de la noche en Puerto Príncipe.

Esa noche, apenas hubo tiempo de cerrar los ojos. El viernes, la brigada inició sus labores con los primeros rayos de sol. “Encontrar dos personas con vida fue un buen comienzo para todos”, dice Zamor. Relató que trabajaron cerca de siete horas para lograr el primer rescate. “Durante todo ese tiempo dejé de pensar en mis hermanos, mi tarea fue meterme debajo de los escombros para hablar en creole con las personas que estaban prensadas”, cuenta.

Según el intérprete, el trabajo que ha estado haciendo en Haití no se ha limitado a garantizar el entendimiento entre las víctimas y sus salvadores, “se trata de darle ánimo a los afectados. Escuchar sus respuestas en cada momento y hacerles saber a la brigada que esas personas están luchando, cada una con mucha valentía, con mucha esperanza”, señala.

La isla de los hombres que lloran

Zamor dice que en Haití los hombres han aprendido a llorar sin sentir vergüenza por ello. “Sí, se llora y mucho, porque hay mucho dolor”, confirma. Cuenta que tras haber comenzado el rescate de una de las mujeres, una periodista de Caracol TV lo entrevistó, y mientras hablaba no logró evitar el llanto.

“La mujer gritaba en creole que prefería perder el brazo, que se lo arrancaran y ya, con tal de salvarse… ella quería vivir. Ella prefiere vivir sin el brazo que quedarse muerta debajo. Yo me siento destrozado al escuchar esto. Dios es grande, y finalmente estos hombres valientes (los soldados nicas) pudieron sacarla. Eso fue un alivio para todos”, cuenta.

En Haití, cada día, una imagen de horror supera a otra. Zamor dice que ha visto gente que sólo logra salir de las ruinas con uno o dos miembros menos. “Es gente viva”, explica. “Los muertos se cuentan a montón”, añade. “Esto es un desastre. Estamos condenados a ser más humanos, más solidarios. Es una necesidad aquí”, señala.

Zamor se desempeña como consultor en la Asociación de Microfinanancieras, Asomif. Al final de su carta se disculpa por la extensión: “No acostumbro a escribir tan largo”, dice, pero se justifica diciendo que aquella realidad lo ha desbordado.

El encuentro con la familia

En medio de los primeros rescates, Zamor pensaba también en su familia. La magnitud de aquella tragedia conocida en Nicaragua por imágenes e informaciones difundidas por agencias internacionales de prensa, le daban pocas esperanzas. “En mi cabeza, de hombre de poca fe, todos mis hermanos han muerto. Pensaba”.

Con apoyo de la brigada, Zamor logró desplazarse al vecindario donde viven, Jacmel se llama, y está ubicado en la llamada Zona Cuatro, ubicado a unos 5 kilómetros de la zona donde se estableció la brigada. “Iba con el corazón en la boca”, escribe el traductor.

A metros del lugar encontró a varias personas que se desplazaban en un vehículo con el logotipo de la institución donde trabaja uno de sus hermanos. “Los detuve y les preguntó por Jean Francois, mi hermano. Les pregunté directamente, si habían recogido el cadáver de mi hermano. Y una de las personas me dio la mejor sorpresa de mi vida: todos han sobrevivido”.

Ahí Zamor supo que el único que no lo había logrado era su cuñado. “Recién se había casado el 22 de diciembre, yo estuve en su boda con mis dos hijas, mi linda esposa y mi suegra”, cuenta. Zamor dice que su cuñado prefirió el martirio antes que el de su esposa.

“Yo digo mi valiente cuñado, puesto que él valientemente, como un buen galán haitiano, empujó a su recién casada esposa adelante y el iba atrás. Dios le llamó, su casa quedó intacta, pero el muro de un vecino le cayó encima. Mi hermana que iba adelante quedó prensada, pero menos que su marido. Todo eso me lo contó mi hermana”, escribe Zamor.

Relata que su hermana estuvo esperando ayuda, tomada de la mano de su esposo. “El (mi cuñado) sólo la mano lograba tener fuera de los escombros. Mi hermana esperaba ayuda con su mano apretada a la de él, hasta que él dejó de apretar la suya. Ella supo entonces que lo había perdido”.

Su otra hermana, Aimable, quedó soterrada bajo las ruinas de su vivienda. Otro hermano de nombre Fargot, llegó a buscarla tras el sismo. “En lo que quedó de la casa de mi hermana había silencio. Fargot se subió a las ruinas de la casa vecina y llamó a mi hermana con desesperación. Ella respondió, estaba herida, pero viva. Fargot con ayuda de otros logró mover los escombros y sacarla. Con todas sus fuerzas levantó el pedazo de muro que tenía prisionera a su hermana y la cargó para llevarla al hospital más cercano”.

Aimable se recupera de las fracturas que le ocasionó el derrumbe. Médicos nicaragüenses le han dicho a Zamor que ha tenido suerte y que los daños son menores. De sus padres, aunque nos los ha visto, sabe que están bien y alojados en la vivienda de un tío, puesto que la casa que habitaban se desplomó por completo.