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La puerta de tabla desteñida por el paso del tiempo rechinó. Hubo un momento de espera, mientras “Mamá Clarisa”, seudónimo de guerra, trataba de desencajar la rústica puerta para finalmente abrir. Una señora de estatura baja y de rostro visiblemente marcado por el tiempo apareció. Saludó con afable sonrisa e inmediatamente con agilidad de quinceañera nos hizo pasar.

Con el peine detenido en la cabellera, rápidamente buscó un limpión y se lo pasó a dos sillas de hierro, únicos muebles de la sencilla sala. Eso sí, en el horcón del centro de la casa de madera, ondeaba una bandera rojinegra. “¿Le gusta?”, preguntó. “Bajo esa bandera nos unimos todos para derrocar a Somoza y ver a Nicaragua libre”, prosiguió.

Luego de tirar maíz a un gallo que tenía amarrado al pie del horcón, se sentó, y como si todo hubiera sucedido ayer, empezó a recordar sus acciones por la lucha social que desembocó con el triunfo de la revolución en julio de 1979.

La vivienda de doña Argentina Valle Pérez, nombre real de “Mamá Clarisa”, fue Casa de Seguridad, es decir, vivienda donde albergaban a guerrilleros clandestinos, almacenaban armas, planeaban piquetes, y se fabricaban las bombas caseras.

“Mis ideas revolucionarias vienen desde mis abuelos. Ellos lucharon con Sandino en la montaña, y desde entonces las ideas por el bienestar social fueron quedando en mi mente. Cuando se llegó el momento de colaborar, no dudé ni un segundo”, contó la mujer de 77 años, originaria de Terrabona, municipio de Matagalpa.

Armas bajo hamburguesa
En ese entonces, “Mamá Clarisa” vivía con sus dos hijas y participaba en células de barrio donde se planeaban los movimientos contra la Guardia de Somoza, luego algunos “muchachos” (guerrilleros), como una madre llama a sus hijos, empezaron a bajar de la montaña, del norte del país, para ser entrenados en tácticas urbanas, y su casa ofreció refugio a los clandestinos.

Desde ese entonces las pocas armas que iban consiguiendo para la causa eran trasladadas en bolsas plásticas, debajo de las hamburguesas que la señora hacía para vender. Y sus panas en la cocina ya no guardaban alimentos sino Garand y bombas caseras.

“Eran como ocho muchachos los que venían y se quedaban a dormir de vez en cuando, porque ellos tenían que estarse moviendo para no ser descubiertos. Aquí estaban “Aquiles”, el “Pigmeo”, “Luis”, “Careniño” y otros que ya no recuerdo su seudónimo”, expresó Valle Pérez.

No tuvo dinero para Alba cocina

Jamás olvida “Mamá Clarisa” cuando un sargento de Somoza llegó a su casa, y “Aquiles”, seudónimo de Francisco Luna, ahora director del Ministerio Agroforestal, estaba en el cuarto limpiando un arma y no tuvo más tiempo que sentarse sobre ella.

“El guardia andaba pretendiendo a mi hija mayor, llegó y me preguntó quién era ese muchacho, y yo inmediatamente volví a ver una foto que estaba en la pared, y le dije es hijo de mi hermano fallecido, el que está en la foto, y como está sin trabajo vino aquí a buscar la vida”, le dije, pero yo estaba con el corazón casi de fuera.

En medio de la conversación relató algo que estima una desgracia para ella. “Fíjese que los CPC de aquí andaban dando Alba cocinas, de esas que da el gobierno, pero como no tenía los 25 córdobas para comprarla no me la dieron, y aquí sigo con mi fogoncito”, indicó.

¿”Mamá Clarisa”, y los muchachos guerrilleros que albergó la vienen a visitar?
“No, ¡qué va! deben estar muy ocupados. Me siento olvidadita, pero digo: ‘Algún día será de día’. Hace unos cuatro meses, Luna mandó a un maestro de obra y ahí anduvo midiendo la casa, viendo el techo que se está cayendo, pero no ha pasado nada. No importa, si está casa es de todos ellos, y si puedo ayudarlos lo hago nuevamente”, reiteró.

Otras madres de clandestinos
“Mamá Emma” y “Mamá Martha” son otras dos señoras que dieron su aporte a la Revolución, de la que ahora un partido político se adueña. La primera no sólo colaboró con la causa, sino que también ofrendó dos hijos: al comandante Douglas López Niño y a Marvin López Niño, este último murió quemado vivo frente a la Chontal en la Carretera Norte, a manos de la Guardia Nacional, mientras el comandante Douglas murió rafagueado en la Nicarao.

“Mamá Martha” acogió en la clandestinidad al comandante Douglas López Niño, a Javier Mayorga y a Ronald Moraga, entre otros. “Nosotras apoyábamos a estos jóvenes porque eran sacados de sus casas por el alto riesgo que se corría estar contra el gobierno, y había que proteger a la familia”, explicó.

Las mamás de clandestinos y dueñas de las Casas de Seguridad afirman que volverían a repetir su gesta, porque era una lucha social, pero se sienten resentidas y olvidadas, “porque personas que nada tuvieron que ver con la revolución, que no arriesgaron su vida ni a su familia están bien parados dentro del Gobierno, ocupando el lugar de los compañeros que realmente hicieron la revolución”, expresó Martha Jáenz, quien se encarga de ayudar con lo poco que puede a las madres más viejitas y abandonas como “Mamá Clarisa”.