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Cuarta Parte

Por los altavoces del First Central Hospital llaman a Ma Zengshou. Es el nombre con el que han bautizado durante su estancia en Tianjin a Óscar Garay, ‘Señor caballo con una larga vida’. Tiene 51 años, y un día antes de la operación cumple 52. De momento suma. Lo celebra. La vida allí no es sencilla, aunque cuentan con una traductora, Cindy, que trata de facilitársela. El hospital dedica algunas de las plantas más altas a los pacientes que van a recibir un trasplante. De muerto a vivo, pero también de vivo a vivo.

Durante el mes que pasó ingresado --entre el 10 de diciembre y el 12 de enero, las semanas anteriores sólo acudía a revisiones-- no vio a más occidentales. Coreanos, egipcios, paquistaníes, saudíes, yemeníes o japoneses poblaban su planta y, sin duda, estaban mejor organizados que él. ‘Cada paciente egipcio, por ejemplo, siempre iba acompañado de un hombre y de una mujer. Él se ocupaba del dinero, y ella, de la cocina’, recuerda Óscar. Una de las cosas que no sabían es que tendrían que cocinarse ellos mismos. ‘Todo el hospital olía a platos árabes’, cuenta Teresa.

La traductora nos hizo una lista para que también compráramos toallas, papel higiénico, esponjas o jabón. Nadie nos avisó. La limpieza era terrible, con esa mezcla de olores. La encargada de limpiar pasaba un kleenex por dos sitios y se marchaba’, explica Óscar.

‘Los egipcios, en cambio, es como si fueran por agencias. Lo tenían todo perfectamente ordenado’, continúa Teresa. Si alguien lo pasó muy mal en Tianjin fue ella. Cuidar a Óscar, moverse en otro idioma en el laberinto administrativo del hospital, bancos, problemas con los hoteles, llamadas a España, cocinar, la incógnita siempre presente de si volvería sola... ‘Para Teresa fue durísimo. Pasó muchas horas sola. Creo que no iría otra vez. Cogimos la bolsa y el avión sin saber nada’, dice Óscar, mientras ella hace un gesto sencillo de traducir: volvería, seguro. ‘Aunque soy mujer, solía fumar con los egipcios. Nos hicimos amigos y aún hoy mantenemos el contacto a través de Facebook.

“Aquí tiene su órgano”
En Bilbao, sus amigos abrieron una cuenta dispuestos a sufragar lo que hiciera falta, aunque fue la madre de Óscar quien puso finalmente los 130,000 euros que costó el trasplante. Teresa, nada más llegar a China, abrió una cuenta en el Industrial and Commercial Bank of China (ICBC), de donde iba sacando cada día distintas cantidades en dólares que cambiaba en el hospital a yuanes. La clave estaba en el hombre del maletín, un tipo que vivía en los pasillos, y que lo mismo vendía tarjetas de teléfono que tabaco.

Era el conseguidor. Pero fundamentalmente era la persona que en función de la fluctuación del yuan respecto al dólar cambiaba el dinero para ir pagando en una ventanilla todos los costes --el hospital elegía con mucho tino qué días había que hacer ingresos--. Desembolsaron unos 45,000 euros hasta el 11 de diciembre, y el resto lo pagaron ese mismo día, antes de pasar a quirófano.

Uno de los momentos más truculentos se vivió esa mañana. ‘A las once y media me comunicaron que había llegado un hígado compatible. Me afeitaron el cuerpo. Y, de repente, con la cara descompuesta, entró la traductora en la habitación, y dijo que el presidente del hospital pedía 10,000 dólares más o tendríamos que esperar, que había otro paciente al que también le podían trasplantar ese hígado. Teresa y yo nos miramos y dijimos que sí. No podíamos esperar más. Ella se marchó a toda prisa al hotel, cogió el dinero, buscó al conseguidor y cambió lo que faltaba. A las tres me operaron’.

No todo le ha salido bien
Catorce meses después, Óscar resiste. Su calidad de vida no es la mejor del mundo, y al menos en dos ocasiones ha pasado por situaciones críticas. Tras la intervención sufrió rechazo y una insuficiencia renal aguda. En las últimas semanas ha evolucionado favorablemente. No todos los que fueron a China pueden decir lo mismo. En marzo de 2006, un estadounidense, Eric de León, viajó a Shanghai para un trasplante de hígado. Pagó 110,000 dólares. En su país no cumplía los protocolos, y a los 50 años le habían dado un año de vida. Un caso muy similar al de Óscar, salvo que Eric y su mujer, Lori, fueron contando y documentando gráficamente todo el proceso en tiempo real a través de un blog (http://newfilter.blogspot.com/).

Óscar no sabe nada de su donante. Volvió a España el 12 de enero de 2009 con un informe de dos páginas firmado por el doctor Cheng Pan. Ni rastro de su edad, sexo, procedencia o características del hígado. Nada de su anatomía patológica. Apenas 10 líneas sobre el tratamiento que debía seguir en Bilbao. Los primeros meses fueron un calvario. ‘Llegué hecho un cristo al hospital de Cruces. No sabían nada de que me había ido a China y estuve una semana aguantando porque no me daban cita. Me estaba muriendo. Primero me atendieron en casa, hasta que ingresé por urgencias. Tenía un pie en el otro barrio’, recuerda.

Pasó por varios fallos renales y se recuperó, pero una estenosis biliar le produce infecciones y le obliga a llevar de manera permanente una bolsa para recoger la bilis drenada. Muchas de las complicaciones en estos casos suelen derivarse de la misma cirugía. Que las autoridades sanitarias estén oficialmente en contra de que se pague por un órgano no implica que ahora no sea correctamente atendido, como un paciente más.

¡Busca un nuevo hígado!
Óscar quiere seguir peleando. Su sueño es, ahora sí, entrar en las listas para otro trasplante de hígado. Esta vez en España. Los especialistas juzgarán si cumple los requisitos, pero para el máximo responsable nacional nada de lo que haya podido hacer Óscar juega en su contra: ‘Si necesita un trasplante, se plantearán los mismos criterios que la otra vez. Sin penalizaciones’.

En los últimos tiempos, la presión internacional para acabar con la compra de órganos ha aumentado. Incluso el Gobierno chino ha dado pasos públicamente en esa dirección. Sin embargo, la realidad es que las puertas del país asiático parecen abiertas para quienes buscan una oportunidad. En agosto pasado, Pekín anunció que ponía en marcha un sistema de donaciones para reducir la dependencia de los órganos de presos ejecutados. Huang Jiefu, Viceministro de Salud, reconocía esas prácticas, pero aseguraba que se hacían previo consentimiento. ‘Si vas a ser ejecutado, especialmente en un sistema tan poco transparente, no tienes opciones reales’, respondía Human Rights Watch.

Jiang Wentao, responsable del departamento de trasplantes de hígado, respondió a El País sobre esas prácticas. ‘No, ya no hacemos, es política estatal’. ¿Desde cuándo? ‘No es oportuno decirlo. Deberías preguntar al director. Mi responsabilidad es el cuidado médico’.

“Sí, lo podríamos operar”
Sin embargo, colaboradores de Óscar llamaron, presentando otro supuesto caso al hospital chino: Éste es el resumen del correo electrónico: ‘Mi nombre es Antonia y vivo en España. Mi marido, Jaime, necesita un trasplante de hígado y estamos desesperados. No tenemos oportunidad en el servicio de salud español y sois nuestra última opción. Él quiere viajar a su país. ¿Qué tenemos que hacer? Los médicos nos han dicho que no vivirá más de un año y hay que moverse rápido. Gracias’. Las respuestas a los mails siempre fueron muy rápidas. ‘Hola, Antonia. Le paso el caso al hospital y trataremos de ayudar a su marido. Necesitamos su informe médico para hacer el diagnóstico y preparar la posible operación. Espero respuesta’. Luego, como cualquier negocio, dicen que el precio no está cerrado: no son 115 mil dólares --valor base--, sino más, porque estamos en 2010: está subiendo (‘is getting higher and higher’ decía exactamente). A los Jaimes, como en su día a Óscar y a los otros dos casos españoles, en algunos lugares de China les siguen dando la bienvenida.