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A José Ángel Arregui (Bilbao, 1957) le gustaba ver porno por internet. Tenerlo. Coleccionarlo. Se bajaba todo lo que podía. Cualquier tipo de imágenes. Prefería los vídeos de menores practicando sexo. Escenas fetichistas, sadomasoquistas… Todo lo que caía. Una vez al día tenía su momento. Su tiempo de recreación. Dedicaba una hora y media a revisar todo su material. Y a buscar más.

Pero fue uno de esos vídeos de pornografía infantil, que con deleite examinaba después, lo que le llevó en agosto de 2009 a una cárcel chilena.

Una investigación rutinaria de la brigada del cibercrimen le localizó en una comunidad pedófila. Cuando fueron a detenerle encontraron, además de los vídeos que se había descargado, decenas de filmaciones en las que el propio Arregui se había grabado mientras abusaba de menores a los que había dado clase en España.

La Guardia Civil ha identificado a al menos 15 presuntas víctimas. Este profesor de Educación Física, que llegó a Santiago de Chile para cumplir su sueño de dar clases en la Universidad, se enfrenta a un juicio por almacenamiento de pornografía infantil. La fiscal pedirá para él la pena máxima por este delito: tres años de cárcel. Recomendará, además, que los cumpla en prisión.

Los diversos análisis siquiátricos a los que se le ha sometido desaconsejan que pase parte de su pena en la calle. Su comportamiento, “que tiende a naturalizar” lo sucedido, hace que cualquier medida de libertad vigilada sea “ineficaz”, dicen los médicos.

Cree que todo era normal
Sostienen que Arregui intenta creer que su comportamiento --incluidos los supuestos abusos a menores en España-- era normal. “Los niños se prestaban para eso”, dice.

Los informes de los siquiatras, encargados por la fiscalía chilena, a los que ha tenido acceso El País, describen al religioso español como una persona “agresiva” y con un “discurso manipulador”.

Muy atrás quedó aquel niño enfermizo que ingresó con cinco años en un sanatorio para menores tuberculosos o enfermos, por su bajo peso. Uno de los recuerdos más tristes de una infancia que el propio Arregui describe como tranquila y feliz al lado de su familia.

Su padre, tornero, trabajaba mucho. Su madre, una mujer cariñosa, pero de armas tomar, era quien se encargaba de la casa y de las cuentas. Sus dos hermanas, mayores que él, le consentían constantemente.

A los 18 años un joven Arregui ingresa en la congregación Clérigos de San Viator. “Me llamaba la atención la ayuda a los demás y ese tipo de cosas”, cuenta en una de las declaraciones a los médicos.

Nunca le interesó ser sacerdote, así que se dedicó a tareas no estrictamente religiosas. Por eso empezó a estudiar magisterio, y más tarde la especialidad de Educación Física. Siempre dentro de las escuelas de la congregación. A algunas volvería después como profesor.

En 15 años pasó por siete centros viatores para dar clases de Lengua, Gimnasia, Religión o Sociales.

“Lo de los vídeos fue después”, reconoce Arregui en su declaración. Cuando la Agrupación de Pornografía Infantil de la Brigada del Cibercrimen chilena le detuvo, encontró en su poder alrededor de 2,000 imágenes y más de 400 horas de vídeos de alto contenido sexual en los que aparecían menores.

Algunas de esas filmaciones eran las que el religioso español había filmado con cámara oculta mientras abusaba de menores. Filmaciones realizadas, según Arregui, entre 1992 y 2004, y que el religioso había conservado desde entonces.

No explica cómo comenzó a hacerlo. Dice que fue algo progresivo. Al principio se dedicaba sólo a mirar. Descubrió que, como profesor de gimnasia, tenía gran facilidad para acceder a los menores sin que nadie se fijara en ello.

Después comenzó a “experimentar”. Para ello usó la excusa de su tesis doctoral sobre el crecimiento físico en la adolescencia y la influencia de la flexibilidad.

Pedía a los menores que participaran en un estudio que estaba realizando y les hacía una serie de mediciones. Y ahí, en las instalaciones de los centros educativos, entre cinta métrica y tabla estadística, en horario escolar, se desarrollaban los supuestos abusos. Sentía curiosidad por las reacciones de los chavalos durante las mediciones. Reconoce, además, que esta práctica le producía “un cierto placer”, un “desahogo sexual”.

Ahora, años después, algunos de los menores que aparecen en los vídeos de Arregui, hablan de sus prácticas. “Me sentía incómodo. Mi única idea era vestirme enseguida”, narra uno de ellos a la Guardia Civil. Otro describe la situación como muy “agresiva”. “Era desagradable. Tenía que introducirme el termómetro por el ano para medirme la temperatura”, recuerda.

“Los niños se prestaban”
El religioso, sin embargo, que escogía a los chavalos entre el grupo de alumnos de 7º y de EGB, asegura que los niños se prestaban a ello. Filmó abusos en tres colegios españoles (el San Viator de Madrid, el San José de Basauri (Vizcaya) y el San Viator de Vitoria, estos dos últimos en el País Vasco).

Sin embargo, nunca hubo, según los responsables de la Congregación Clérigos de San Viator, denuncia oficial contra Arregui. Nadie, que se sepa, habló de qué ocurría durante las sesiones de medición. Ninguna de sus supuestas víctimas alzó la voz para denunciarle en esos años, pero muchos de sus alumnos de aquella época pensaban que el religioso vasco era “raro”.

“Nos olíamos algo. Había rumores en el colegio de que le gustaba mucho meter mano a los alumnos chicos”, explica uno de sus estudiantes del San Viator de Madrid que prefiere mantener el anonimato. “Era un profesor bastante poco serio”, describe uno de sus compañeros durante su época como profesor en el País Vasco.

Algunos de sus alumnos madrileños recuerdan especialmente un episodio que consideran representativo. Un día en el que Arregui estaba “especialmente agresivo”, y después de reprenderles en clase, tiró un montón de ejercicios y exámenes por la ventana. Uno de sus antiguos estudiantes critica que ningún responsable del colegio controlase al religioso.

Para Arregui, sin embargo, la imagen de aquellos años es radicalmente distinta. Cuenta, por ejemplo, que algunos de los “pocos” amigos que tiene son ex alumnos suyos.

Entró en depresión
Las cosas cambiaron en 2004. Ese año Arregui dejó las aulas con una baja por depresión. Un estado que le conduce, incluso, al borde de la muerte. Estuvo ingresado tres días en el hospital por intento de suicidio. Tras unos meses de tratamiento vuelve a las clases. En 2006 presenta su tesis doctoral. Obtiene sobresaliente cum laude.

“Después de que se doctorase nos informó de que quería dar clases en la Universidad. Tenía mucho interés, así que tratamos de ayudarle”, explica Pedro Lahora, responsable provincial de los Clérigos de San Viator.

Al poco tiempo Arregui consiguió una plaza de profesor en la Universidad Santo Tomás de Santiago de Chile. Pero sus expectativas duraron poco. Arregui apenas dio clase durante un semestre. Después, por motivos que ni la Universidad ni la Congregación en Chile han querido desvelar, pierde su trabajo. Y se vuelve a sumir en una depresión.

Comienza un tratamiento siquiátrico y empieza a trabajar en labores de gestión y contabilidad para los viatores en Chile. Apenas sale de la casa de la congregación que comparte con otras tres personas. En Chile no tiene más amigos que los religiosos.

Nadie sospechaba nada
“Ninguno de nosotros sospechaba lo que ocurría”, dice Eduardo Millán, responsable de la Congregación en Chile, al otro lado del hilo telefónico. Nadie, dice, sabía nada de las actividades de Arregui. De las grabaciones, de los abusos.

La congregación ha puesto a disposición del religioso a uno de los abogados más caros del país. Su caso se verá el miércoles. Y puede que se resuelva. En el caso de que fuera así y se celebrara el procedimiento abreviado, el veredicto se conocería en unas horas.

La condena, de haberla, se sabría el jueves. Arregui, además, está imputado en España en un caso de presuntos abusos sexuales por los vídeos que se encontraron en su poder. El juez que instruye el caso aguarda ahora a conocer la sentencia chilena para tomarle declaración y decidir si solicita su extradición.