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Acabó la época de la indulgencia y el pecado, y empieza la de la penitencia y la limpieza. En lenguaje civil: empiezan a rodar cabezas por el escándalo de los abusos sexuales en la Iglesia Católica. En sólo 24 horas, el Papa ha aceptado la dimisión de tres obispos implicados en casos de abusos a menores.

Los prelados de Miami, Estados Unidos, Kildare y Leighlin (Irlanda), y Augsburgo (Alemania), han renunciado a sus cargos antes de cumplir los 75 años preceptivos.

El anuncio de esta nueva etapa de asunción de responsabilidades estaba escondido en la denostada y mal comprendida pastoral que el Papa envió a los católicos irlandeses el 19 de marzo pasado para explicar su decisión de enviar de forma inminente una visita apostólica (inspección pontificia).

“No se puede negar que han fallado”

En el párrafo dedicado a los obispos, Ratzinger decía: “No se puede negar que algunos de vosotros y de vuestros predecesores habéis fallado, a veces gravemente, a la hora de aplicar las normas, codificadas desde hace largo tiempo, del derecho canónico sobre los delitos de abusos de niños. Se han cometido graves errores en la respuesta a las acusaciones. Se cometieron graves errores de juicio y hubo fallos de gobierno. Todo esto ha socavado gravemente vuestra credibilidad y eficacia”.

La carta añadía: “Sólo una acción decidida llevada a cabo con total honradez y transparencia restablecerá el respeto y el aprecio del pueblo irlandés por la Iglesia. Debe brotar, en primer lugar, de vuestro examen de conciencia personal, de la purificación interna y de la renovación espiritual”.

El mensaje era nítido: el que haya fallado está fuera de la Iglesia. Y no solo en Irlanda, donde ya han caído tres obispos desde diciembre.

El último consumó su salida ayer mismo: James Moriarty, Obispo de Kildare y Leighlin, había dimitido en diciembre, tras la publicación del Informe Murphy, que reveló la connivencia de la Iglesia Católica irlandesa con el Estado para ocultar los escándalos de abusos.

Moriarty lamentaba ayer no haber sido capaz de “confrontar la cultura prevalente” en la Iglesia de ocultación de los abusos.

La explicación a las dimisiones es que el Papa es el primer legislador vaticano: “Su palabra es ley e interpreta de manera auténtica la ley”, explica el canonista Filippo di Giacomo.

“Por eso el párrafo dedicado a los obispos irlandeses tiene efectos jurídicos inmediatos: da contenido al canon 401, artículo 2, que dice: ‘El obispo diocesano, que por enfermedad o grave causa, resulte no idóneo para ejercer el ministerio, es vivamente invitado a renunciar a su puesto’, añade.

Grave causa

La novedad es que, ahora, los obispos saben que no haber gobernado bien los casos de pederastia constituye ‘grave causa’. Están obligados a renunciar, y el Papa admite su dimisión de forma automática”.

Queda por ver el aliento de esa nueva interpretación canónica. El canon 401 se ha aplicado ya seis veces en el último mes, y no por enfermedad. En el Vaticano muchos piensan que la cascada de dimisiones no ha hecho más que empezar.

Eso explicaría el reto lanzado a Ratzinger por jerarcas como Castrillón Hoyos, que la semana pasada implicó a Juan Pablo II en su elogio del encubrimiento de un obispo francés, y que junto a Angelo Sodano, Martínez Somalo y Stanislaw Dziwisz lideró la protección de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y pederasta compulsivo.

Si el Papa decide aplicar a fondo su doctrina, la santificación de Juan Pablo II tiene posibilidades de quedar congelada sine die.