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Una persona ya formada y sana se puede dejar los pulgares dándole a los botones de una consola, que su capacidad intelectual no va a aumentar. Al menos, eso es lo que ha concluido el mayor estudio hecho hasta la fecha sobre programas y juegos de entrenamiento mental (en inglés, brain training), publicado el martes en la revista Nature. Si los autores fueran españoles podrían haber dicho aquello de que ‘lo que la naturaleza no da, la consola no lo presta’.

El ensayo, dirigido por la Unidad del Conocimiento y Ciencias del Cerebro de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), ha utilizado datos de 11,430 voluntarios de entre 18 a 60 años. Los candidatos fueron reclutados a través de un programa de divulgación científica de la BBC, Bang goes the theory (algo así como Reventando las teorías). A los aspirantes (52,617 de los que sólo concluyó el ensayo la quinta parte) se les hizo una prueba de inteligencia (capacidad verbal, espacial, memoria y razonamiento), según explicó ayer por teleconferencia una de las investigadoras, Jessica Grahn.

Se les dividió en tres grupos. A uno sólo se le hicieron preguntas de cultura general. A los otros se les pidió que jugaran con distintos programas (uno creado por la universidad, otro más parecido a uno comercial) al menos 10 minutos tres veces por semana durante seis semanas. Y se les repitieron las pruebas.

La conclusión, según el investigador Adrian Owen, es que ‘no hay transferencia de mejoras más allá de aquellas específicamente entrenadas con el juego’. O, lo que es lo mismo, ‘no hay una mejora generalizada’ en la inteligencia. Owen deja dos asuntos al margen. Una, que sí hay mejoría en las áreas entrenadas específicamente. Es decir, si el programa usado estaba hecho a base de juegos de lógica, en esa área concreta se avanza.

No sirve para Alzheimer

Pero no en ‘nada más allá’. La otra excepción es puramente metodológica: no había voluntarios con problemas mentales o enfermedades neurodegenerativas. Con ello queda al margen de las conclusiones (aunque no del debate) el posible uso de algunos de estos programas para intentar paliar el avance del Alzheimer, por ejemplo.

Y hasta aquí el ensayo puro y duro. ‘Sencillo y elegante’ lo llama Pablo Martínez-Lage, coordinador del Grupo de Estudio de Trastornos de la Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología. Y este científico es el primero que afirma  que su mérito no es tanto que haya descubierto algo ‘sorprendente’, sino que se documenta algo que no se había estudiado.

‘Sé que en niños [estos programas] no funcionan. Aprenden a hacer mejor lo que les pide la maquinita, pero eso no quiere decir que sean capaces de hacer mejor nada más’, señala. Owen coincide. ‘No esperaba otro resultado. Lo que nos extrañaba era la sorprendente falta de estudios científicos sobre unos programas que usan millones de personas’, afirmó en la teleconferencia.

Nintendo hermética

Desde el título del artículo (Putting brain training to the test, que puede traducirse por Analizando el entrenamiento mental o Analizando el Brain Training) se apunta al producto estrella de Nintendo. Pero la compañía no lo entiende así. ‘No sabemos qué programas se usaron, los investigadores no lo dicen’, afirma una portavoz de la multinacional japonesa en España. ‘No estamos autorizados a hacer comentarios’.

Tampoco Owen y Grahn quisieron ayer decir si se había usado el famoso juego ni, mucho menos, en qué proporción. Grahn, quien admitió que ella no era usuaria de este tipo de productos, se limitó a afirmar que entre los videojuegos usados había ‘alguno de los más comerciales’, otros de los que se pueden descargar gratis por Internet y uno, que se usó con un grupo de voluntarios, diseñado por la universidad.

Pero hasta en trabajos con esta sencillez hay enfoques divergentes. María Asunción Pastor, neuróloga de la Clínica Universitaria de Navarra, destaca justo el aspecto contrario que los autores: ‘Que el entrenamiento a corto plazo tenga éxito no es sorprendente’, dice refiriéndose a las capacidades (razonamiento abstracto, memoria espacial) que se supone que se ejercitan con estos programas.

‘Nosotros hemos visto que con un entrenamiento a 90 días los enfermos de Parkinson logran mejorar su memoria viso-espacial o la función ejecutiva’, señala apuntando a un ensayo de su propio grupo en el Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra.

A pesar de las precauciones de los autores, Pastor afirma --también con cautela-- que incluso el beneficio de estas tareas no es tan evidente en las personas con Alzheimer.

‘Está claro que en términos ocupacionales y de sociabilidad mejoran’ con estos juegos destinados a entrenar la mente u otros adaptados, sobre todo cuando se hacen en centros de día acompañados por otras personas, ‘pero lo que no está tan claro es que se modifique el curso de la enfermedad’.

El profesor de Psicología del Aprendizaje de la UNED, Pedro Pellón, pone un ejemplo que en teoría se saldría del estudio concreto de Nature. ‘Si a una persona con déficits de memoria se la entrena, es posible que la mantenga o la mejore’, afirma. Es lo que sucede cuando hay un entrenamiento cognitivo: ‘Que mejora lo que se entrena, pero los avances no se pueden generalizar’, señala.

No hacen daño, pero…

‘Se decía que los crucigramas servían para mantener las capacidades intelectuales, pero era sólo intuición’, recalca Pellón, quien, como el psicólogo educativo Jesús Ramírez, pone en duda que ese tipo de actividades, como incluso leer, puedan frenar el deterioro asociado a las enfermedades neurodegenerativas.

Porque el gran inconveniente de estos productos que algunos han visto como poco menos que como píldoras para la inteligencia no es tanto lo que hacen, sino lo que prometen y no satisfacen. Owen lo resume tajante: ‘Daño no hacen. Pero que nadie espere que por hacerlos vaya a aumentar su cociente intelectual’. Su colega Grahn matiza: ‘No es que sean inútiles. Es que no están hechos para eso’.

Claro que ante el trabajo, pese a lo completo que es --la neuróloga María Asunción Pastor destaca que se han estudiado funciones de las principales áreas del cerebro--, también hay críticas. No tanto por sus resultados, como por su metodología.

Por ejemplo, que el ensayo se ha hecho en personas, en teoría, sanas. Eso es una novedad importante, pero puede suponer un obstáculo que los propios autores intentan rebatir en su artículo. El profesor universitario Ricardo Pellón señala en ese sentido que ‘la posibilidad de mejora en personas que no tienen un déficit cognitivo es mucho menor que en las que sí tienen algún problema’. ‘La dosis, la cantidad de entrenamiento, puede ser muy importante’, apunta Martínez-Lage.

Que nadie te engañe

La conclusión de tanto darle vueltas a unos programas que han supuesto una revolución en el sector de los videojuegos la resume Martínez-Lage. ‘Que a nadie le engañen. Por comprarse una maquinita de estas nadie va a hacer mejor los exámenes o a sacarse una oposición’.

Ramírez insiste: ‘Ejercitar las capacidades es bueno, pero no es seguro ni siquiera que vaya a frenar el deterioro mental. Ningún estudio ha demostrado que por hacer este tipo de ejercicios a una persona no le vaya a dar el Alzheimer o el Parkinson, si tiene predisposición genética para ello’. Martínez-Lage remacha: ‘Es mucho mejor leer, salir con amigos, bailar, hacer ejercicio, que es lo que sabemos que funciona’. Salvo que el objetivo sea sólo divertirse, concluye Owen. ‘Entonces, estos aparatos están muy bien’.