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La alegría por estar nuevamente reunida con su hija e hijo y demás familiares tras permanecer dos meses y 29 días en el Sistema Penitenciario para mujeres La Esperanza, es opacada continuamente por los recuerdos de las vivencias sufridas dentro de la cárcel, asegura la madre que fue condenada injustamente a 12 años de prisión por acompañar a su hija menor a interponer denuncia contra su violador.

“No dormí”, fue la primera palabra de la señora, al preguntarle por su primera noche en su hogar después de tantos días de injusta condena. “Quiero aprovechar cada momento con mis hijos, abrazarlos, besarlos, porque sentí que fueron siglos lejos de ellos injustamente”, dijo la madre.

Los sentimientos son encontrados, alegría por recobrar nuevamente su libertad y a su familia e indignación por la injusticia que cometió contra ella el sistema judicial, que se encargó de achacarle toda la culpa del violador a ella, en vez de buscar y condenar al verdadero delincuente.

“Siento vergüenza por todo lo sucedido a mi hija, a mi familia, lo que sufrí en el sistema, pero no me arrepiento de haber denunciado al violador de mi niña y quiero decirles a las demás madres que mi caso ha sido público, para que no se vuelva a repetir y que no deben sentir miedo de denunciar a un abusador, nuestras voces deben pararlos. Cuando den el primer paso no se detengan y busquen acompañamiento de organizaciones de mujeres y derechos humanos”, expresó entre lágrimas la madre de 43 años de edad.

“Hay que seguir denunciando”
Los desvanecimientos corporales y las crisis emocionales que ‘estallan’ en llanto no dejan de repetirse, afirma la hermana gemela de la ex procesada, ya que la madre recuerda todos los maltratos que sufrió de mano de las autoridades penitenciarias hasta el último día (incluyendo 13 días de detención ilegal).

“Fui maltratada hasta el final porque en vez de salir como las demás reclusas por la puerta de enfrente, salí por la de atrás, como la peor narcotraficante o delincuente peligrosa. Me sacaron corriendo a empujones a montarme al vehículo para irme a dejar dos kilómetros lejos de donde me estaban esperando mis familiares, las organizaciones que me apoyaron y los medios de comunicación, pero Dios me dio fortaleza para aguantar todo”, dijo la señora que hasta perdió su empleo como jefa de cocina en la Academia Walter Mendoza.

Ahora inicia un proceso de recuperación emocional, sicológica y de vida social, pero asegura compartirá su experiencia con otras mujeres a través de las organizaciones que defienden los derechos de las mujeres, niñez y adolescencia.

Mientras tanto, Juana Jiménez, del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM) mantiene que fue absurdo que las autoridades judiciales, después de que la madre y la víctima denunciaron el abuso, le hayan achacado la responsabilidad a la señora, en vez de capturar y hacer pagar al violador.

“Fue una arbitrariedad técnica haber condenado a la mujer por colaboradora necesaria en la violación de su niña, en vez de juzgar y condenar al violador. El papel de fiscalía también fue discriminatorio hacia la mujer; tanto la madre como la hija fueron revictimizadas por el Estado”, expresó Jiménez.

El Tribunal de Apelaciones fue el que finalmente restituyó los derechos de libertad de la mujer, aunque con un procedimiento tardío que provocó 13 días de detención ilegal.

Otro aspecto que llamó la atención en este caso, según Jiménez, fue la actitud de la jefa del Sistema Penitenciario, quien después de horas de entregada la orden de libertad para esta madre, la hizo efectiva e incluso llamó a los hijos de la afectada para regañarlos por andar con los movimientos de mujeres, los derechos humanos y los medios de comunicación.

“Por este y otros casos hay que mantener en el tapete los problemas de justicia que sufren las mujeres en el país”, afirmó Jiménez.