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Bruselas / EL PAÍS
“Hola. Busco con urgencia un sitio donde me puedan reconstruir el himen antes de mi boda con un musulmán. Es muy urgente; si no, será el fin de mi vida. Cuento con vosotras”. Bajo seudónimo, Sabby, como Nana o Farida, cuelgan en un foro de Internet frecuentado por musulmanas francófonas de Europa su grito desesperado.

Shimen1, una ciberamiga acude al rescate: “Entré por la mañana y salí por la tarde. La intervención me costó 300 euros y todo fue bien. El ginecólogo es supersimpático y no te juzga. Dos meses más tarde me casé, y la noche de bodas fue un éxito. Me dolió como la primera vez, y sangré”.

El trasiego de testimonios en la red saca a la luz el dilema de muchachas musulmanas europeas, criadas en entornos religiosos, que viven a caballo entre el mundo en el que se mueven a diario y las exigencias culturales de sus familias. Han nacido y crecido en Europa, han compartido pupitre, recreo y centro comercial con los chicos y chicas belgas de su edad, pero un abismo las separa cuando el casamiento comienza a vislumbrarse en el horizonte.

“Reconstrucciones” vaginales
En Bélgica, la llamada himenoplastia no figura entre las operaciones que financia la seguridad social, pero vericuetos legales hacen posible el reembolso si el médico accede a inscribirlo en la casilla de las reconstrucciones vaginales --propias de complicaciones posparto--, que la sanidad pública sí contempla, según explica Marleen Temmerman, del centro para la salud reproductiva del hospital internacional de Gante.

El Inami, la institución que gestiona los pagos sanitarios de la seguridad social, cifró en 2,760 las reconstrucciones vaginales en 2004, casi el doble que las registradas en el año 2000, según datos obtenidos por el diario Le Soir. Los expertos advierten, además, que la mayoría de las mujeres que deciden operarse prefiere permanecer en el anonimato y que sus nombres no figuren en los papeles de la Administración.

“Como cualquier joven, tienen relaciones sexuales a espaldas de sus padres. El problema es cuando a partir de los 20 años sus padres buscan a alguien para casarlas en su país de origen. Allí les hacen un chequeo para comprobar que son vírgenes. Y antes de arruinar el honor familiar, buscan una solución”.

Casi todas musulmanas
Rock Goerdin sabe de lo que habla. Es ginecólogo y ofrece esa “solución” por 2,100 euros. En una clínica belga de Genk, cerca de la frontera con Holanda, reconstruye el himen a unas 30 mujeres al año. Goerdin calcula que el 75% de sus pacientes son inmigrantes de segunda y tercera generación cuyas familias llegaron a Europa desde Marruecos o Turquía buscando una vida mejor.

Es el caso de los padres de Mina Chebaa que, como buena parte de los 600,000 musulmanes que viven en Bélgica --unos 20 millones en toda Europa--, emigraron desde Marruecos. Chebaa, de 38 años y miembro de la Plataforma para la emancipación de las mujeres musulmanas, tiene tres hijas a las que trata de educar como “buenas musulmanas”, aunque reconoce que no es fácil debido a la vida que llevan las chicas de su edad en Amberes, ciudad flamenca en la que viven.

Dice que su hija mayor, de 15 años, a veces se queja porque le gustaría hacer lo que las demás. “Si vas a la discoteca. ¿Qué vendrá luego? Allí puede conocer a gente que no le conviene. Ella sabe que tiene que ir a fiestas donde sólo haya mujeres y que un día encontrará a la persona con la que se vaya a casar. Cuando llegue ese día, tendrá que estar limpia”, cuenta esta mujer sonriente que se considera a sí misma “una musulmana moderna”. Además, muchos de los jóvenes musulmanes europeos optan por casarse con mujeres marroquíes o turcas que no han pisado Europa y están libres de la “contaminación occidental”.

Desde el Ejecutivo de musulmanes de Bélgica, el organismo interlocutor ante el Estado, su presidente, Coskun Beyazgül, explica que el Profeta aconseja no beber alcohol y expresó su preferencia por los matrimonios con mujeres vírgenes, pero tiene muy claro que la integración de los jóvenes “no tiene nada que ver con ir a la discoteca o beber alcohol; hay muchas otras cosas”.

Velo y virginidad
A Beyazgül le preocupa mucho más la “discriminación laboral, entre otras, que sufren las musulmanas en Europa por llevar el velo”. Las llamadas dos uves, velo y virginidad, se han convertido en señas de identidad de una comunidad que busca reafirmarse ante los ataques y la incomprensión.

El presidente del Ejecutivo de musulmanes reconoce que las familias musulmanas europeas conviven con el conflicto a la hora de educar a sus hijos en los valores del Islam, pero no sólo en Europa. “Los chicos ven las series americanas, la publicidad y quieren vivir como los que salen en la tele”. Beyazgül dice que “hay que respetar a los hombres que sólo quieran casarse con una mujer virgen”, pero que su institución respeta cualquier opción individual.

De vuelta en Genk, el doctor Goerdin explica que seis semanas después de la operación de reconstrucción de himen, la chica está lista para la gran noche de boda. Hace 12 años que Goerdin hace este tipo de operaciones, pero gracias a Internet le han llovido las clientas en los últimos años. Para este cirujano, la reconstrucción del himen es una suerte de “trabajo social” gracias al cual salva “del deshonor” a las jóvenes.

Pero no todos los médicos en Europa piensan igual, y algunos se niegan incluso a realizar una intervención que consideran un ataque a la libertad sexual y la integridad física de la mujer, sin justificación médica alguna. Se quejan además de que en muchos casos cuente con financiación del Estado.

El Consejo Nacional de Ginecólogos de Francia recomendó en 2006 a sus médicos que “rechacen radicalmente las himenoplastias y animen a sus pacientes a que se opongan a esas tradiciones machistas”. No existen cifras oficiales sobre el número de intervenciones en Bélgica ni en otros países europeos con fuerte presencia de población musulmana, como Francia o Alemania.

Algunas estimaciones locales apuntan a que se trata de un fenómeno considerable que va en aumento. Marleen Temmerman, del centro para la salud reproductiva del hospital internacional de Gante, piensa que es a las mujeres musulmanas a las que les toca acabar con el mito del himen. “¿Es que no se dan cuenta de que hay mujeres que nacen sin himen?”

En su hospital se opera a una veintena de mujeres al año; sólo los casos en los que “la mujer esté desesperada, sufra mucho estrés y no haya otra solución”.

Defensores y detractores de la himenoplastia piden que de una vez por todas el debate salga a la luz, y los países europeos adopten una posición clara respecto a lo que consideran un creciente problema social, difícil de medir precisamente por su naturaleza semiclandestina.