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Habla como si de sus hijos se tratara. Son pequeños, verdes, frondosos, e incluso, producen pequeñísimos frutos y se alzan, desde los recipientes donde echaron raíces, casi hasta a la altura de las rodilla de su creador.

David Ríos se pasea no en el jardín de su casa, como suele hacerlo cualquiera en este mundo, sino en un escenario inusual: en el bosque de su propio patio. Camina a la orilla de guanacastes, laureles de la India, chilamates, ceibos, robles y en unos cinco pasos le da la vuelta a aquella amena selva doméstica.

No lo hizo, pero podríamos intuir que en determinado momento de la mañana les puede decir algo a sus plantaciones de macetera. Los quiere y no los mira como objetos, mucho menos como meros adornos. No, ahí está su cariño, su propio mundo, su amor. Ése es el concepto que al ligarlo a la paciencia, da como resultado el arte del bonsai.

“El bonsai es la evocación a la naturaleza. Nació en China, con un deseo de preservar trozos de la naturaleza. Después pasó al Japón, ahí se le dio el carácter de arte, porque los emperadores de la época lo buscaban en los jardines. Su contenido entonces llevó su sello religioso”, explica Ríos, en tanto aprecia, como lo ha hecho por 14 años, al laurel de la India en una versión inédita para nuestros ojos. El enorme, fresco y tupido provocador de sombras y ambientes agradables en los parques, ahora apenas alcanza en el abrazo de un hombre.

“Como Buda oraba y predicaba en el campo, una vez que muere, los fieles no hallaban cómo meter el paisaje que evocaba a Buda en sus ambientes. Así, ellos comenzaron a cultivar los árboles pequeños para recordar esos trozos de la vegetación”.

Las necesidades de un bosque
Ríos es un ecólogo de profesión. Consultor y especialista en estudios de impacto, educación y gestión ambiental, sabe la vida y milagros de un árbol, el comportamiento de un bosque, las necesidades de una espesura selvática, no porque lo aprendió en las aulas universitarias únicamente, sino en la vida práctica: ve nacer los árboles, logra estar atento a su “infancia”, su desarrollo, hasta que sus especies alcanzan la plenitud de un árbol reducido a escala.

“Al inicio los chinos lo hicieron evocando el cuerpo humano, pero no utilizaban técnicas más allá de las que la propia naturaleza les enseñaba, inhibiéndolos en recipientes pequeños. En Japón comenzaron a crear el arte a través de podas, raíces y ramas para darle el carácter de un árbol en miniatura, pero que reflejara verazmente el árbol grande, que no copie que es podado, sino que sus ramas sean libres, que trasmitan su libertad a cielo abierto, en fin, lo que es un árbol legítimo”.

Estilos
En el arte del bonsai hay varios tipos de estilo: inclinado, formal, oblicuo, “en fin, muchas veces exhibiendo la naturaleza propia de un árbol como cuando éste es mecido por el viento”.

A mí me parece que al árbol se le somete a una tortura al no dejársele su dimensión natural, le digo al arboricultor.

Tenés razón: todo aquello que se inhibe es prácticamente impedir su desarrollo, pero normalmente una planta da miles de plántulas que se pierden y se destruyen. En el caso mío, todas estas semillas y estas plantas las he recogido a orillas de las aceras, pegados a las paredes, que irremediablemente sé, van a morir.

De alguna manera las he salvado. Esos ceibos los he agarrado ahí, naciendo a las orillas de la acera, porque los van a cortar porque son árboles que no los van a dejar que crezcan tan cerca de las casas.

Es cierto, aquí se inhibe artificialmente, sin embargo, en la naturaleza se puede ver: en el volcán Santiago encontrás cantidades de árboles chiquitos, porque nacieron en lugares inhóspitos y tratan de vivir. Los ejemplares de bonsai más lindos están en la naturaleza misma.

En el recorrido que hiciste, en tu bosque en miniatura, noté que te sentías entre tus amiguitos.

Sí. A cada uno de ellos les conozco desde su nacimiento. Los he visto crecer, les he cuidado, los conozco en todas sus manifestaciones. El arte del bonsai, además del amor, consiste en desarrollar la paciencia. Aquí no vale el tiempo, aquí no interviene la premura de “cuándo voy a tener el bonsai, si es el próximo mes, si es tal día”.

Aquí el Laurel de la India me ha llevado 14 años de cuidado. Cuando inicié el primer día yo no me puse a pensar en el “hasta cuándo”. Se debe tener paciencia y pensar que el tiempo no existe.

David Ríos sonríe. Se siente muy bien en medio de este bosque tropical que no le llega a la rodilla. Es su obra. Yo contemplo las ramitas, sus hojas nítidas, el fuste sólido de sus ejemplares y me impresiona el chilamate, tan verídico como los que usted puede encontrar en las afueras de la ciudad. Sólo le faltan los zanates.

Impresionados algunos, le ofrecen comprar sus “palos”. Palos de guanacastes o de jiñocuago, de jícaro o tamarindo. Pero está curado contra las implacables leyes del mercado que operan fuera de su casa en la antigua Colonia Salvadorita. Nada. A este hombre no le moverán por ninguna parte el eje de su amor a la naturaleza. Lo que sí estaría dispuesto a hacer es una oferta nada despreciable: trasmitir el arte del bonsai.

“A cualquiera que esté interesado, yo le puedo enseñar. Es lo que más me gustaría”.

¿Por qué no los vende?
Yo no quiero venderlos. Estos no son adornos, son para cuidarlos, ¡que son bonitos!, sí, son bonitos, pero si los ves como adornos entonces pensamos en un souvenir, estás comprando algo para que te adorne un lugar. El bonsai no es objeto, artículo, producto. Esto es vivencia, es dedicación. Es una especie de hijo, y un hijo puede ser alegría, puede ser todo, pero jamás un adorno.

Ríos admira sus poroporo, nísperos y guanábanas y no se los imagina al servicio de esos decorados con que ciertas vanidades diseñan sus artificiosos ambientes. “Esto forma parte de mi vida”, marca la distancia de los adictos al lujo.

De la mínima arboleda aprovecha como ecólogo su estudio. “Aprendo a ver cómo crecen, qué necesitan, cuáles son sus requerimientos fisiológicos, etcétera. Por eso sé qué hacer con un bosque”.

Es así que cuando EL NUEVO DIARIO consulta a David Ríos sobre temas ambientales, sabe que el profesional hablará de lo que sí sabe, literalmente, de raíz sobre árboles. “El bosque no es algo para componerlo a tu manera, sino de acuerdo a sus requerimientos; un bosque es una cosa viva, con sus características propias. Para poder manejar un bosque tenés que conocerlo. No es asunto de recetas, sino que se trata de un diálogo con la naturaleza: qué tenés - qué te puedo dar”.

El experto pasa su existencia estudiando el ceibo, el guanacaste, el robles, el madroño. “Yo veo qué necesitan ellos. Es lo mismo con el bosque”. Por eso, asegura: “Necesitamos conocer a la naturaleza para dar las alternativas y poder recobrarla, porque estamos haciendo un daño terrible, destruyéndola”.

Muestra el laurel de la India. “Como ves, tiene la forma del árbol natural, incluso echa sus raíces aéreas, porque esta situación te va a permitir qué requiere, cuántas raíces necesita, cuáles debes de podar para que no desequilibre. Todos los árboles necesitan un equilibrio de follaje y de raíz, lo mismo la naturaleza: ella necesita un equilibrio y debemos dárselo cuidándola, respetándola, es decir, sacar todo lo que ella puede dar en libertad. Pero no hay que quitarles más de lo que ella puede darte en libertad, porque entonces creamos el caos”.


Aprender el arte del bonsai
El ecólogo David Ríos es firme: No venderá los bonsai. “No se vende, es para hacerlo”. Si alguien está interesado, él está dispuesto a trasmitir esta técnica milenaria. Llame al 2442761 o al 6989830. El arte es un efectivo relajante, sin efectos secundarios. Estimulante. Como terapia ocupacional, ya no se diga. La gente olvida el tiempo. “Si vamos a la parte filosófica, pues también nos envuelve en una atmósfera para pensar, sobre todo una atmósfera ambiental”.

Camina entre mangos, guanábanas, melocotones, tamarindos, panamás y genízaros y suelta casi un pensamiento oriental: “si amamos a la naturaleza, entonces vamos a querernos nosotros mismos”.


Desde La Gateada hasta Guadalajara
Las raíces de David Ríos están en lo más profundo de La Gateada, entre charcos, ríos, como su apellido, y bosques, porque entonces los había, y vírgenes; su fuste biográfico siguió creciendo en Managua, donde como educador fundó el Instituto Alfonso Cortés y luego echó ramas en Guadalajara, en cuya universidad también adquirió los conocimientos del arte asiático de maestros chinos. “Básicamente lo cultivo por mi amor a la naturaleza”.

En México empezó con sus primeros árboles que de haberlos traído hoy contarían con 22 años. Retornó al país hace 14 años, los mismos de su laurel de la India y muestra con todo su orgullo chontaleño a sus “hijos” menores: de 9 años unos, los otros, de 12 y 13. Nos lleva adonde un ceibo de 10 años. “Está en el periodo de bonsai, que es cuando el árbol llegó a su clímax, ya no siguió creciendo, solamente se mantiene, porque si sigue para arriba ya no es bonsai. No todo lo chiquito es bonsai, debe tener características propias en estilo, tamaño y salud”.

Un poco molesto, concluye que “la sociedad entera no conoce a la naturaleza, la estamos destruyendo. Vivimos y dependemos de ella, pero no la conocemos. Aquellos que defendemos un recurso nos atacan porque creen que defender un recurso es impedir el desarrollo. Pero ningún desarrollo deja de ser compatible con la naturaleza. Si toman medidas y normas necesarias que puedan permitir una convivencia del ser humano en armonía con la naturaleza, no hay problemas. El saqueo de los árboles es brutal”.

-- Este bosque en miniatura casi es lo único a salvo en este país.

Prácticamente sí, y a salvo en el patio de mi casa, porque si lo saco lo desbaratan.

Ríos quiere que los nicaragüenses cambiemos de mentalidad, porque hoy sólo pensamos qué le podemos sacar a la naturaleza. “Hay que pensar en ella y ver qué le devolvemos: árbol cortado, tres, cuatro más sembrados”. Sin embargo, la comparación que hace el ecólogo con un personaje de ficción se nos torna una atroz realidad de subdesarrollo en estado puro: “Somos un Rey Midas al revés: todo lo que tocamos lo destruimos”.


¿Qué es el bonsai?
El libro de Carlos Oddone contesta esta pregunta sobre “El arte del bonsai”: Bonsai es una palabra japonesa compuesta de dos ideogramas superpuestos , que indican el plano o contenedor (bon) el que se cultiva, (sai) el árbol, y se ha convertido en el sinónimo de “árbol en miniatura”, más conocido en todo el mundo. Naturalmente, dice el autor, no todas las especies cultivadas en una maceta son bonsais; para merecer tal calificación han de ser la representación simbólica, pero verosímil, de un árbol grande, y han de estar comprendidas en una altura que va de algunos centímetros a un metro aproximadamente y con las proporciones a escala”.