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Hay algo en la predicación de los Apóstoles sobre la resurrección de Jesús que llama mucho la atención. Ellos no solamente proclamaron una resurrección, sino específicamente la de un hombre bueno y justo que había andado haciendo el bien y anunciando una buena nueva y un mensaje de amor. Los Apóstoles gritaron: a este Jesús ustedes lo rechazaron, lo condenaron y lo mataron, pero Dios lo ha resucitado, dándole la razón, la exoneración y la victoria.

La proclamación apostólica de la resurrección de Jesús fue una denuncia valiente y constante de una violación enorme de los derechos humanos de Jesús, una denuncia animada y fundamentada en el triunfo de Jesús evidenciado en su resurrección.

Empecemos con una pregunta preliminar: “¿Por qué fue ejecutado Jesús”? Mons. Leonidas Proaño, “obispo de los Indios”, de Riobamba, Ecuador, quien luchó por los derechos de los indígenas, explicó: “El Evangelio es subversivo… Cristo ha venido a la tierra para combatir ese mundo de pecado. Lo combatió con su doctrina. Se enfrentó en ese sistema de pecado. Se enfrentó con las autoridades tanto religiosas como civiles. Denunció la hipocresía. Denunció la riqueza indebida, injusta. Exaltó a los pobres” (El Evangelio Subversivo, 1977).

A este Jesús, subversivo (es decir, radicalmente crítico al sistema establecido), los líderes y algunos del pueblo mataron. Después de su resurrección, “durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios” (Hechos de los Apóstoles 1:3) --- es decir, seguía proclamando un orden nuevo e invitándoles a ayudar en su construcción.

Antes de su ascensión, Jesús les prometió: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos” en todas partes (Hechos 1:8). Ellos van a necesitar esa “fuerza” para insistir en la victoria del condenado.

En el día de Pentecostés (una fiesta judía cincuenta días después de la Pascua judía), los discípulos (no solamente los Apóstoles) “quedaron llenos del Espíritu Santo” en medio de “una violenta ráfaga de viento y unas lenguas como de fuego” y comenzaron “a hablar en otras lenguas” (Hechos 2:2-4).

Este fenómeno de “hablar en lenguas”, una experiencia espiritual conocida en muchas religiones, no fue el único fruto de la bajada de las lenguas de fuego; además, las lenguas de los Apóstoles fueron soltadas y fortalecidas para denunciar el asesinato de su Maestro ya resucitado.

Pedro, después de explicar que no podían estar borrachos por la temprana hora, alzó la voz y dijo al pueblo: “Dios acreditó entre ustedes a Jesús de Nazareth. Hizo que realizara entre ustedes milagros, prodigios y señales que ya conocen. Ustedes, sin embargo, lo entregaron a los paganos para ser crucificado y morir en la cruz.... Pero Dios lo ... resucitó” (2:22-24). Más adelante en el mismo discurso, Pedro continuó con la misma combinación: ejecución injusta - exoneración divina. “Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel, que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes crucificaron” (2:36). De esto “todos somos testigos” (2:32).

Otro día, en la entrada del Templo, Pedro dijo: “Ustedes entregaron a Jesús, y cuando Pilato decidió dejarlo en libertad, renegaron de él. Ustedes pidieron la libertad de un asesino y rechazaron al Santo y al Justo. Mataron al Príncipe de la vida, pero Dios lo resucitó” (3:13-15). La vida resucitada es la vida del Justo ejecutado.

La intención de Pedro en denunciar el crimen no es para condenar a su propio pueblo sino para que se arrepientan: “Yo sé, hermanos, que ustedes obraron por ignorancia, al igual que sus jefes.... Arrepiéntanse, pues, y conviértanse, para que sean borrados sus pecados” (3:17-19).

De repente llegaron las autoridades religiosas y apresaron a Pedro y Juan. El día siguiente los interrogaron: “¿Con qué poder han hecho ustedes esto?” (la sanación de un tullido) Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Este hombre que está aquí sano delante de ustedes ha sido sanado por el nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron, pero a quien Dios ha resucitado” (4:10) No desiste de acusar a sus oyentes del asesinato del que resucitó.

Los “jefes”, quienes no podían negar la sanación del tullido, ordenaron a los Apóstoles que de ningún modo enseñaran en el nombre de Jesús (prohibición que ellos no aceptaron) y los dejaron en libertad. Pedro y Juan contaron a la comunidad todo lo que los jefes les habían dicho.

La oración de la comunidad llama mucho la atención: no pidieron a Dios que cesaran las amenazas (como lo haríamos muchos) sino que Dios les fortaleciera para ser fieles a su misión: “Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas; concede a tus siervos anunciar tu Palabra sin miedo, mientras tú manifiestas tu poder....

“Terminada la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a anunciar sin miedo la Palabra de Dios” (4:29-31). En este “pequeño Pentecostés” ellos recibieron precisamente el favor que valientemente habían pedido.

Esta “valentía” o “seguridad” significa “la libertad y confianza que el Espíritu da a sus voceros a pesar de todos los peligros”, según el Nuevo Comentario Bíblico Jerome, y añade que es una característica de la predicación apostólica, apareciendo también en 4:13, y en la predicación de Pablo (9:27-28; 13:46; 14:3; y Efesios 6:19). Figura entre las últimas palabras de Hechos (28:31).

Esta valentía fue necesaria porque, como hemos visto, los Apóstoles proclamaron la resurrección de Jesús como una denuncia contra los líderes del pueblo de la injusta ejecución del Justo y como un anuncio del triunfo de la víctima sobre sus perseguidores.

Así fue entendido este mensaje por los acusados según sus propias palabras. Encarcelados y liberados otra vez, los Apóstoles volvieron a enseñar en el Templo, y por eso fueron llevados ante el Consejo. “Y el sumo sacerdote les dijo: ‘Nosotros les habíamos prohibido terminantemente que enseñaran nada relacionado con ese hombre. ¿Y qué han hecho ustedes? Han llenado toda Jerusalén con esas enseñanzas, y encima quieren echarnos la culpa de la muerte de ese hombre’” (Hechos 5:27-28).

Incorregibles, Pedro y los demás Apóstoles contestaron: “Es nuestro deber obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados resucitó a Jesús, el mismo a quien ustedes mataron colgándolo en una cruz” (5:29-30).