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Apenas Fernando Antonio Aguilar puso los pies en la escuela, el entusiasmo mágico del primer día de clases se desinfló como globo, y no era para menos. El edificio derruido, la basura acumulada en todos los rincones, y los cientos de esqueletos metálicos de lo que en un tiempo fueron pupitres amontonados en la deteriorada cancha deportiva, fueron suficiente para el brusco cambio en su estado de ánimo.

El niño de 10 años tomó su cuaderno y lo apretó fuerte contra el pecho, y en un momento de duda hasta pensó regresar a su casa, pero se detuvo ante la derruida oficina que alguna vez fue la dirección del centro, y entrecortadamente dijo:
“No me gusta está escuela”.

El impacto fue tal, que no lo perturbó ni siquiera la algarabía de un centenar de niños que corrían levantando cortinas de polvo en el patio. “Las sillas están viejas, las aulas sucias y no hay inodoros donde orinar”, expresó con acento lastimero.

A pocos metros de donde está Fernando Antonio, en un aula llena de mesas, pupitres viejos, muebles desvencijados con gran cantidad de papeles, y sentada a la orilla de un viejo escritorio, la profesora Gloria María Morales Lira, directora interina del Centro Escolar República de Panamá, firma los primeros informes, mientras se encoge de hombros, vuelve a ver al periodista, y afirma: “Es una situación precaria, necesitamos de todo”.

Embajadores y alcalde constatan

20 minutos antes y en medio del bullicio de los niños que casi no dejaban escuchar las orientaciones dadas por un profesor a través de un altoparlante, la profesora Morales había acompañado al embajador de Panamá, señor Miguel Recaro; al alcalde de Managua, Dionisio Marenco, y al embajador de Perú, en el primer acto oficial que daba por inaugurado el año escolar en el Centro Escolar República de Panamá.

Morales lamenta que la matrícula escolar haya bajado considerablemente, y ella misma lo justifica: “Los padres no quieren traer a sus hijos porque este centro no presta condiciones de seguridad”, expresa, mientras trata de confirmar que su principal tarea será alcanzar la cifra histórica de dos mil alumnos que antes tenía esta escuela, ubicada al fondo del barrio San Judas, junto al asentamiento Holanda.

Pero a Fernando Antonio lo que más le preocupa, además de que no tiene pupitre, es que no hay inodoros. “No sé dónde voy a orinar y a ‘pupusear’”, asegura, mientras describe lo que para él sería una escuela ideal: “Limpia, pintada, con pupitres nuevos y sin basura”.

Alcalde se apunta a construir

No sólo Fernando Antonio quiere ver así a su escuela. El señor Miguel Lecaro, Embajador de la República de Panamá en Nicaragua, dice tener un compromiso con el centro, y comenzará por buscar fondos para garantizar la seguridad perimetral de la Escuela.

Lecaro invitó al alcalde de Managua, Dionisio Marenco, para que lo acompañara en el acto. Dice que su intención no era de “una emboscada”, pero igual fue el resultado. Consiguió que Marenco, frente al centenar de chavalitos, se comprometiera a construir una nueva cancha deportiva, y como inicio, entregó balones a los pequeños.

Marenco culpó del estado lamentable en que se encuentran no sólo la Escuela República de Panamá, sino otros centros escolares, al abandono de los gobiernos anteriores, que prefirieron privatizar la educación “por una simple razón ideológica”.

Recordó a los niños que en su tiempo de estudiante, el mejor centro escolar del país era el Ramírez Goyena, que era público. “Esa debe ser nuestra misión, lograr que la educación pública sea la mejor del país”, dijo el edil a los chavalos que lo rodeaban.

El Centro Escolar República de Panamá no tiene nada. De los cuatro pabellones, uno está totalmente deteriorado, mientras el resto, si no se reparan pronto, cuando llegue el invierno estarán inutilizados.

Cimientos en el aire

La profesora Morales Lira está preocupada por los deslaves que pelaron los cimientos de varios pabellones, mientras el embajador panameño asegura que ya tiene contactos con empresarios de su país que se muestran dispuestos a colaborar en la reconstrucción del centro.

Primero el cerco perimetral, y luego, a reconstruir el edificio, para que la delincuencia no pueda entrar a causar daños. “Se trata de unir voluntades para levantar el centro educativo”, señaló Lecaro, mientras mostraba el deterioro de la escuela.

En medio del patio, Fernando Antonio continuaba aferrado a su cuaderno: para su suerte, el primer día de clases fue sólo de acomodo, y pronto dirigió sus pasos directo a la casita, mientras los vehículos diplomáticos levantaban polvo en las derruidas calles del barrio, llevando consigo a los embajadores y las esperanzas de una mejor escuela para orgullo y superación del barrio.