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Juan Carlos murió a los 23 años. “Hoy tendría 26”, nos dice su hermano Ulises Eugarrios Cárcamo, quien con mucho dolor y cariño lo recuerda, desde que a los seis años se escaparon por primera vez de casa, donde recibían muchos maltratos.

“En una nota que dejó lamentaba que el mundo fuera tan injusto. Que lo disculpáramos por lo que iba a hacer. Él era como mi padre, me defendía, dormíamos abrazados. Me dejó una carta en la cual menciona que cuando nací eso fue una sonrisa para él, que me amaba a mí, a todos nuestros hermanos, a los niños del proyecto y a su directora Zelanda”, expresó Ulises, refiriéndose al centro de protección infantil “Los Quinchos”.

Ese amargo recuerdo se combina con una sonrisa que surge de rememorar sus grandes sueños de hacer una casa grande para los dos y cada quien con sus propias familias.

“Entiendo que muchas cosas pasan con el tiempo, pero nunca se superan. Pocos pueden entender esto, pero son situaciones que existen”, comenta, sintiendo que su hermano fue víctima de las circunstancias, y decidió tomar su vida, justo cuando consideraba que la peor pesadilla de los golpes y torturas, el hambre, el frío y las calles habían pasado.

Aunque la pérdida de Juan Carlos hizo sentir muy mal a Ulises, este muchacho con el nombre de un héroe mitológico, no se dejó vencer, y supo que con más decisión debía seguir adelante, en memoria de su hermano.

Ulises Eugarrios Cárcamo en estos momentos cursa el quinto año de secundaria, y para su futuro piensa en Ingeniería Industrial o en la carrera de Sociología. “Me siento muy capaz, después de vivir cuatro años completamente abandonado en la calle, sin madre. Entonces aparecieron los promotores de Los Quinchos, y a los nueve años de edad ingresé a su programa de ayuda”.

Atiende La Chureca

A estas alturas ya cursó computación, estudió teatro en Italia, es artesano, carpintero y trabaja manualidades, pero no sólo eso, también es promotor del centro de protección infantil Los Quinchos. Ha laborado en los diferentes espacios de su organización y actualmente está asistiendo entre 60 a 80 niños y niñas de La Chureca, a quienes trata de captar para rescatarlos y permitirles una oportunidad de vida.

“Les cuento mis anécdotas a los niños y les digo que las cosas cuesta alcanzarlas, pero eso es la meta. En ocasiones las oportunidades llegan, pero hay que saber tomarlas y decirse a sí mismo: cueste lo que cueste voy a salir adelante”.

Él viene de una familia de doce hermanos de padres diferentes. Según nos dice, su mamá es una persona inestable, alcohólica, vendió su hogar, por lo que vivieron posando de un lado a otro. Además, cambiaba constantemente de pareja, y cada año o cada dos años tenían nuevo padrastro.

Originario de Diriamba, junto a sus hermanos mayores, salían a pedir para alimentarse ellos y su mamá. “Íbamos al mercado de Jinotepe, y me utilizaban a mí porque era el menor y era más fácil que la gente me regalara algo. Pedíamos verduras, hueso u otras cosas que la gente no vendía cuando cerraba los tramos, y nos las daba. También pasábamos por las comiderías donde nos daban alimentos”, expresa Ulises.

Narra que estuvieron así hasta que su hermana mayor, de 14 años, se escapó y no supieron nada más de ella, después su otro hermano se fue con su abuela, y Ulises se quedó sólo con Juan Carlos, mientras su mamá seguía teniendo más niños.

“Luego mi hermano y yo volvimos a salir, hasta que llegó el momento en que mi mamá nos dejó olvidados en Jinotepe. Ese día tomó el dinero que recogimos y después se fue a beber guaro, dejándonos. Esa fue la primera vez que no dormimos junto a ella.

En ese poblado conocieron a una familia de gringos, y a ambos niños les dieron posada por un tiempo. Ulises hasta aprendió algo de inglés porque lo llevaron a Texas, sin embargo, llegó el momento de regresar. Luego se reencontró con su hermano y su mamá, pero en Managua.

“Así, a los siete años, retomé mi antigua vida en la calle, y siempre le dábamos el dinero obtenido a mi mamá, quien nos aseguraba que si volvíamos a irnos, ella se iba a matar o iba a regalar a nuestro hermanito chiquito. Nosotros le teníamos mucho amor y pensábamos que realmente lo podía hacer. Fuimos a vivir a la Calle 8, cerca del Estadio Nacional, donde había muchos vagos, prostitución y huele pega. Todo era igual que siempre”.

Vivir y morir en la calle

“Poco a poco nos encontramos con otros chavalos y salíamos a pedir comida, en los semáforos o en las casas. La gente nos decía que dónde estaba nuestra mamá, que llegara y le darían trabajo. No sabíamos qué contestar y nos sentíamos mal, tristes”.

Para ellos los maltratos se mantenían aunque llevaran dinero. Si hacían bulla cuando jugaban, eran puestos de rodillas sobre maíz o arena, y en la cabeza les colocaban adoquines, y los ponían bajo el sol.

También les pegaban porque el padrastro y ella querían tener relaciones, entonces los corrían a golpes. “Finalmente, juramos que nunca nos volveríamos a aparecer con mi mamá. Nuestra decisión era vivir en la calle o morir en la calle”.

Ulises cuenta que conocimos a la directora del centro de protección infantil Los Quinchos, Zelinda Roccia, en el hospital donde estaba internado mi hermano. Para nosotros fue nuestro ángel guardián. Con ella aprendí todo lo que sé”.

Ésta es sólo una de tantas historias dramáticas vividas por miles de niños y niñas en el abandono, pero que lograron tener una oportunidad con organizaciones de apoyo como Los Quinchos, instancia que el próximo domingo 12 de junio cumplirá 19 años de labor con la niñez y la adolescencia de Nicaragua.

Nos dice Ulises que actualmente tiene 22 años, ya tiene su pareja y está formando una familia donde a sus hijos no les falte amor.


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