•   ENVIADO ESPECIAL,JOHANNESBURGO  |
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¿Cómo que no es seguro que Nelson Mandela, graficado por el parlamentario británico Tony Benn como el Presidente de la Humanidad, esté presente en la inauguración de la Copa del Mundo? ¡Claro que ahí estará espiritualmente, aunque se decida que no está en condiciones de asistir! Sudáfrica no hubiera sobrevivido frente a la pujante candidatura de Marruecos sin el impulso de Mandela. Esta Copa estaría en otro lado.

Y es que Mandela, quien como Teseo entró al laberinto de las complicaciones matando al “Monstruo” del Apartheid, y supo manejar una reconciliación sin demagogia, pensando en el futuro inmediato de su país, dejó de herencia para alegría del gigantesco pueblo trabajador sudafricano, este Mundial que arranca mañana.

Vi a Mandela ayer en cada rostro sonriente e iluminado de esa multitud que paralizó en tránsito en la zona de los Hoteles Michangelo, Da Vinci y Sandton, frente a ese enorme centro comercial, capaz de competir con cualquier otro del planeta. El pueblo estaba hirviendo, al ritmo de una música contagiosa, contoneándose con orgullo, saboreando anticipadamente el evento.

Todos, todos, eran negros. Y se multiplicaban en las esquinas, y aparecían en los altos de los edificios sonando trompetas, estirando serpentinas, gritando su júbilo a pulmón abierto. Y estaba la chavalada, los bafana-bafana de la nueva generación, los que seguirán las huellas de Steven Pienaar, o Mokoena, o Mphela, los depositarios de grandes esperanzas.

El gol de Mandela debe seguir proyectando al fútbol sudafricano hacia el progreso, no como un cohete, pero con la seguridad de Ulises en su regreso a Itaca. Lamentablemente la política no es como el fútbol, y el gran líder, el ejemplar estadista, el que colocó a un lado los 27 años que estuvo en prisión para buscar el beneficio de todos, ha visto que las viejas heridas no terminaron de cicatrizar, que las tentaciones terminan sometiendo voluntades, que muchos que él creía que no se doblarían, igual que pasó aquí, eran de junco.

Pero Mandela, que utilizó el rugby, deporte de la minoría blanca para fabricarle espacio al abrazo más sublime que hemos visto, quien no frunció el ceño cuando recibió el Nobel acompañado de DeKlerk; hizo su faena, y Sudáfrica se lo agradecerá por siempre. No tendrá riquezas, pero sí una grandeza inconmensurable.

¡Qué bueno sería verlo mañana!, pero es obvio que es desgaste físico, tan implacable como irrespetuoso, ha hecho su trabajo y se ve difícil. Pero Sudáfrica estará en pie, con su puño en alto, mostrando sus dientes relucientes, pese a los problemas que sigue atravesando, y que necesitan más que nunca de la filosofía de Mandela para superarlos.