•   JOHANNESBURGO / ENVIADO ESPECIAL  |
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En su libro El otoño del Patriarca, García Márquez nos dejó la más brutal frase sobre la falta de esperanza de los pobres que puede haberse publicado. Se siente grotesca, pero con un realismo nada mágico. La recordé ayer mientras veíamos en la Sala de Prensa del SoccerCity, cómo se siguen haciendo encuestas entre la gente trabajadora aquí, en Johannesburgo, sobre si vale la pena organizar este millonario evento, que en América Latina, sólo Brasil se atreve.

La mayoría opina que mejor se hubieran usado esos fondos para programas de viviendas, asistencia social y otras mejoras, algo que sí beneficia a la sociedad. A diferencia de lo que puede verse en los países súper-desarrollados, en estas zonas como en la nuestra, la pobreza se ha endurecido y extendido de tal manera, que la aproximación de ese amplio sector de gente a la miseria, es inevitable.

Siempre que salgo voy al mismo tema porque es expuesto en pantalla y sometido a debate. Y lo hago porque a mi edad he visto diferentes tipos de pobreza mientras batallaba por salir a flote, y, ciertamente, ahora es más duro, cruel, difícilmente reversible.

En Nicaragua se han cancelado varios proyectos deportivos, entre ellos montar unos Juegos Centroamericanos con los requerimientos del caso, y ni se piensa construir un estadio de Béisbol de verdad, como el de Panamá. No haberlo hecho, no mejoró nada, así como el organizar tres Mundiales en dos épocas de Carlos García, o garantizar hasta 16 eventos internacionales en los 80, no empeoró la situación.

Hace unos meses se publicó que el liderazgo de la nueva clase política aquí en Sudáfrica, es el que ha cambiado de estatus, descartando seguir las huellas de Mandela, alguien ejemplar. No sólo derrotan a la pobreza, sino que se enriquecen y se transforman, quienes manejan los resortes de poder y disfrutan de los privilegios, colocándose a un lado de las promesas que aparecen en los carteles de las esquinas.

En Johannesburgo se capta fácilmente el poderío económico, pero al mismo tiempo, no hay manera de ocultar la estrechez de la clase trabajadora. Como dice García Márquez, el pobre siempre va a ser pitcher perdedor, pero encuentra en un deporte apasionante, una satisfacción. “Yo seré como Pienaar”, dice un chavalo, tratando de mantener dominio sobre el balón a un lado del Estadio, ofreciendo su show.

En pueblos como el nuestro, el deporte, en algunos casos, puede abrir las puertas del futuro, como ocurrió con Padilla. Pienso que con todo lo que por allá se han escamoteado por encima del sudor del pueblo, se hubiera podido montar una Copa, y como canta Julio Iglesias, la vida seguiría igual.

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