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Edwin González Cornejo, sobreviviente a la explosión de una mina antipersonal, tiene el corazón, las agallas y la fortaleza de un súper héroe de la vida real. El 13 de enero de 2005, con 15 años de edad, se topó con un objeto plástico, redondo y chato, rojo quemado, que encontró en el interior de un bolso de un inquilino, que alquilaba una habitación de la familia González-Cornejo, en San Juan de Río Coco, Nueva Segovia.

“Ve qué bonito”, dijo, y le quitó el tapón. Recuerda que se levantaron tres alambres (rojo, verde y amarillo), en forma de escudo y un escalofrío le recorrió de la cabeza a los pies. Le entró miedo. Intentó regresarlo al bolso, lo soltó, y se activó la mina antipersonal, fabricada en el antiguo bloque socialista. Eran las diez de la mañana. Edwin cursaba el segundo año en el Colegio “Miguel Larreynaga”, de San Juan de Río Coco.

Media hora después recobró el conocimiento. Oía voces. Reconoció la de su tío Andrés, quien preguntaba con insistencia qué había pasado. Edwin intentó hablar, pero lo hacía con dificultad, tenía desfigurada la boca. Tampoco veía. Escuchó la sirena de una ambulancia, gente corriendo, voces que decían: “Se muere el chavalo”, y sintió que lo cargaban.

“Agárrenle los pies y quítenle ropa”, ordenó alguien. Es lo último que recuerda de ese fatídico día. Recobró el conocimiento 24 horas después en una cama del Hospital “Lenín Fonseca”, en Managua. Todo estaba oscuro. Su tío Andrés le pidió que se calmara, que su mamá estaba por llegar. Edwin le pidió que encendiera la luz, pero su tío siguió demandándole tranquilidad.

Todo estaba sumergido en la oscuridad. Edwin permanecía con los ojos vendados. No podía verse a sí mismo. Tenía amputados ambos miembros superiores (casi a la altura del codo), perdió por completo el globo ocular derecho y con el izquierdo quedó viendo parcialmente (casi ciego). Además, tenía graves laceraciones en el rostro y en el tórax, producto de la explosión y de la pólvora.

Así, en condiciones muy frágiles, tanto física como sicológicamente, lo encontró el personal del Programa de Asistencia al Desminado en Centroamérica (Padca-OEA), en la sala de recuperación del Hospital “Lenín Fonseca”. Y, desde entonces, lo ha acompañado en un extenso, doloroso pero esperanzador proceso de recuperación, que incluyó la construcción y colocación de una prótesis ocular en una clínica especializada en San José, Costa Rica, en junio de 2006.

Concluye desminado; continúa atención a víctimas

El 27 de junio de 1990, cuando acabó oficialmente la guerra, Nicaragua aparecía en el mapamundi con el nada honroso título de ser “el país más minado de Centroamérica”, con un total de 135,543 minas sembradas, según los registros oficiales del Ejército.

Sin embargo, después de siete años de desminado, bajo la supervisión y apoyo técnico del Padca-OEA, se certificó la detección y destrucción de 179,970 minas antipersonales, sembradas en más de 6 millones de metros cuadrados, en 67 de los 153 municipios del país.

Este viernes recién pasado, en una de las principales instalaciones del Ejército de Nicaragua, el Gobierno dio por concluido el Programa Nacional de Desminado Humanitario, y declaró a Nicaragua “Territorio Libre de Minas Antipersonales”.

El programa del desminado inició en 1993 y se extendió hasta mayo de 2010. Padca-OEA reporta oficialmente que resultaron 1,236 civiles afectados, de los cuales 87 fallecieron y 1,149 resultaron lesionados.

A través del programa de Atención a los sobrevivientes, desde 1997, Padca-OEA brinda atención a 1,185 nicaragüenses afectados por esos “asesinos silenciosos”. El 32.5% de estos sobrevivientes corresponden a nicaragüenses menores de 20 años. Entre ellos está Edwin.

Prótesis en Costa Rica
En junio de 2006, junto a otros dos sobrevivientes de minas antipersonales (Erasmo y Tomás), Edwin viajó a San José, Costa Rica, para ser atendidos por un experto oftalmólogo, el Dr. Sergio Hernández, propietario de la clínica Servicios Oculoplásticos, ubicada en los alrededores del Hospital México. A los tres adolescentes, que viajaban por primera vez fuera del país, los acompañaba Cecilia Bustamante, funcionaria de Padca-OEA.

Al Dr. Hernández lo contactó y contrató Padca-OEA, para que en una semana, atendiera en exclusiva a los tres adolescentes sobrevivientes, comprendiendo esto el examen previo, el diseño de las prótesis oculares de cada uno, la construcción de las mismas, la colocación y el examen con las recomendaciones finales. En el caso de Edwin, elaborar la del ojo derecho. Yo viajé como reportero freelance, interesado en la historia.

Su labor, explicó el especialista, no se trata sólo de un trabajo estético, sino de devolver a la persona la confianza, la seguridad en sí misma y reintegrarla a la sociedad.

“No es solamente estético, particularmente cuando son unilaterales producen asimetrías a nivel facial; el cráneo, la parte media de la cara crece por el estímulo que da el ojo, primero crece el ojo, y eso estimula el ojo, los huesos y los tejidos se crecen. Si no tiene ojos, si no hay ningún crecimiento, entonces esa parte facial se va a quedar pequeña y la persona se deforma”, indicó en esa oportunidad. Por tanto, la prótesis le brinda oportunidad para integrarse laboralmente, para incorporarse a la sociedad y para aspirar a llevar una vida satisfactoria.

Hernández, graduado de Medicina General en Costa Rica y con estudios de especialidad en México, explicó que las prótesis generalmente provocaban una cierta incomodidad y ardor en los primeros quince días, pero luego se adoptan con normalidad. Pueden dormir con ellas, pueden bañarse con ellas y lavarlas para conservarlas en buenas condiciones. Lo que deben evitar es bañarse en ríos, para no perderlas.

En sus años de trabajo especializado, jamás había atendido a víctimas de minas, así que verlos lo golpeó en su fibra humana. “Realmente, no me esperaba ver la devastación que producen las minas, porque aquí lo que atendemos normalmente son niños afectados por tumores o accidentes, pero es primera vez que vemos a niños mutilados por minas. Los casos que vimos acá fueron impresionantes, nosotros no estamos acostumbrados a ver los efectos de la guerra”, dijo el Dr. Hernández.

Lo absurdo, sin embargo, es que los tres casos ocurrieron muchísimos años después de finalizada la guerra civil en Nicaragua. En el caso de Edwin, en enero de 2005; en el caso de Tomás, en diciembre de 2005, y en el caso de Erasmo, en enero de 2006. El primero por una mina en San Juan de Río Coco, el segundo por un proyectil de RPG-7 en San José de Bocay, y, el último, por una mina en La Pita Abajo, San Ramón.

A Edwin volví a verlo meses después, en 2007, en el Centro Nacional de Rehabilitación para personas ciegas y baja visión, que funcionaba en Estelí. Había recuperado su sentido del humor. “¿Cómo me ve, estoy más guapo, verdad?”, comentó, al recordarle que nos habíamos conocido en San José, Costa Rica.

Espíritu inquebrantable
En ese Centro Nacional de Rehabilitación, bajo la dirección de Sonia Meza, Edwin y Tomás permanecerían por seis y doce meses, respectivamente, para recibir rehabilitación básica funcional, que les ayudaría a desenvolverse por sí mismos, de forma autónoma e independiente, a dominar el sistema Brayle de lectura y escritura, a orientarse y a movilizarse por sí mismos, y a elaborar artesanías para sobrevivir.

Allí Edwin aprendió a bañarse, a vestirse, a cocinar, a tomar el bus, a moverse por la ciudad de Estelí. Incluso, volvió a montar en bicicleta, con breque de pedal. Irónicamente, el Centro Nacional de Rehabilitación dejó de funcionar un año después, cuando el Estado le suspendió una partida presupuestaria de apoyo.

Sin embargo, esa estadía lo ayudó a madurar y a que renaciera en él un deseo de superación personal, que lo ha llevado incluso a cursar y aprobar clases de computación, cursos de operador de microcomputadora y hasta de diseño de páginas web, apoyándose en tutorías particulares y en un programa denominado Jaws, diseñado para personas de baja visión. El programa va indicándole lo que va escribiendo en la pantalla, utilizando el teclado y sus atajos.

En la actualidad, después de concluir todos los cursos de computación, Edwin retomó sus estudios regulares de Secundaria y está aprendiendo inglés. Hoy, lleva el cuarto año de Secundaria, en la modalidad sabatina, en el Instituto “Guillermo Cano”, de Estelí; y cursa inglés los viernes, en el Instituto Latinoamericano de Computación Aplicada, por espacio de cuatro horas semanales.

“Edwin es un caso muy especial, en el sentido de que a pesar de su discapacidad, de los problemas que enfrenta, es una persona completamente independiente y con una actitud muy positiva frente a la vida. Su disposición de aprender es algo impresionante”, comentó Cecilia Bustamante, coordinadora del programa de atención a víctimas de minas.

A Edwin tuve oportunidad de verlo en el curso de computación, en 2009. Utilizando los muñones de ambas manos (miembros superiores), tecleaba y elaboraba documentos en Word y en Excel, y aprendió a navegar, a utilizar el correo electrónico y a diseñar páginas web. Si tiene dificultades en leer, Edwin pone a funcionar el programa Jaws, o le sube a 14 ó 16 puntos el tamaño a la letra.

En Estelí, Edwin vive con una familia adoptiva, donde paga por la renta de una habitación, por la comida, la lavada y la planchada, ya que no puede hacer esas labores domésticas por la falta de ambos miembros superiores. Pero hace el resto. Se baña solo, se viste solo, por ejemplo, se coloca el pantalón ayudándose con la boca y con la prótesis derecha. Su manutención, así como sus estudios, viáticos y otros, los asume Padca-OEA.

A su familia en San Juan de Río Coco, Edwin la visita cuando hay vacaciones o fines de semana largos. A sus progenitores, Padca-OEA les ayudó financieramente a emprender un proyecto microempresarial, que consistió en habilitar tres o cuatro habitaciones para que su mamá las rentara y así contribuir monetariamente con su familia.

“Antes yo iba a clases porque era una exigencia de mi mamá, pero no me gustaba el estudio. Pero ahora hago la comparación y veo realmente que el estudio es el futuro de cada uno; antes no le ponía mente a las clases, pero ahora tengo que aprovechar el tiempo, aunque sean difíciles las cosas”, dijo Edwin.

“Mire la idea que tengo”, me comentó en un breve receso, “si Dios me lo permite, quiero estudiar Psicología, porque a mí me encanta la psicología, porque sirve para valorarse uno mismo y valorar a los demás, ya sea a personas con discapacidad o sin discapacidad”.

Con ese espíritu inquebrantable, no cabe duda de que Edwin logrará iniciar y culminar la carrera de Psicología a mediano plazo.

Recursos limitados para atender víctimas
* Mil 185 sobrevivientes requieren atención permanente
Con el fin del desminado, lamentablemente, se reducen de manera drástica los recursos externos para la atención de las víctimas de minas antipersonales, que ascienden a 1,185. Un tercio son menores de 20 años.

“Tenemos un buen número, aproximadamente el 45% con iniciativas de reintegración social de forma directa, y hemos verificado que han sido sumamente fructíferas, por eso nosotros estamos muy animados y vemos muy importante seguir con ese apoyo. Sin embargo, hemos tenido que priorizar la asistencia en la rehabilitación física con los recursos que tenemos, porque es la primaria, porque es la necesidad. Por ejemplo, en enero atendimos a 59 sobrevivientes, es decir, hablamos de prácticamente dos por día, si consideramos los días hábiles”, dijo el Dr. Carlos Orozco, coordinador de Padca-OEA, en una entrevista exclusiva, meses atrás.

Este apoyo para la rehabilitación física de las víctimas de minas se prevé que se extienda durante 2010 y 2011.