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Para Juan Carlos Miranda todos los días amanecen oscuros. La realidad en la que vive tiene una medida exacta: un metro. Más allá de esa distancia para él no existe nada, sólo las sombras, la duda y el miedo. Aun así, se despierta temprano, se baña, toma su bastón, se acomoda su pequeña mochila azul en su espalda y camina hacia la universidad, donde desde las siete de la mañana recibe clases.

Su historia es impresionante y se podría reducir a tres palabras: superación, inteligencia y autodidactismo; características que lo han hecho trascender esos límites que le ha impuesto su ceguera casi total.

Acaba de cumplir 20 años, pero domina muy bien el francés, el portugués, un poco el italiano, y cursa el primer año de la carrera de inglés en la Universidad Centroamericana, UCA, donde tiene una beca total. Además, lee, traduce y habla el griego y el latín clásicos, y sabe un poco de catalán.

Sentado impasible en una banca cerca de la cancha de básquetbol del campus, Miranda recuerda cómo logró ingresar a esta Alma Máter, de la que piensa salir como un profesional dentro de pocos años, para después dedicarse a estudiar diplomacia. Fue una mañana de enero de este año cuando desde su natal Ocotal se vino al raid en la camioneta de un amigo, pues desde hacía días la idea de estudiar japonés lo había acechado, y alguien lo alentó a que preguntara en esta universidad. No traía más que un lápiz, un cuaderno y su determinación de seguir aprendiendo nuevos idiomas a pesar de su escasa visión.

El encargado las oficinas de Desarrollo Estudiantil lo observó y le informó que no había cursos abiertos de japonés; pero algo extrañado, le preguntó por qué deseaba estudiar ese idioma, y la respuesta lo dejó más perplejo: “Deseo ser políglota para trabajar en diplomacia. Ya hablo francés, portugués, un poco de italiano y manejo el inglés”.

Miranda no mentía, incluso antes de que el mundo se le estrechara producto de un accidente de tránsito, en una noche que no le gusta recordar, hace siete años, se dedicaba al aprendizaje autodidacta de varios idiomas. Cuenta que se pasaba horas tratando de descifrar los trazos cortos y enigmáticos del griego clásico, sus espíritus y sus reminiscencias en las ciencias, y le gustaba redactar oraciones en latín por el puro placer de escucharse al leerlas y de ejercitar sus declinaciones. Un pasatiempo pedagógico y hasta científico, que pocos o casi nadie practica, pero Miranda salta esa barrera de lo aceptable común para convertir lo improbable en una cualidad muy suya.

Una catalana solidaria
Los libros se los conseguía Carmen Blanch, una catalana residente en Ocotal, que veía su curiosidad de aprender y el deseo de obviar su impedimento visual para seguir con su aprendizaje normal, así que cada vez que viajaba a Barcelona le traía de obsequio gramáticas y libros de cultura grecolatina y francesa. Pero su buena voluntad no terminaba ahí, pues además se los leía para que agudizara su sentido de la audición, y hasta le dictaba clases de catalán, idioma del que confiesa sabe poco, porque Blanch pronto se mudó, y como no tenía libros en esa lengua descontinuó la práctica.

Para entonces Miranda tenía 15 años y observaba el mundo con las luces apagadas, pues su visión era tan corta que apenas pasaba de los 10 centímetros. Se estaba acostumbrando a su realidad luego de dos meses en coma y nueve en rehabilitación. Esta parte de su historia le hace fruncir el ceño y cerrar los ojos. Agacha la cabeza y cierra los puños. “Te voy a contar… pero no me gusta hablar de eso”, dice casi sin fuerzas, y con una pausa que alarga mientras se diluye su voz.

El fatídico capítulo
“Iba en una camioneta para una fiesta en Dipilto… el tres de agosto de 2003… eran las siete de la noche --cuenta con exactitud y se detiene en cada oración--. Después todo dio vueltas, yo venía en el asiento del acompañante… sentí un golpe fuerte en la cabeza... iban tres personas más y murió una muchacha. En el hospital me diagnosticaron con amaurosis total y trauma craneoencefálico, más hemorragia cerebral --agrega hoy, familiarizado con su enfermedad--. No me daban muchas esperanzas de vida. Pasé dos meses en coma, pero el médico me dijo que voy a recuperar la vista en unos 15 años. Es lo único que recuerdo, desde entonces ya no podía ver”, añade, y vuelve a ver hacia arriba con una impotencia que casi se puede tocar; ya no es necesario que diga nada más sobre ese capítulo.

Pero lo que le dijo el especialista era verdad, ya para 2007 podía ver más allá de los 70 centímetros y cursaba el cuarto año de secundaria en el Colegio Inmaculada Concepción, en Ocotal; además, consiguió una beca con la alcaldía ocotaliana para recibir clases de portugués en una academia en Managua, adonde todos los sábados acudía puntual gracias a un amigo que le daba raid desde esa ciudad, pues este joven --cuyo padre lo abandonó y es hijo único de Guadalupe Miranda Sánchez, una mujer de 60 años, enferma crónica y que trabaja como dependienta en una venta-- no tiene los suficientes recursos para pagarse sus estudios, y menos ahora que sus ojos no ven mucho y por eso se le dificulta conseguir empleo.

Sueña ser políglota y diplomático de profesión
Así que luego de terminar el curso de portugués tuvo la idea de optar a una beca para estudiar japonés. Su máximo sueño es trabajar en la Cancillería, pero como representante de Nicaragua en alguna embajada, y para eso explica, es necesario estudiar Relaciones Internacionales y hablar varios idiomas.

Y fue así, con esa idea de seguir estudiando, como esa mañana bajó de Ocotal, al raid, como siempre, pero esta vez le pidió a su amigo que lo dejara en la UCA, donde, pensó, probablemente se impartía clases de japonés, pues alguien le comentó que había visto un salón donde se brindaban charlas sobre la cultura de este país, y aunque es cierto que existe la sala, dentro de los cursos de idiomas que ofrece esta casa de estudios no está el de japonés.

Al principio Miranda se decepcionó un poco con esta información, pero luego se inundó de felicidad, porque esta Alma Máter le dio una beca completa para que se profesionalice en el idioma inglés. Esta subvención incluye residencia en una casa cercana al campus mientras duren sus estudios, y dinero para los gastos de clases. Dice que le duele dejar a su mamá sola en Ocotal, pero que tiene que estudiar para después obtener un empleo y ayudarle.

Insensibilidad de las maniguas
En clases es trabajador y aplicado. Pregunta siempre que tiene dudas y responde cuando se le indaga, según sus profesores. Sus compañeros admiten que es inteligente y que sabe mucho inglés, aunque a veces es un tanto orgulloso porque no siempre acepta ayuda, nada raro para una persona que se ha valido únicamente por sí mismo para llegar donde está. Eso sí, lamenta que los maniguas sean insensibles en la calle hacia los no videntes, pues él muchas veces llega tarde a clases porque no encuentra ayuda para cruzar la Avenida Universitaria o se ha caído y se ha tenido que levantar solo. (Poco después de esta entrevista, el gran terror de Miranda se hizo realidad, fue atropellado por un bus cuando se disponía a cruzar el semáforo peatonal ubicado en las inmediaciones de la UCA, pero milagrosamente sólo sufrió golpes menores y excoriaciones)
El reloj casi marca las dos de la tarde y Miranda hace un ademán en cruz para cortar el relato. “Ya me tengo que ir”, manifiesta. Solamente han transcurrido 57 minutos de charla, pero es mucho para él, que debe hacer tareas de gramática y prepararse para una exposición. Alza la vista, y sin pestañear enfatiza: “En verdad, tengo que estudiar mucho”. Se levanta rápido, se despide y se va, penduleando su bastón con la mano y con su mochila azul en su espalda, escuchando atento todo lo que pasa a su alrededor para agudizar sus oídos, porque mañana volverá a amanecer oscuro para él.