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María Victoria García, de 36 años, nunca imaginó que perdería su casa en una triste noche de septiembre, cuando debido a las intensas lluvias, el Lago de Managua se desbordó y arrasó con todo lo que encontró a su paso. De la noche a la mañana, María Victoria se convirtió en una damnificada del albergue Acahualinca, que no tenía nada más que la pieza de ropa que llevaba puesta.

“Yo nunca pensé que esto fuera a sucederme. Perdí todo lo que tenía: mi cama, mi mesa, mis sillas, el televisor, mi ropa, todo, y si no salgo corriendo hasta yo hubiera terminado sepultada bajo el agua. Cuando me encontró Defensa Civil, yo no tenía nada”, explica entre lágrimas.

Pero María Victoria no es la única. Osvaldo Antonio Solórzano López es otro de los damnificados que han encontrado en las lluvias la fuente de sus desgracias. Padre soltero y con dos hijos pequeños, Osvaldo vivía de la terminal de la ruta dos, cuadra y media al lago. Tenía una vida modesta, con lo indispensable para sobrevivir, pero aún en su pobreza podía dar de comer a sus pequeños hijos. Osvaldo era vendedor de gaseosas en los semáforos, y mientras laboraba, una vecina le cuidaba a sus niños. Todo cambió el viernes 18 de septiembre, cuando los cántaros de agua que se colaban por su techo de zinc lo despertaron. Vio cómo el agua que provenía del lago invadía su casa, y sólo tuvo tiempo para sacar un televisor y una mochila con algo de ropa para sus hijos. Esa noche durmió en la calle, hasta que a la mañana siguiente fue llevado a un albergue.

Sin tiempo de sacar nada

Reina de Jesús Reyes vivió una historia similar. Su humilde vivienda de palos de polines, plywood y zinc estaba ubicada de las huellas de Acahualinca, cinco cuadras al lago, y una abajo. Desde que comenzaron las lluvias ella se encontraba inquieta y preocupada, como si el corazón le alertara sobre una tragedia inminente, y cada vez que veía las aguas del lago sus miedos resurgían. Finalmente, el 22 de septiembre sus temores se convirtieron en una realidad, y el agua invadió su casa, mientras sus nietos, su nuera y ella dormían apaciblemente.

“Fue terrible, aún recuerdo ver todas mis cosas flotando en el agua. No tuve tiempo de sacar nada porque el techo se nos vino encima. Sólo pudimos correr por nuestras vidas”.

Hoy, Reina es una damnificada más, a la espera de que un alma caritativa se apiade de su desgracia, ya que su discapacidad le impide mantenerse económicamente con un trabajo formal. Antes de la inundación, Reina se mantenía vendiendo comida y cosiendo ropa, pero la inundación la dejó sin medios para trabajar.

Daysi Nisoska García vivía en los bajos de Copranic, cuando un día las lluvias le arrebataron su única propiedad: su vivienda. Recuerda que ese día comenzó a caer un aguacero torrencial, y el zinc no pudo aguantar la fuerza destructora del mismo. En cuestión de minutos la casa quedó cubierta por el agua agua, y ella y su esposo sólo tuvieron el tiempo justo para salvar a los niños.

La vida en el abergue

Para María Victoria, Deysi Ninoska, Reina de Jesús y Osvaldo, las lluvias han dado un vuelco de 360 grados a su vida. La existencia como un damnificado no es nada fácil.

“Mucha gente cree que es fácil, que estamos aquí porque sólo queremos que nos den limosnas, pero no es así. Todos hemos perdido nuestros hogares. Lo poquito que teníamos se lo llevó el agua, y aquí sólo nos dan lo indispensable para sobrevivir”, indica María Victoria.

Para Daysi Ninoska la historia no es muy diferente. A veces no soporta el hacinamiento, la falta de privacidad y el arroz y los frijoles en el desayuno, el almuerzo y la cena. Todos los días hay que comer lo mismo, y esperar unas donaciones que parecen no llegar nunca.

“Yo sé que el gobierno nos ha ayudado mucho. Gracias a las donaciones tenemos colchones y sábanas, porque antes dormíamos en el piso, pero no es suficiente. Somos más de 278 personas en un solo lugar. Los niños siempre están enfermos, porque en un solo cuarto conviven hasta cuatro familias”, afirma Daysi
Reina cuenta los días y los minutos para rehacer su vida y salir del albergue. Tras años de vivir totalmente independiente, ha caído en un lugar donde los límites y la propiedad privada no existen.

Osvaldo espera recoger los pedazos de su vida y empezar de nuevo. Por suerte aún es joven y tiene deseos de trabajar para sacar adelante a su familia. Para él, todo es cuestión de tiempo.

“Yo sólo estoy esperando que las lluvias cesen para reconstruir mi casa. No voy a quedarme en el aire para siempre. Yo quiero que mis hijos vuelvan a la escuela y se sigan preparando, para que nunca tengan que pasar por algo tan dramático como esto”, asegura.