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Cada día es igual para los 350 pobladores del albergue Gadala María, uno de los tantos de que se han creado en Managua debido a las intensas lluvias. Personas de diversas formas de pensar y de actuar han tenido que convivir debido a la acción de la madre naturaleza, llevando a muchos a perder la cordura ante una situación que parece prolongarse indefinidamente.

Según Carlos Dávila, uno de los encargados del centro, el problema está en que los refugiados no están acostumbrados a vivir en comunidad ni bajo ciertas normas de convivencia.

“Nosotros entendemos que esto es una situación de emergencia, pero como en todo lugar tiene que haber reglas para preservar el orden. Aquí hemos establecido horarios de entrada y de salida, un carné para entrar, y hemos prohibido las bebidas alcohólicas”.

Pero muchos albergados no lo ven de la misma manera y se resisten a acatar las disposiciones que parecen sentir como una camisa de fuerza.

“Me siento preso”

Wilver Tanasio Soto lleva meses en el albergue, y aún no se acostumbra a las normativas. “A veces me siento preso, porque no me dejan entrar después de las 8 y treinta de la noche, y yo tengo que trabajar para mantener a mi familia. Pero si me paso de la hora tengo que dormir afuera”, señala Soto.

Las autoridades explican que estas medidas son normas de seguridad para evitar la entrada de delincuentes al centro.

Para Delia Azucena Matute, el problema radica en el hacinamiento en que viven las personas y en el poco respeto que hay al derecho ajeno.

“En cada cuarto vivimos de tres a cuatro familias y casi no tenemos privacidad. Se nos dieron unos plásticos y unos cartones para hacer divisiones, pero no es lo mismo. A veces los niños se pasan de un lado a otro e interrumpen la intimidad de las personas”, indica Matute.

Proliferan vicios

Las drogas y el consumo de licor es otro aspecto a tomar en cuenta, ya que muchos vicios han proliferado en el centro.

Según Rosa del Socorro Matute, algunas personas ingresan al centro bajo los efectos del licor y provocan discusiones. Otras no cumplen con las normas de limpieza y afectan la higiene del resto de las familias.

“La otra noche vino un hombre borracho y lo tuvieron que sacar a la fuerza, porque estaba alterando la tranquilidad del lugar. La higiene es otro aspecto a tomar en cuenta, porque a veces las personas no limpian los baños después de utilizarlos, y eso provoca olores desagradables en todo el albergue”, señala Matute.

Adela Verónica Jarquín asegura que la falta de intimidad propicia escenas que no deberían ser vistas por los niños.

“Hay personas que no conocen los límites y hasta tienen relaciones sexuales delante de los niños. Yo creo que en una situación como ésta es importante mantener el control sobre nuestras emociones y nuestros instintos”, alega Jarquín.

Para evitar el caos debe haber control

Según la sicóloga Adriana Trillos, esta situación es común en situaciones de emergencia y cuando las personas no están acostumbradas a vivir en comunidad.

“El primer efecto en una situación de desastres es el aumento de la tensión entre las personas que deben compartir un espacio reducido, y en muchos casos insuficiente y sin las condiciones necesarias. Se producen cambios de humor que pueden ir desde la tristeza y la depresión hasta la agresividad”, aclara.

El otro aspecto a considerar es la desorientación, ya que las personas no saben hacia dónde conducir su vida en esta nueva situación. Para eso es necesario asumir un rol activo que las haga sentirse útiles, y que no genere la ansiedad de la espera que nunca termina.

El paternalismo excesivo no es recomendable en esta situación, ya que las personas necesitan asumir responsabilidades y deberes.

Algunos consejos

Para combatir esta situación, la sicóloga brinda algunas recomendaciones.

Es necesario que se creen círculos de ayuda donde las personas puedan expresar sus sentimientos de frustración y enojo.

Se deben impulsar actividades lúdicas con los niños para que se sobrepongan a la crisis por medio del juego y la imaginación.

Es importante asignar roles de trabajo a cada persona para que se sientan útiles, definir parámetros de comportamiento, establecer horarios de entrada y salida, normas de convivencia, horarios de desayuno, almuerzo y cena para fomentar el orden y evitar que el caos se apodere del lugar.

También es necesaria la creación de grupos de autoayuda entre los afectados para que compartan experiencias y sentimientos, de forma tal que puedan liberar la tensión y el estrés que se genera en situaciones de desastre. Se deben hacer planes para el futuro y pensar en el mañana, para mantener viva la esperanza y fomentar la buena relación entre las familias.

Es esencial que se cree un espacio de colaboración donde cada persona asuma una responsabilidad dentro de la comunidad, ya sea cocinar, lavar, limpiar o atender a los niños pequeños.

En la medida de lo posible se deben mantener las actividades rutinarias como trabajar e ir a la escuela, para que las personas sufran un menor duelo ante la pérdida de su vida pasada. En cuanto a las relaciones sexuales, es muy probable que éstas tengan un efecto de distensión que ayude a desahogar las penas, pero deben realizarse bajo condiciones adecuadas.

“Recordemos que el sexo es una expresión de amor y de afecto entre la pareja, pero puede ser un arma de doble filo en situaciones de desastre, porque si sólo se usa como un instrumento, desciende a niveles muy primitivos.

No es que el sexo sea malo, es que debe darse bajo ciertas condiciones emocionales, sociales y afectivas que tienden a no estar presentes en estos casos”, señala Trillos.