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Las lluvias comenzaron hace cinco meses, y sólo en Managua hay más de 10 mil damnificados, la mitad de ellos vive en albergues.

Los refugiados no sólo han perdido todas sus pertenencias, sino que se han tenido que adaptar a una vida, donde recién empiezan a conocer nuevas reglas y formas de convivencia.

Tras toda pérdida, hay que tomar en cuenta que se produce una etapa de duelo que paraliza a las personas y limita su capacidad de reaccionar ante la tragedia. Según la sicóloga Dinora Medrano, es importante entender esta etapa para dimensionar los problemas sicológicos que pueden sufrir los damnificados tras la pérdida de sus casas.

El duelo se compone de cinco etapas importantes. La primera es la negación, cuando las personas se resisten a aceptar la desgracia que les ha tocado vivir, y se preguntan por qué les ha pasado esto. La siguiente es la fase de enojo con la vida y con las personas que las rodean, seguida de una fase en que el individuo se decide a aceptar la desgracia. A continuación se produce una fase de aceptación de la tragedia, y por último una en la que se decide recomenzar la vida.

Entender que lo han perdido todo

“Lo primero que debemos hacer es entender que estas personas lo han perdido todo. Eso produce un profundo proceso de enojo y de frustración. Si unido a esto le añades que los llevas a un lugar donde se tienen que someter a reglas a las que no están acostumbradas, vas a tener un grupo de personas muy enojadas con el mundo entero. Y esa resistencia es la respuesta normal en estos casos”, asegura la doctora Medrano.

¿Qué sucede tras el proceso de duelo?
Una vez que el proceso de duelo ha pasado, la persona entra en una etapa de desconcierto. Tiene la sensación de que lo que sucedió no es real y se genera una etapa de profundo estrés. Aquí se generan problemas sicosomáticos como gastritis, dolores de cabeza, se altera la alimentación y se produce una gran ansiedad, ya que se altera la cotidianidad.

Según explica la doctora Alicia Pérsico, esto es muy común en personas que han vivido situaciones traumáticas, como perderlo todo tras un desastre natural.

Sentimiento de desarraigo
“Todos tenemos rutinas diarias que nos permiten seguir adelante con nuestras vidas. Cuando se altera nuestra cotidianidad, reaccionamos de manera violenta o depresiva, soñamos con la situación de crisis y nos culpamos por lo sucedido. Si unido a esto, somos llevados a un lugar nuevo, donde tenemos que compartir nuestro espacio vital con familias desconocidas, es natural que suframos un profundo sentimiento de desarraigo e inseguridad ante un mañana que se vislumbra incierto", explica la doctora Pérsico.

¿Qué deben hacer las autoridades?
Según explica la doctora Alicia Pérsico, el primer paso es tratar de recobrar la cotidianidad perdida mediante el establecimiento de horarios consensuados por los miembros de los albergues, dándole a cada cual un espacio propio donde se conserve el núcleo familiar y se trate de mantener cierta intimidad.

“Si bien es cierto que en los refugios las personas están hacinadas por el poco espacio, existe la opción de repartir plásticos y sábanas que sirvan para separar una familia de la otra. Esto permite recobrar la sensación de seguridad y pertenencia a un espacio físico determinado”, explica.

Crear grupos de autoayuda
Es importante hacer sesiones de reconocimiento y socialización dirigida que permita establecer lazos sociales de amistad con las otras familias, para mitigar el sentimiento de desarraigo, miedo a lo desconocido y soledad. Se deben crear grupos de autoayuda, donde las personas compartan sus experiencias y su drama de vida, para que no se sientan solos en su desgracia. Que comprendan que existen otras personas que han sufrido lo mismo y que tendrán que empezar de cero igual que ellos.

“Es vital que las normas de convivencia que rigen la vida del albergue no sean impuestas por personas externas, ya que lo que es bueno para mí no necesariamente es bueno para el otro. No es lo mismo ver las cosas desde afuera que desde adentro. Que sea la misma gente la que proponga las soluciones a sus problemas, ya que sólo ellos conocen que es lo que más le conviene. Esto va a facilitar que respeten estas normas”, indica la Dra. Pérsico.

Atentos a los niños
Las personas deben recibir información y preparación para afrontar futuros desastres, ya que esto disminuye la sensación de vulnerabilidad que quedó tras la tragedia. Los niños deben mantener sus rituales normales, ir al colegio, comer a una hora establecida, jugar y reír. Se deben fomentar actividades lúdicas que tengan continuidad y en las que los padres tengan una participación activa.

“Hasta ahora las actividades lúdicas se han hecho llevando piñatas y payasos a los niños, pero yo pienso que hay que hacer más que eso. Los padres se tienen que involucrar en los juegos para que los niños se sientan amados y comprendidos. La estabilidad emocional de los niños depende mucho de la estabilidad de toda la familia, de que ellos sientan que a pesar de todo lo malo, lo importante es que aún están juntos”, señala la Dra. Pérsico.

Así como se tienen que establecer normas de convivencia, también se tienen que imponer sanciones y castigos para los que las infrinjan, de forma tal que las personas sepan que tienen que acatarlas. Se tienen que establecer derechos y deberes, para que las personas sepan que deben asumir ciertas responsabilidades para con la comunidad a la que ahora pertenecen. Esto permite que la persona se sienta importante y valorada, y que adquiera un rol activo en esta nueva etapa.

No es recomendable que la persona esté a la espera de lo que le puedan dar los demás, es esencial que ella se sienta responsable de su destino. Se tienen que respetar los espacios ajenos, la distribución equitativa de la comida, las colchonetas y las sábanas.

A fomentar trabajo de equipo
“Lo que sucede en estas situaciones de desastre es que las personas se quedan sin nada, y en este proceso de rehacer su vida y recuperar lo perdido pueden querer más de lo que se les ha asignado”, explica la doctor Medrano.

Se tiene que fomentar la colaboración y el trabajo en equipo, de forma tal que todos se preocupen por la limpieza y la higiene. Nunca se deben abandonar los planes a futuro. Es esencial hablar de lo que cada uno hará una vez que termine esta situación de desastre, para que se retomen los proyectos de vida, se hagan planes y se empiecen a gestionar los recursos para ello.

Las universidades y asociaciones gremiales deben tener un rol más activo, para que los estudiantes de las carreras de Antropología, Psicología y Sociología acudan a los albergues para brindar atención psicológica que permita superar el estrés postraumático.

Los medios de comunicación deben promover la solidaridad por parte de los ciudadanos, para que más personas voluntarias se integren al trabajo en los albergues. También deben fomentar las medidas de higiene que eviten la propagación de enfermedades trasmitidas por vectores, como el lavado de manos y la manipulación higiénica de los alimentos, estimular las normas de convivencia y los valores.

Además, es necesario implementar lugares donde las parejas puedan disfrutar de su intimidad sin fomentar la promiscuidad, evitando que los niños vean imágenes que no pueden asimilar a su corta edad.

“La sexualidad es parte de la vida, y no porque estas personas estén en un albergue quiere decir que han dejado de tener instintos, deseos y sentimientos. El sexo es la máxima expresión de amor entre una pareja, refuerza los lazos afectivos y ayuda a fomentar la unidad”, indica la doctora Medrano.