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Antonio José Morales Arellano sale de su casa con una colcha puesta, semidesnudo y gritando como alma que lleva el diablo. Se pone frente a los vehículos para dirigir el tráfico, aún cuando no es policía y no sabe nada de educación vial. Su padre lo observa desde la ventana, preocupado, con el corazón acongojado y la impotencia de quien no sabe cómo ayudar a su hijo.

Todavía recuerda el día en que se lo llevaron al servicio militar. Fue un día triste y negro. Los soldados llegaron y se lo llevaron, sólo para traerlo meses después con el diagnóstico de una esquizofrenia paranoide.

A partir de su regreso, todo fue diferente. Antonio comenzó a tener amigos imaginarios, dejó de bañarse y de salir con sus amistades. Los fantasmas de la guerra lo acosaban en las noches y su vida se hundió en un abismo de sombras.

Cuatro años después, Antonio está bajo tratamiento siquiátrico y la vida ha comenzado a sonreírle.

Gracias a los medicamentos que le brindan en el centro de salud “Pedro Altamirano”, no siente los ataques de pánico en la noche y al fin puede conciliar el sueño. Su vida nunca volverá a ser la misma, pero al menos podrá tener un descanso tras años de vivir bajo el terror del pasado.

La salud mental: una deuda pendiente

En Nicaragua, el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, INSS, no incluye la salud mental dentro de sus servicios, producto de un problema cultural que no ve el cuerpo y la mente como un ente biosicosocial integrado.

En vez de eso, se prioriza la atención de las enfermedades corporales por encima de las de la mente, como si éstas no fueran un elemento que determina la correcta funcionabilidad del organismo.

Esto es el producto de un reducto social antiguo, ya que desde la antigüedad, los pacientes siquiátricos han sido vistos como personas de segunda categoría.

En países tan pobres como Nicaragua, donde existe falta de educación en torno a la importancia de la salud mental, la mayoría de pacientes siquiátricos son vistos como una carga para la sociedad.

No hay camas para tantos enfermos

En todo el país, el único centro hospitalario destinado a cuidar a los pacientes con enfermedades mentales es el Hospital Siquiátrico de Managua, el cual brinda una atención deficiente, ya que sólo tiene 160 camas que no logran cubrir la demanda de más de 500 pacientes que requieren atención cada año.

En los hospitales de atención secundaria o generales, no existen camas para los pacientes con trastornos mentales. El hospital de la Policía Nacional tenía un servicio disponible, pero fue suspendido recientemente.

El otro problema a considerar es el costo de los medicamentos, ya que sólo existe un centro de salud en Managua; el “Pedro Altamirano”, donde éstos se brindan gratuitamente.

Esto provoca que muchos pacientes tengan que emigrar de los departamentos a Managua para recibir la atención que necesitan. Los costos de los medicamentos pueden rondar entre los 1.000 y los 3.000 córdobas cada mes, y cada consulta siquiátrica oscila entre los 500 y los 600 córdobas.

El miedo y la discriminación

Las enfermedades mentales, según la doctora Alicia Pérsico, están muy ligadas al terror y al miedo a estar enfermos.

“Las enfermedades mentales tienen un estigma muy grande, ya que generan mucha ansiedad. Nadie quiere que lo tachen de loco, ni que lo internen en un hospital siquiátrico, porque todos tenemos miedo a ser diferentes”, explica.

Para ella, las causas de la discriminación y el rechazo que enfrentan muchos enfermos mentales son varias.

La primera es que existe un estereotipo de lo que es estar sano, y eso incluye no tener problemas mentales. En el imaginario colectivo, abunda el concepto de que la enfermedad mental está relacionada con maldiciones que caen sobre la familia y los pacientes.

“En la antigüedad, cuando la gente tenía hijos con Síndrome de Down, los escondía, porque tener un paciente enfermo representaba un castigo divino, una maldición por alguna falta cometida, y todavía queda algo de ese miedo en la sociedad actual”, afirma.

El otro problema es que siempre discriminamos a los que son diferentes, porque nos consideramos muy normales, y por tanto, criticamos a los que rompen el molde de lo común. Siempre estimulamos lo bello y lo perfecto y nos esforzamos por proyectar esa imagen, añade.

Según la doctora, la sociedad y el medio no están acondicionados para hacerle frente a las enfermedades mentales, ni a nivel estructural, porque no existen centros que brinden atención adecuada, ni a nivel social, ya que aún existe mucho rechazo y discriminación hacia estos enfermos.

Considera que hay mucho temor que gira en torno a las enfermedades mentales, porque hay mucha desinformación y mucho de ellas que ignoramos.

Señaló que las creencias populares influyen negativamente en la percepción de la enfermedad mental, ya que dentro de la cultura existe un componente mágico.

“Mucha gente todavía considera que los enfermos mentales son personas poseídas por el demonio. Por eso al enfermo mental hay que encerrarlo y maltratarlo, porque hace cosas extrañas que atentan contra la normalidad que nosotros defendemos”, indica la doctora Pérsico.

El otro problema de la enfermedad mental se relaciona con la identidad, ya que nadie quiere que lo identifiquen con alguien considerado raro o diferente. “Todos queremos que nos vean como uno más del rebaño”, dice.

Agrega que también interviene el sentimiento de aceptación que todos ansiamos de los demás, y como sabemos, la enfermedad mental genera discriminación y por tanto rechazo.