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El día en que su propio autor me autografió La Marca del Zorro, el 19 de Julio de 1989, justo en el X Aniversario de la Revolución Nicaragüense, comprendí en toda su dimensión la importancia de la misión emprendida hacía casi diez años por quince guerrilleros, en su mayoría campesinos, a finales de octubre de 1979. Me refiero a la afanosa búsqueda de los restos mortales de Carlos Fonseca Amador.

Yo era conocido bajo el seudónimo de “Chele Adrián”, y, desde 1975, me había enrolado como colaborador en las estructuras guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN. Después, llegué a formar parte de la Columna “Pablo Úbeda” (…)

Bajo un torrencial aguacero que no amainaba, cae en combate el comandante Carlos Fonseca Amador, propiamente la noche del 07 de noviembre de 1976 en un lugar llamado Boca de Piedra, comarca de Zinica.

Casi tres años después de aquel infausto suceso, una columna de 15 guerrilleros y guerrilleras al mando de Rodolfo Amador Gallegos (q.e.p.d.), proveniente del Comando de Waslala, buscó sin tregua los restos mortales de Carlos. No fue una tarea fácil. Todo mundo coincidía en que el jefe de la Revolución nicaragüense había caído en Boca de Piedra, pero nadie conocía el paradero final de sus restos. El reto era encontrarlos antes del 7 de noviembre de 1979, en el tercer aniversario de su muerte (...)

La orden
A partir de 1979, cuando yo me encontraba allá en la zona de Waslala, al salir de la guerrilla y de la Columna “Pablo Úbeda”, recibimos la orden de rescatar los restos de Carlos Fonseca. No se disponían de pistas exactas de su paradero final, sólo se sabía que había caído en Boca de Piedra. Hubo después una reunión en Waslala. En ese entonces estaba conmigo un amigo que permaneció como jefe del comando llamado Irving Dávila. Con él se organizó a las quince personas que buscarían los restos de Carlos y de otros guerrilleros que habían caído asesinados por la Guardia somocista.

La Guardia acostumbraba a matar y a trasladar los cadáveres a otros valles vecinos. Lo hacía así para despistar a la guerrilla, pero también para que no se conocieran en la ciudad las atrocidades que la misma genocida y los jueces de mesta cometían en lo más profundo de la montaña.

El grupo de las quince personas se formó con campesinos que se encontraban en el Comando de Waslala, pero también se incluyeron algunos de la ciudad de Matagalpa. De los que recuerdo que estaban en la columna eran Rodolfo Amador Gallegos y Seidi Rivas, ambos ya fallecidos. No había en el pequeño destacamento ningún extranjero o internacionalista, tampoco doctores o especialistas.

Fue difícil
En Boca de Piedra nos encontramos con un hombre llamado Natividad, a quien se le presionó mucho para que diera la información requerida (...) Ese hombre nos narró las circunstancias en que cayó Carlos Fonseca Amador esa noche fatídica del 7 de noviembre de 1976. Nos dijo hacia dónde se llevaron el cadáver y quién lo había levantado. Los restos inermes de Carlos fueron colocados en un helicóptero, según cuenta el mismo Natividad, y se lo llevaron para otro valle.

Nos retiramos, pues, de Boca de Piedra indagando el paradero final de los restos de Carlos Fonseca (...) La gente de las comarcas era muy huraña. Recuerden que nos encontrábamos en lugares muy remotos donde sólo se podía penetrar a pie o en bestias de carga. El eterno aislamiento de esas comunidades, pienso yo, permitía que las personas fueran retraídas y de pocas palabras (…) Tras caminar por mucho tiempo, la columna llegó a Dipina, que es un lugar bastante plano. En aquellos tiempos de nuestra misión, Dipina era un pequeño caserío con unos quince ranchitos. La comunidad está situada al Este de Waslala. Lo primero que vimos fue un caserío a la orilla, que era más bien un desmonte para una huerta. Se miraban enormes troncos por doquier. Habían talado todos los árboles.

El sitio que buscábamos desde hacía tantos días estaba ubicado un poco al Este del caserío. Según informaron algunos lugareños, también se encontraban sepultadas diferentes personas que la Guardia había asesinado en otros puntos aledaños a Dipina.

Llegamos a Dipina
El primer contacto lo hicimos con un campesino que estaba en el templo católico de Dipina. Gracias a su colaboración, pudimos reunir a la gente en la iglesia (…)

La gente reunida en el pequeño templo fue unánime al expresar que Dipina era el lugar que buscábamos, porque en la huerta había un sitio que estaba marcado con un enorme tronco. El mismo campesino que encontramos en el templo católico dijo con mucho aplomo que debajo del tronco estaba enterrado el jefe de la Revolución.

Cuando iniciamos las excavaciones con la colaboración de mis hermanos y hermanas de la pequeña columna, recordé mis años en la guerrilla, cuando andábamos por los caminos o por los valles, durmiendo a campo raso bajo las incesantes lluvias (...)

Y fue así que encontramos el cadáver de Carlos en una bolsa de plástico con un zipper. Y vimos nosotros que ahí estaba su cuerpo completo. Lo exhumamos con cuidado, y, sobre todo, con mucho respeto. Después de sacarlo de las entrañas de la tierra, dimos aviso al Comando de Waslala. Se envió a un mensajero porque en ese tiempo no había ni celular ni teléfono ni nada. Entonces se mandó a un hombre, pues, montado en una bestia hacia el Comando para que diera el aviso. Se les envió a los compas de Waslala una nota en la que se expresaba que la columna ya había encontrado al jefe de la Revolución.

Irwing Dávila en el comando
Recibida la novedad por el entonces responsable del Comando de Waslala, el compañero Irving Dávila, éste dio la noticia a sus superiores, a través de un radiocomunicador que había dejado la Guardia Nacional en ese viejo campo de concentración, tristemente célebre por las innumerables represalias, torturas y asesinatos contra campesinos, colaboradores y guerrilleros en el Caribe Norte (…)

Recuerdo que a la pequeña comunidad de Dipina llegaron varios periodistas, la televisión y un helicóptero para transportar los restos de Carlos a Matagalpa, que fueron recibidos por Tomás Borge (…) En un primer momento, la primera impresión que nos causó el hallazgo de los restos mortales de Carlos fue de alegría y satisfacción, porque habíamos cumplido con la misión que se nos había encomendado. Teníamos enfrente al jefe de la Revolución y al hombre que nos condujo hasta la derrota del somocismo, tal como lo había hecho también el general Sandino en su momento.

Cadáver completo
(…) Nosotros que exhumamos el cadáver de Carlos decimos que estaba completo. Incluso, la bolsa de plástico contenía algunas de sus cosas: cinturones, sus fajones, su uniforme que ya estaba bastante desbaratado, adicionalmente encontramos sus lentes, una mochila y zapatos. Una de sus características más reveladoras, su estatura, fue decisiva a la hora de identificar sus restos.

Rodolfo Amador Gallegos, el jefe de la misión, tuvo que lidiar con algunos inconvenientes de última hora durante la localización de los restos de Carlos. En ese momento no había medios de transporte porque en Dipina no penetraban vehículos. Así que lo primero era trasladar en bestia los restos de Carlos, y, lo segundo, era que el Gobierno, enviara medios aéreos y así se hizo. Amador Gallegos, entonces, procedió a dar más o menos las coordenadas para que aterrizara sin problemas el helicóptero. Después, como queda dicho al inicio, llegó a Dipina el medio aéreo para trasladar los restos del Jefe de la Revolución al Comando de Waslala, luego a Matagalpa y, por último, a Managua.