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Frente al televisor encendido en medio de la sala, sentado en las rodillas de su padre y comiendo una golosina, el niño enclenque de seis años se entusiasmó tanto con lo que veía, que años más tarde su vida y la de su familia estarían eternamente ligadas a aquellas escenas de vencidos y vencedores.

A Ricardo López Navas, desde muy chico, quizás a los cinco o seis, su padre le transmitió la pasión mexicana de ver las peleas de boxeo nacional, lo contagió del virus de la alegría y de la tristeza de ver las derrotas y las victorias de los ídolos de multitudes y, quizás sin saberlo, le incubó muy hondo en la mente el deseo de la lucha.

“Mi padre, Magdaleno, o Maleno, como le decíamos, al cerrar el taller de joyería desde el que nos sacó adelante a la familia, cada sábado, nos llevaba sin excusas ni pretextos, religiosamente, a ver el box, que era su pasión”, recuerda este ex boxeador delgado y pelo rape, de camisa negra y mirada esquiva, que habla tanto con la boca como con las manos que lo llevaron al Salón de la Fama del boxeo mundial.

“Yo tenía 6 años, me daba curiosidad ver a esos hombres con guantes, cómo se daban y ponían el corazón sobre el ring. Así que un día le pedí a mi papá que me llevara al gimnasio y ahí descubrí el boxeo”, cuenta en el lobby de un hotel de Managua, donde ha tomado un receso de su agenda en la 89 Convención Anual de la Asociación Mundial de Boxeo.

“Mantequilla” Nápoles, Rubén “Púas” Olivares y otros grandes del box.

Eran los años 70. México deliraba por José Ángel “Mantequilla” Nápoles, Rubén “Púas” Olivares y otros grandes del box. “Todas esas peleas nos ponía mi papá a verlas, adorábamos a esos campeones”, relata Ricardo, un tipo sosegado y fino, en cuyo rostro, sobre todo en las cejas, se le notan cicatrices de rudos combates que separaron cejas y piel que luego fueron unidas por hilo en algún quirófano.

¿No tuvo nunca miedo de verse en ese mundo donde los boxeadores terminaban tumbados, manando sangre, inconscientes, a veces en dramáticas caídas, auxiliados por médicos y a veces por forenses?
“A mi madre, Ana María, no le parecía que yo boxeara, porque de ninguna manera ver a un hijo sobre el ring, es placentero”, cuenta.

“Es riesgoso, peligroso, y más en un deporte de contacto como lo es el boxeo, pero a mi padre le gustaba, y lo más importante es que a mí me gustaba, y cuando yo lo vi en la TV, empecé a entrenar, mi mamá no estaba contenta y un día la hice llorar”, recuerda.

“Ya por travesuras de niño ella había llorado, pero cuando la vi llorar por mí en serio, fue cuando le dije que iba a pelear. Me dijo: el 99 por ciento de los peleadores que ganan, terminan mal. Es como dinero mal habido, no dura”, recuerda palabra por palabra Ricardo, quien por su estilo depurado y contundencia de golpeo y su figura flaca y erguida, se ganó el mote de “finito”.

“Yo le dije: ‘mamacita, yo traigo un león, y tiene hambre, quiere boxear, démosle la oportunidad’. Mi madre me comprendió, me apoyó”, relata, para enseguida contar cómo hizo para no hacer sufrir a aquella mujer que no deseaba verlo tendido en un entarimado mientras miles de personas vociferan ahogando en sus gargantas los gemidos del caído.

“Yo digo a Dios rogando y con los guantes dando; Dios como un acto de fe, sin fronteras, uno lo ven en Alá, Yavé, Jehova, Mahoma, Buda, a mí me enseñaron a verlo en Padre, Hijo y Espíritu Santo, así regí mi vida y así me dio resultado: con la fe delante, la mente a la par y la fuerza detrás, por si falla algo”, sorprende Ricardo, mostrando una religiosidad filosófica que no se le conocía por estos rumbos tropicales.

“Yo digo a Dios rogando, pero con los guantes dando, es decir, fe y fortaleza”, dice, y explica luego, su filosofía de vida.

“Yo he conocido muchísimas historias de grandes campeones que apenas sabían leer, que a veces ni eso, y que se engrandecieron con la fama y perdieron la humildad, y perdieron el norte y han caído muy bajo, yo siempre vi esos ejemplos cuando iba subiendo en la carrera, y me preguntaba qué puedo hacer para nunca llegar ahí, y alguien me dio la respuesta, mi entrenador Arturo “Cuyo” Hernández, a quien Dios puso en mi camino para enseñarme no sólo a boxear, sino a comprender, me dijo una vez: tu debes escuchar a todos, pero decidir por ti”.

La muerte de su entrenador

Hernández, su entrenador, un orgullo de Jalisco, murió en 1990, a los 79 años, y esto fue un gran golpe para Ricardo, al igual que fue la muerte de su madre, quien se fue de la vida cuando él tenía 22 años y se preparaba para una pelea.

El tema no es de agrado. Se pone un poco sombrío, pero sobre la muerte él tiene una gran reflexión: “no hay pérdida más fuerte en la vida que la pérdida del propio yo”.

Y dice que lo aprendió de El Hombre en Busca de Sentido, de Viktor Frankl, neurólogo y siquiatra judío que sobrevivió entre 1942 y 1945 a los campos de concentración, incluyendo Auschwitz.

“Cuando pierde uno a un ser amado, no hay que ir tras él en vida, echándose uno a morir, al alcohol… Duele mucho, es cierto, pero la muerte es algo cíclico, trae el dolor y se lleva el dolor, sólo queda la memoria y el deseo de honrarle los recuerdos uno a sus seres amados y se necesita fortaleza para decir: mi madre hubiera querido verme así y así voy a estar, aunque ella ya no me vea”.

El dolor por Alexis

Luego se excusa: las personas no mueren, fallecen, son dos cosas distintas. “Las personas mueren solo cuando se olvidan”, dice casi para sí, antes de cambiar el giro dramático de la charla y llevarnos a 1981, en el gimnasio de los Baños Lupita, ahí en México DF, en la Colonia Tacubaya, donde conoció a uno de los boxeadores que más admiraba el mundo: Alexis Argüello.

“Era un tipo sencillo, flaco y alto, sólido y sonriente, de buenos modales, se vendaba solo y no daba la impresión fuera del ring de ser ese gran boxeador que fue, no inspiraba desconfianza”, rememora, para luego recordar que 27 años después de aquella fecha, ambos entraban al salón de la fama del boxeo.

“Su imagen en las drogas fue uno de los ejemplos que más me han dolido, era un ídolo”, dice Ricardo sobre el paso del ex campeón nicaragüense por el mundo de las drogas, algo normal en el mundo sórdido de la fama.

“Yo conocí personas que me ofrecían drogas, mujeres, negocios turbios, yo los detectaba, los rechazaba y me les apartaba, nunca quise ser arrogante, pero siempre supe que las drogas y los vicios no eran lo mío, y no es que sea santo, es que nunca me nació”, argumenta, y parte de ello para reflexionar sobre otros aspectos de la vida, que se viven dentro y fuera de los encordados.

“Cuando uno se corona campeón, llegan la fama, el dinero, la gloria, y si no hay nadie que te diga que las cosas se te empiezan a salir de las manos, no te das cuenta hasta que ya salieron completamente de control, entonces llega el extravío, el poder de creerse uno el dueño de la razón, creerse el guapo, pero en esos casos, hay algo que nunca falla: la realidad”, dice López, con un tono de algo de sermón y mucho de verdad.

“La realidad nos regresa al sitio donde estamos, no donde creemos que estamos. Yo veo a (Ricardo) Mayorga a Rosendo (Álvarez), a (Rubén) Olivares, a (Roberto) Durán, a muchos que en sus momentos pensaban que estaban en el sitio correcto, y que no iba a pasar nada, pero luego la realidad los puso en la realidad, y se dieron cuenta que no estaban donde creían”, analiza.

“¿Entiendes?”, nos dice. Y antes que le digamos que sí, prosigue. No se arrepiente de nada en la vida, menos en el boxeo. Por eso, asegura, nunca regresará a pelear, aunque apenas tenga 44 años.

“Errores: no tengo nada de qué arrepentirme. No me arrepiento de haber caído a la lona con la mano de Rosendo, eso más bien me gustó. No es por masoquista, sino por experiencia”, dice, y explica de inmediato: “Cuando se va a la lona, es permisible caer, pero es obligado levantarse. Y si no caes nunca, nunca sabrás cuando levantarse. Así es en la vida. Caes, y te levantas, viendo hacia arriba. Para abajo nomás debes ver cuando vayas a ayudar a alguien a levantarse”, dice ahora riendo, recordando aquella única vez que visitó el suelo en una pelea.

Fue el 7 de marzo de 1998 en Plaza de Toros, México. Millones lo vieron caer y levantarse.

Las respuestas del silencio

Su primera pelea fue a los nueve años y ganó. En 1985, tuvo su primera victoria profesional y tumbó al rival en el primer asalto. En 1990 alcanzó su primera corona y durante ocho años más sumó más victorias defendiendo lo ganado a puñetazos.

“Yo duré 12 años y un mes como campeón; 16 años y ocho meses sin perder. De esos 12 años como campeón, fui considerado cuatro años seguido como el mejor boxeador del mundo, libra por libra, luego me retiré del boxeo y me doy cuenta que fue una buena decisión”, comenta.

“Era el tiempo para retirarse, yo oí a mi cuerpo, le hice caso a mis habilidades y me salí, pero no me quedé con ganas de hacer algo en el boxeo, lo hice todo, yo no me vuelvo a meter a un gimnasio”.

“Los que regresan lo hacen para perder, a perder las peleas y perder la dignidad: llámense Hagler, Leonard, Durán, Tyson, Mohamed Alí, los más grandes han regresado a perder”, remata sin contemplaciones, para luego justificar que no son críticas, sino análisis, reflexiones de la vida.

“Lo mío es un análisis, no es una crítica, yo no critico, ni recomiendo, ni doy consejos: consejo no requerido es agresión manifiesta”, dice con firmeza, mostrando el puño en alzada cuando cita la palabra “agresión”.

No es tipo corriente. Ha leído mucho, se ve coherente hablando y observando situaciones de la vida, que las ve desde su experiencia en el boxeo. No todos los días uno oye a un ex campeón hablar de Saramago y Franz Kafka
Los lee por placer dice, no por tener algo que decir, pese a que ellos están muy seguido en las distintas sesiones de charlas motivacionales que Ricardo anda dando por todo México a jóvenes que quieren salir de las drogas, superarse en escuelas y universidades y distintos deportes.

Como profesional realizó 52 peleas, ganó 51 con 38 nocaut y un empate, jamás conoció la derrota y sólo una vez cayó; se fue como los grandes, invicto en sus casi 20 años como profesional.

Hace una pausa y abre la guardia, como diciendo: ¿Qué más quieren preguntar? Una colega radial le pregunta con respeto: ¿Cómo describir a “Finito” en una palabra?
Y “Finito” guarda silencio. Y pasan más segundos y él sigue callado y le pregunta ella de nuevo: ¿Silencio? Sí, responde él: “La gente habla con lo que hace, no con lo que dice”.