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Cuando una persona recibe el diagnóstico médico que dice “VIH positivo”, siente que el mundo se derrumba a sus pies, se sepultan los sueños, las ilusiones y los planes para el futuro. En ese momento sólo una gran pena invade el alma del nuevo paciente, y en medio de la incertidumbre divaga la interrogante: ¿Por qué a mí?

Alrededor del Virus de Inmunodeficiencia Humana, VIH, y del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, Sida, la ciudadanía en general ha creado una serie de mitos, en su mayoría erróneos, para estigmatizar a sus víctimas. Según registros, desde que apareció ha infectado a más de 33 millones de personas en el mundo, de las cuales un 80% ha muerto.

No obstante, María Teresa Ramírez, de 25 años, portadora del VIH y madre de una pequeña de siete años, es un ejemplo evidente de que se puede vivir por mucho tiempo con el virus sin llegar a su etapa final que es el Sida. Por esta razón, expresa categóricamente que “tener VIH no es el fin del mundo, es un reto más, es una forma de valorar la vida. Hay muchas cosas que al final podemos hacer como personas, ahí demostramos las cualidades que tenemos cada uno”.

Ramírez tiene siete años de vivir con VIH, descubrió su contagio cuando tenía 18 años y estaba con un embarazo de seis meses. Se infectó por tener relaciones sexuales sin protección con su primera pareja, ambos ignoraban que existía la infección. “Tomé tratamiento en los últimos tres meses de embarazo de mi hija, no le di el pecho, fue por una cesárea, gracias a Dios y a todas esas medidas de prevención mi hija es negativa”, comentó.

María Teresa al descubrir que le habían transmitido el virus, sintió un rechazo por su pareja, lo abandonó y lo odió por mucho tiempo, “pero ya lo perdoné, y he tenido dos relaciones después de él”, recordó.

El rechazo y esas palabras que duelen

Durante todo este tiempo, sobre todo al inicio, fue duro para la muchacha afrontar la discriminación social, sobre todo fue muy molesto escuchar en la calle expresiones como “sidosa”, pero de todas ellas, lamenta el trato que recibió en el hospital materno-infantil de Chinandega en 2003, cuando su hijita se enfermó, y en dicha unidad asistencial no atendían a personas con VIH.

“A mi hija me le dio neumonía, la tuvieron en cuidados intensivos y tuve que decir cuál era mi condición, porque me estaban exigiendo darle el pecho. Todos los médicos se dieron cuenta, y desde la de limpieza hasta el familiar supo que había un niño con VIH. A la niña me la pusieron aparte, no dejaban que yo la viera. Decían que le iba a pasar el virus a los otros niños. Cuando la niña estaba mejorcita me la dieron de alta porque todo el mundo tenía temor de contagiarse”, aseguró.

Agregó que la gente piensa que los pacientes con VIH se van a morir dentro de tres meses o de un año, sin embargo, esto no es así, puesto que pueden vivir 10, 14, 15 o más años, siempre y cuando se cuiden, siguiendo las instrucciones médicas.

“Las personas con VIH somos de lo más normal, no sentimos nada, no nos da nada, si te cuidás, pero si empezás a tomar mucho, a ingerir drogas, a tener relaciones sexuales sin condón, tené la plena seguridad de que vas a caer en la etapa del Sida. Una persona con VIH es común y corriente como cualquier otra, podemos trabajar, criar a nuestros hijos, tener relaciones sexuales, hacemos todo igual. No existe ninguna diferencia, lo único es que debemos cuidarnos”, insistió.

Hoy se celebra el Día mundial de Lucha contra el Sida, por lo que María Teresa insta a todas las personas a hacerse la prueba del VIH, y constata que sí se puede vivir feliz portando el virus, como también pueden realizarse todos los sueños descartados al descubrir el dictamen de “VIH positivo”.