Jorge Eduardo Arellano
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Madrid / EL PAÍS

La ganadera Carolina Restrepo, de 40 años, fue liberada hace cinco años, después de que su familia pagara 110,000 euros al Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrilla de Colombia. “Ustedes tienen que financiar la guerra”, le decían.

La mayoría de los miles de secuestros cometidos anualmente en América Latina no se denuncian, pero sí se pagan. Los multimillonarios rescates sufragan ilegalidades de todo tipo: el funcionamiento del ELN y de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), una telaraña de negocios tapadera o las cuentas bancarias de cientos de bandas de delincuentes y mafias policiales en México, Brasil, Argentina, Venezuela o Ecuador. Numerosas víctimas pierden la vida o son mutiladas para apremiar el pago del rescate.

La inestabilidad política o económica de varios países de Latinoamérica, la fragilidad del Estado de Derecho en casi todos, y la masiva pobreza, alimentan una lacra de consecuencias dañinas: el secuestro, sea político o simplemente ladrón, frena la inversión de las compañías extranjeras al encarecer sus operaciones con costosos planes de seguridad.

No pocos ejecutivos rechazan domiciliarse en las capitales más peligrosas. “A mí me ofrecieron vivir en México, Distrito Federal, y dije que no, porque tengo dos hijos adolescentes”, confiesa J. M. A, de 52 años, un abogado en la plantilla de una multinacional española.

Más del 50% de los secuestros ocurridos en el mundo, con rescates y botines que superan los 1,000 millones de euros, se localiza en América Latina, 7,500 el pasado año, según las estadísticas disponibles y otros datos de la empresa de seguridad británica Grupo Control de Riesgos.

La peripecia de Carolina Restrepo fue dura y reveladora. Universitaria, hija de un adinerado terrateniente, simpatizaba con el ideario supuestamente redentor de los insurgentes. Les propuso un debate que fue siempre rechazado. 'Son muy pobres ideológicamente'. Para sonsacarle información sobre el patrimonio familiar, el jefe de la partida la enamoró fingiendo ser otro secuestrado. Descubierta la farsa, las preguntas fueron directas: “¿Quiénes son los ricos de la región? ¿Con quién nos comunicamos? Queremos un número de teléfono y la lista de propiedades”.

A su vez, las FARC retienen actualmente a 770 personas; el ELN, a 400; grupos paramilitares, a unas 250, y la delincuencia común, a 1,757, según la Fundación País Libre. Entre 1996 y 2007 murieron 1,285 personas en cautiverio. “La dramática cifra muestra las deplorables condiciones en las que se encuentran quienes han sido privados de la libertad”, según denuncia Olga Lucía, directora de la fundación.


“Un policía recogió la lana”

Los caladeros de la brutalidad y del secuestro no se agotan en Colombia. México sigue en la lista, porque, al igual que en Brasil, Venezuela o Argentina, las desigualdades sociales son abismales y la corrupción e ineficacia policial, muy altas. “Cuando secuestraron a mi segundo hermano, vine para España”, cuenta el mexicano, A. M., de 30 años, economista, hijo de padres españoles, propietarios de varias panaderías en el Distrito Federal. “Fui citado al lugar donde teníamos que dejar la lana [el dinero]”, recuerda. “Pues bien, sin haber denunciado el secuestro, vi un vehículo policial en las inmediaciones. El agente recogió la lana”.

El año pasado se denunciaron 438 secuestros de larga duración en el país azteca, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad y la Justicia Penal de México. “Pero por cada uno denunciado, permanecieron tres sin conocimiento de las autoridades”, según José Antonio Ortega, directivo del consejo. El botín anual ronda 600 millones de dólares.


Un secuestro diario en Caracas
No obstante, es muy difícil cuantificar el dinero manejado por la industria del secuestro en América Latina, debido al lógico secretismo de las operaciones. La inseguridad también atemoriza a Venezuela, cuya capital, Caracas, es una trampa cuando oscurece. Al menos una persona es secuestrada cada día, según datos oficiales. “Cuando me enviaron el vídeo con mi hermano pidiéndonos a la familia que pagáramos, me derrumbé. Tenía el pánico en la cara”, relata de J. S., de 45 años, un acaudalado abogado de origen cubano.

El día de la charla, desarrollada dentro de su coche, en Caracas, escondía una pistola, con bala en la recámara, entre las piernas. Tal era su miedo a ser secuestrado. “Viajamos con el dinero [casi un millón de dólares] por una carretera del estado de Zulia [fronterizo con Colombia] y [los secuestradores] nos llamaron por teléfono. Teníamos que tirar el maletín por la ventana del vehículo y seguir la marcha. Eso hicimos y al poco lo liberaron”.


El “rapto exprés” se consolida
El secuestro exprés dura menos de un día, depara un botín limitado, entre los 500 y los 5,000 euros, y se afianzó como el más frecuente en América Latina. Sólo en la ciudad brasileña de San Pablo se cometen mensualmente 500 delitos de este tipo, según varios recuentos. Las víctimas son levantadas dentro de sus coches, en los semáforos, en los cines, durante el trayecto al trabajo: en cualquier momento de la diaria rutina ciudadana. Después, la primera visita es a los cajeros automáticos.

“Con los nervios, me equivocaba con la clave de la tarjeta, y eso me costaba otros tantos puñetazos”, se dolía una víctima. Esa modalidad rivaliza con los secuestros clásicos, con rescates por encima de los 50,000 euros, pero que obligan a disponer de lugares donde retener a la víctima indefinidamente.

Hace tres años, la compañía de seguridad Kroll elaboró una clasificación de los países más castigados: Colombia, con 4,000 secuestros anuales; México, 3,000; Argentina, 2,000, y Brasil, 1,000. Aunque sus administraciones remiten a cifras más bajas, el delito sigue haciendo estragos. El secuestro, la extorsión y el narcotráfico financian a las guerrillas colombianas, que obtienen cerca de 600 millones de euros anuales por esos conceptos, según datos oficiales.

Los policías corruptos de Argentina también disponen de ingresos extraordinarios. Bien lo sabe el profesor español A.B., de 49 años. “Acepté la dirección de un colegio en Buenos Aires, y al poco la Policía del barrio donde vivía me pidió una contribución voluntaria”, recuerda. 'Me negué, y al poco tiempo mi hija, de nueve años fue secuestrada. Para rescatarla tuve que malvender mi piso en España, el coche, los cuadros e irme a vivir con la suegra'.