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La discriminación que sufre Salomón se perfila aún en el lugar más insospechado. El lugar que es para muchos un remanso de fe, el consuelo para sus penas y el perdón de sus agravios, para él representa una zona donde lo acecha el peligro y la marginación social.

Prueba de ello es lo que ocurrió el 25 de Julio de 2010. Salomón y el grupo de Danza Basi, del cual forma parte, usan el auditorio de la iglesia Santa Ana de Chinandega para practicar una presentación artística en honor a la patrona de ese departamento.

El evento es parte de una gran celebración que tendrá lugar el 26 de julio. Desde 1992, cuando ocurrió el abuso sexual que sufrió Salomón, éste no ha puesto un pie en una iglesia. El lugar le recuerda los tres años de tortura que vivió bajo la crueldad del sacerdote Marco Dessi.

Tembloroso y con el corazón galopante, Salomón traspasa el umbral de la iglesia con el alma en un hilo. Sube a la tarima del auditorio con sus compañeros para iniciar la práctica, pero de pronto una voz surca el ambiente con una consigna muy conocida para él:
“Dios en el cielo, Marco Dessi en la tierra”, le grita, y en cuestión de minutos, a la voz se unen otras voces, y muy pronto se desata un clamor que estremece los cimientos de la iglesia.

“Dios en el cielo y Marco Dessi en la tierra”, “Condena para los pecadores que han mancillado a un siervo de Dios”, “Fuera de este recinto sagrado”, y no tuvo más remedio que salir del sitio.

El escarnio público

El rechazo social lo sufre Salomón día tras día, en la calle, en el parque, en la iglesia. Desde que denunció el abuso lo incluyeron en una lista de indeseables en el complejo Betania, fundado por el sacerdote.

Recibieron amenazas de muerte vía telefónica. Los intimidaron en las calles y les gritaron ofensas. “Malditos, van a arder en las llamas del infierno”, han sido parte de los improperios.

Los ánimos estaban tan caldeados, que hasta organizaron un atentado con un grupo de pandilleros que persiguieron a Salomón hasta la puerta de su casa, esgrimiendo machetes y puñales.

Entre el abuso y la fe

Lorna Norori, miembro del Movimiento Contra el Abuso Sexual en Nicaragua, afirma que ser violado por un sacerdote es un trauma mayor. “Recordemos que en esta sociedad los sacerdotes son vistos como seres divinos e intocables. Nadie logra concebir que un sacerdote, un hombre aparentemente divino, pueda ser capaz de semejantes atrocidades”, afirma.

Según las estadísticas manejadas por el movimiento contra el abuso sexual en Nicaragua, el 81% de las violaciones son cometidas por personas cercanas. El 85% de los casos ocurren en la casa, la escuela o la iglesia, es decir, en los lugares aparentemente más seguros.

La posición de la Iglesia

El papa Benedicto XVI pidió perdón públicamente durante una homilía por los abusos cometidos. No obstante, la jerarquía católica en Nicaragua nunca se pronunció con respecto al caso.

Monseñor Leopoldo Brenes, Presidente de la Conferencia Episcopal, expresó que el sacerdote Marco Dessi no pertenecía a su Diócesis, y que no podía emitir declaraciones sobre un caso que desconocía.

“La pedofilia es un acto severamente condenable por la Iglesia, porque abusar de un niño ofende a las leyes de Dios. Pero debemos recordar que esto es un acto individual que no debe manchar el nombre de la Iglesia. Como dice el dicho: un árbol que cae en la montaña hace más ruido que mil de pie. Si hacemos un balance podemos ver que hay más sacerdotes haciendo el bien y arriesgando sus vidas que sucumbiendo a estos pecados”, aseguró Brenes.

El caso de Marco Dessi no es el primero en el país. Se han encontrado casos de abuso sexual en Granada, Estelí y Managua.

Según Brenes, cuando un sacerdote es acusado de pedofilia, la primera medida que toma la Iglesia es la suspensión de sus labores sacerdotales. Si resulta culpable a través de la vía legal, se le reduce al estado laical y ya no puede ejercer el magisterio.

Otra opinión sacerdotal

Para Ramón Narváez, párroco de la capilla Nuestra Señora del Pilar, iglesia que estuvo a cargo del sacerdote Marco Dessi, la pedofilia trae dramáticas consecuencias para todos.

“Nosotros sabemos que nuestros feligreses confían en nuestra integridad moral, y que cuando un sacerdote se equivoca eso debilita la fe. Nosotros sabemos que somos humanos y sentimos, pero tenemos que aprender a reprimir esas necesidades. No darle chance al demonio”, señala Narváez.

“¿Dónde está Dios?”

Salomón y las otras víctimas de Marco Dessi lo saben en carne propia. A raíz de lo que sufrieron, han perdido su fe en Dios y en la Iglesia. “Después de lo que me pasó, yo me preguntaba: ¿Dónde estaba Dios cuando me estaban haciendo esto? ¿Por qué no hizo nada para detenerlo?”, relata.

Afirma que desarrolló un rechazo hacia todo lo religioso, entre eso las iglesias, las imágenes, los cantos y los templos.

Iglesia toma medidas

Según Brenes, la pedofilia es un problema que ha sido abordado por los formadores y obispos en Centroamérica. Esto ha llevado a una profunda reflexión con especialistas en el tema en aras de detectar las señales que permiten identificar a un futuro abusador sexual.

En primer lugar, se han intensificado los estudios sacerdotales y el nivel de exigencia. Hoy, los aspirantes a sacerdotes, tienen que cursar un año de pastoral vocacional para descubrir su parte humana, espiritual e intelectual. Se le piden informes al párroco de su comunidad y a personas cercanas sobre su comportamiento moral.

Cursan un año propedéutico donde reciben clases para desarrollar sus capacidades humanas con psiquiatras y psicólogos, donde se intenta discernir si el sacerdocio es su verdadera vocación. Tres años de estudios filosóficos, cuatro de teología y dos años de servicio pastoral.

Norori indica que no ha sido una vez que las autoridades de la Iglesia han cambiado de parroquia a los religiosos señalados de abusos, y hasta los han ayudado a huir del país para evitar el escándalo. “Mientras tanto, las víctimas siguen a la espera de una disculpa, de un acto de contrición”, indica Norori.

En los últimos tres años se han denunciado mil 462 abusos sexuales en el mundo, de los cuales 10 fueron perpetrados por sacerdotes, ocho seminaristas, 14 pastores, seis conserjes pastorales y 114 profesores.