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III Parte

En la Loma de Tiscapa, símbolo del poder de la dinastía, Somoza le había entregado a su hijo una casa ubicada al oeste y que había sido antes de José R. Somoza. Y en junio de 1978, la revista de la EEBI, “El Infante”, destaca como un Editorial, el consejo de que “Nunca se empeñen en combatir sino con la idea en mente de derrotar al enemigo por todos los medios posibles”.

La Enciclopedia de Nicaragua asegura que entre 1970 y 1976, cinco mil miembros de la Guardia Nacional pasaron por la Escuela de Las Américas. El libro de Ignatiev-Borovik precisa, al citar al semanario francés “Temoignage Chrétien”, que de acuerdo con documentos del ejército norteamericano, entre 1970 y 1976 recibieron entrenamiento más de 4 mil militares nicaragüenses en ese centro de Fort Gullick, Zona del Canal de Panamá. En esos documentos se cita que 4 mil 252 nicaragüenses en total fueron entrenados, además, en Fort Bragas y en el Colegio de Defensa Interamericana de Washington.


“Operación limpieza” del Chigüín
La enciclopedia señala que después de septiembre de 1978, Somoza desató la “operación limpieza” con tropas de infantería, asesinando a centenares de civiles, sobre todo jóvenes. Fue una acción coordinada por Anastasio Somoza Portocarrero, a la par que facilitaron su labor los “orejas” y espías del somocismo.

Los Somoza siempre apostaron a resolver por la vía violenta sus principales “preocupaciones”. Durante 45 años lo habían hecho sin ningún asomo de piedad, y mal que bien, se mantenían siempre en el poder. Pero 1978 fue un año anómalo en el calendario de la “Estirpe Sangrienta”.

El asesinato de Pedro Joaquín Chamorro tomó por sorpresa a las tres tendencias del FSLN. Si la dictadura apuntaba a volar la cabeza del principal enemigo, por cuanto era bien visto en Washington, pretendía descabezar a todo el movimiento político opositor, luego que los Galil y los Garand, supuestamente, en lenguaje somocista, habían “resuelto” el tema de las guerrillas.

Así, el único estorbo que quedaba en el escenario para que la Historia siguiera siempre en manos de la familia Somoza, era aquel hombre que desde sus años en México, había recibido “su primer entrenamiento de sandinista”.

Durante las honras fúnebres de PJCh, la tendencia Proletaria del FSLN fue la única que aparece tratando de ponerse a la cabeza de las manifestaciones. El historiador Rafael Casanova, quien estuvo presente en los funerales, miró la desesperación de ese movimiento por dirigir la tarde más convulsa que Somoza haya sufrido desde el 22 de enero de 1967.

Era evidente que el FSLN había sido tomado por sorpresa, y esto terminó de comprobarse en febrero de 1978, cuando, en esa desesperación de los hombres, cuando ven que la Historia toma su rumbo sin pedirle permiso a nadie, la Tendencia Insurreccional envía a Camilo Ortega Saavedra a Monimbó para darle una coherencia insurreccional al descontento popular de todo un barrio: una respuesta alzada contra los magnicidas. Los indios no dudaron de quiénes eran los asesinos.


El otro Estado
En ese contexto, se observa que Anastasio Somoza, quizá sin quererlo, había propiciado el nacimiento de otro Estado dentro del suyo. Casanova apuntala esta tesis, que otros verían como una descomposición en tono mayor del somocismo.

Por un lado, había surgido una amante que no se contentaba con mandar en una alcoba, sino en todo el país: escogía a ministros y a los altos funcionarios, y era capaz, incluso, de llamar en un minuto a la Banda de los Supremos Poderes de la Guardia Nacional para amenizarle una pachanga.

Joaquín Absalón Pastora, en su libro “Medio Siglo de Radio” relata que al encontrarse con la antigua secretaria de Radio Mundial, Dinorah Sampson, ahora amante del dictador, le increpó: “¿Qué te ha hecho el viejo (Somoza)? Cuando más se arrecha es cuando lee los artículos de Pedro Joaquín Chamorro.”

Era, dice el periodista y escritor, “una mujer íntimamente ligada al poder”. La Dinorah, gracias a la inmensa cuota que le otorgó su pareja, contribuyó con ser parte de la corrupción. Esta “otra primera dama que comenzaba a poner y a quitar ministros, a colocar a sus amistades en los cargos por la única razón de hacer aquella química con su estilo”, dice en la página 203.


La claque
Rodearse de lo más corrupto no era una excepción en el régimen de los Somoza. Protegía a Nicolasa Sevilla, una prostituta que agitaba a la chusma contra las madres de presos políticos y vapuleaba a la gente honesta. Tacho, en 1959, tras la fallida invasión de Olama y Mollejones, nombró como presidente del Consejo Militar al coronel Carlos Silva, de quien Luis G. Cardenal, en su libro “Mi Rebelión”, señala que “era vox populi que tenía en su cartera una larga, larguísima aureola de crímenes, despojos, asesinatos, etc. Es brazo derecho de Tachito, completamente incondicional, sin escrúpulo ni moralidad”. (Pág. 333).

Somoza no se iba por las ramas. Cuando le echaba el ojo a alguien, difícil que esa desafortunada persona pudiera escapar. Cardenal recuerda que tras ser capturado fue llevado con PJCh ante Somoza, y éste no escondía su malestar porque no habían perecido. Durante una fiesta en Jinotepe, sin que hubiera comenzado el Consejo Militar que juzgó a los rebeldes que dirigía PJCh, lanzó su bola negra: “Tanto PJCh como Luis Cardenal serán condenados por traición a la patria”.

Pedro Joaquín calificó el cargo durante la audiencia de “falsa y monstruosa acusación”.


Mañana:
* Cuando el hijo del dictador estudiaba en la Escuela de Guerra Sicológica y de Guerra Especial de Fort Braggs, conoció a Michael Echannis y a Charles “Chuck” Sanders
* El jefe de la EEBI sabía que su padre había quedado al borde de la muerte con el ataque al corazón. Y así captaba a los oficiales jóvenes de la Academia Militar, ya bien preparados