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Barcelona / EL PAÍS  
Como ejercicio altruista o como medio para evitar los elevados gastos de un entierro, la donación de cuerpos en España ha crecido de forma vertiginosa en el último lustro.

Las facultades de Medicina disponen de una abundante reserva de cadáveres, y algunas quedarán desbordadas en unos años por las solicitudes que gestionan.

Los cuerpos donados para la docencia y la investigación son una herramienta fundamental en la formación de los profesionales.

Aunque no hay datos globales, las cifras que manejan las facultades españolas son contundentes. En 2006, la Universidad Autónoma de Barcelona atendió a 210 personas interesadas en ceder su cuerpo al morir. Hasta noviembre de este año habían alcanzado las 400 solicitudes. En la de Málaga, las peticiones también se han duplicado: de 66 hace cuatro años a 121 en 2010. La tónica es general, con aumentos del 40% (Valencia) o del 80% (Madrid).

Entierros caros
La multiplicación de donaciones se explica, dicen los expertos, por diversos factores: la ruptura de tabúes entre sectores cada vez más amplios de población; el proselitismo de los docentes, interesados en que sus alumnos tengan contacto directo con el cuerpo humano antes de trabajar, y, cada vez más, la necesidad de las familias de ahorrarse el entierro, que en España supone unos 2,500 euros (3,346 dólares) de gasto medio.

‘El aumento tiene que ver con un motivo económico. Los entierros son caros, y muchas personas mayores quieren evitarles el gasto a sus hijos’, resume el profesor Jorge Murillo, de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha visto aumentar las peticiones el 40% en dos años y está a un paso de la saturación.

‘Antes casi no podíamos hacer prácticas. Ahora hemos acelerado la salida de material cadavérico. Vienen muchos donantes, pero por fortuna son jóvenes y tardarán en morir. De otra forma, nos veríamos desbordados’, afirma.

‘Aquí llegan, sobre todo, personas mayores que explican por qué quieren dar el paso. Y cada vez más admiten sin reparos que no quieren ser una carga para su familia una vez muertos’, explica Nieves Cayuela, responsable técnica del servicio de donación de cuerpos de la Universidad de Barcelona, donde las peticiones han crecido el 50% en cinco años.

Cuando se dona el cuerpo, las universidades asumen los costos. Se encargan de transportarlo, prepararlo (se embalsama o se congela), y, después de utilizarlo (hasta cinco años), de incinerarlo.

Para las facultades supone un gran esfuerzo económico y de personal, ya que obliga a tener a alguien siempre disponible por si un donante fallece: el cuerpo debe llegar a su destino con la máxima rapidez.

Las personas que entregan su cuerpo por razones económicas no sólo buscan ahorrarse el entierro. También quieren dejar un dinero extra a sus familias a costa del seguro. La mayoría de españoles paga pólizas para que, llegado el momento, la compañía asuman el entierro. Pero los donantes no precisan de ese servicio, de modo que toca devolver parte del dinero.

‘Hay gente que quiere cobrar el seguro. Sus familias nos piden un certificado que les solicitan las aseguradoras para constatar que el cuerpo está aquí’, detalla María José Mora, doctora de la Facultad de Medicina de Málaga.

Hasta ese lugar deben desplazarse quienes pretenden ser donantes. ‘Para nosotros es vital que vengan en persona. Así vemos que realmente quieren hacerlo’, añade.

En Málaga siempre había más candidatos extranjeros que españoles. En dos años, sin embargo, se ha revertido la tendencia. Y son ‘los nacionales’ los que ‘comentan más el tema del seguro’, dice Mora.

¿Intereses económicos o altruistas?
Hay leyes estatales y autonómicas sobre política mortuoria. Pero cada facultad gestiona el servicio a su manera y aplica sus propios criterios. A algunas les basta con que el donante rellene la documentación y la envíe por correo. Otras aceptan cuerpos de fallecidos aunque éstos no hayan consentido en vida de forma expresa. En esos casos es suficiente con que, al morir, sus familiares transmitan el supuesto deseo del finado.

Para algunos expertos, esta práctica abre la puerta a que los intereses económicos pasen por encima del altruismo de un acto que debe expresarse, en vida ‘de forma consciente, libre y voluntaria’.

También ocurre el caso contrario. O sea, familias que bloquean el acceso de las facultades al cuerpo de un donante. En España ha habido fuertes resistencias a las donaciones, salvo en la franja mediterránea y las grandes ciudades.

Y aunque el aura oscurantista se ha ido perdiendo --antes sólo llegaban a las facultades los cuerpos de mendigos que morían en la calle--, hay personas que siguen oponiéndose a esta práctica.

‘Si la familia no nos informa de la muerte, estamos pillados. Hemos tenido problemas con gente que, por mentalidad o por disputas con la herencia, se ha negado a entregar el cuerpo’, afirma Juanjo Coronado, de la Universidad de Valencia.

‘Aragón siempre ha sido reticente. En zonas turísticas hay más donantes, sobre todo turistas del norte de Europa que, de paso, se ahorran un problema. Pero si la familia del donante se opone, entiendo que hay que aplicar el sentido común’, tercia el doctor Juan de Dios Escolar, de la Universidad de Zaragoza.

Allí se ha pasado de 10 a 100 donaciones al año en poco tiempo. ‘Estamos esperando la ola de frío. Se nota’, añade.

Coronado asegura que la información es fundamental para que la gente se anime a donar. Ana Irujo, de la Universidad de Pamplona, añade que no se debe perder de vista que ‘detrás de las donaciones suele haber una gran generosidad’.

Irujo resalta que, aunque los jubilados son mayoría, hay otros perfiles. ‘Incluso estudiantes, aunque lo normal es que la gente empiece a pensar en esta opción a partir de los 45 años’.

Mora, de Málaga, resume lo que piensan sus colegas: ‘Para aprender, no hay nada como un cadáver’. Murillo también lo cree, pero añade que debería priorizarse la donación de órganos. Y apela también al interés: ‘Si se mueven hilos para que también se ahorren los gastos, estoy seguro de que habría más donantes de órganos’.