•  |
  •  |
  • END

Se vive otro ambiente en este sitio que apenas hace siete meses traspiraba agonía y olvido. Hay movimiento de gente haciendo cosas, trabajadores en labores de albañilería, ruidos de martillazos, humo y olor a comidas fritas.

De las casas de cartón y plásticos negros que sobreviven en el Parque Pedro Joaquín Chamorro, en un costado del edificio de la Asamblea Nacional, salen los alimentos de los obreros que terminan de afinar las 72 casas que el gobierno de Nicaragua mandó a construir para los ex bananeros y afectados del Nemagón que pernoctaban ahí desde mayo de 2007, pero que habían hecho del solar público un campamento de protesta desde 1999.

La dirigente principal de los ex trabajadores bananeros, Altagracia Solís, desde una champa limpia y amplia que huele a perfume de pinos y que alberga una imagen gigante de la Virgen María y un árbol navideño bien dotado de adornos, pide paciencia y prudencia a los periodistas cuando le preguntan sobre la inauguración de la llamada Ciudadela Nemagón, que ahora se yergue de cemento y hierro en el mismo sitio donde apenas hace menos de siete meses estaba un campamento gris de casetas plásticas y tristes fogones de piedras en la tierra.

“Ya pronto les vamos a informar de todo, se los prometo. Ahora no puedo contarles nada porque se están afinando los detalles de la inauguración y no es correcto adelantarse a las actividades”, dice Solís, quien pese a su hermetismo, sonríe y celebra lo que yace ante sus ojos: un complejo de casas duplex de techos metálicos y paredes blancas, con andenes y calles de cemento fino entre una arboleda de eucaliptos.

Son en total 72 viviendas y tres salas de reuniones, con un área de parque, baños públicos comunales y andenes peatonales que el gobierno del presidente Daniel Ortega mandó a construir en julio del año pasado.

El contexto de aquella decisión fue histórico: EL NUEVO DIARIO publicaba una serie de cuatro reportajes sobre los 10 años de luchas del movimiento campesino afectado por el pesticida Nemagón en lucha contra trasnacionales estadounidenses, en cuyo lapso de tiempo nada había cambiado y seguían muriendo en pobreza, olvido y sin justicia.

Los más de 600 ex trabajadores que sobreviven a la protesta, son una pequeña parte de un movimiento que llegó a movilizar a más de 5,000 personas a pie desde Chinandega a Managua, para asentarse por primera vez en 1999, a ese parque.

Una vez ahí, bajo las inclemencias del tiempo y la indiferencia social, hicieron de todo para llamar la atención: cavaron tumbas donde se enterraron hasta el cuello bajo el sol, salieron a las calles con botellas llenas de gasolina y amenazaron con inmolarse, se ataron con sogas en improvisadas cruces de palos para imitar la crucifixión de Cristo, y hasta se desnudaron e hicieron una cadena humana para impedir que el Ministerio de Salud los echara del campamento por “riesgos sanitarios”.

La última vez que vinieron unidos fue en mayo del 2007, pero en diciembre de ese año se dividieron definitivamente, y una parte regresó a Chinandega y otros se quedaron apoyando al gobierno de Ortega.