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Marco Antonio Espinoza, de 18 años de edad, se despertó ese día como si fuera uno más, sin saber que la vida le jugaría una mala pasada. Desayunó, lavó su ropa y se fue al colegio.

Al regresar se colocó en una esquina para conversar con uno de los compañeros de su barrio y miembro de la pandilla a la que pertenecía: Los Ponkis.

Eran exactamente las 7 y 35 minutos de la noche cuando Marco Antonio vio una motocicleta que los estaba rondando. La motocicleta comenzó a dar varias vueltas a pocos metros de donde ellos se encontraban, pero Marco Antonio presintió que algo malo iba a suceder.

Era una motocicleta blanca marca Génesis, conducida por dos hombres cuya cara le pareció familiar. Tras un breve titubeo comprendió que pertenecían a la banda delictiva contraria a la suya, la FMR, y se dispuso a correr por su vida.

Todo pudo haber acabado ahí

El sonido de un balazo confirmó sus sospechas, y con el alma en un hilo comenzó a correr. Un segundo disparo surcó el ambiente y le impactó el brazo derecho, seguido por un tercero que le perforó la pierna. Sintió cómo su sangre se derramaba y le manchaba la ropa, y un solo pensamiento le vino a la mente:

¡Voy a morir, Dios mío!
En ese instante ve pasar un taxi y con la mano temblorosa le pide que se detenga. En media hora se encuentra en el Hospital Manolo Morales. El dolor se siente como un latigazo insoportable, y teme que la vida se le vaya con tan sólo 18 años. Piensa en los consejos que le dieron sus padres sobre la necesidad de que abandonara la pandilla antes de que fuera demasiado tarde, y se arrepiente de no haberlo hecho.

Por eso, las palabras del médico se convierten en un bálsamo para sus oídos, cuando éste le aclara que está fuera de peligro. Las dos balas atravesaron la piel pero no lesionaron ningún órgano importante. Marlon respira tranquilo pero le surge una interrogante. Hoy el destino lo ha protegido, pero, ¿qué pasará mañana?

Un problema social
Las pandillas son un problema real con profundas raíces estructurales. Según datos ofrecidos por la Policía Nacional, existen 48 pandillas a nivel nacional y más de 800 jóvenes están involucrados en actividades delictivas.

Para la sicóloga Yaranaña Naya Fauné esto es un problema multifactorial que tiene muchas causas.

“Los jóvenes se integran a las pandillas por muchas razones, entre ellas porque buscan a sus coetáneos, personas que no los van a juzgar y con quienes van a compartir experiencias nuevas”, indica Fauné.

El otro aspecto a considerar es el sentido de pertenencia que tanto afecta a los jóvenes.

“La adolescencia es una etapa difícil. Los jóvenes se sienten confundidos y buscan con quiénes identificarse, compartir sus sentimientos y dudas. Las pandillas pueden convertirse en ese lugar donde los jóvenes encuentren aceptación y respeto, algo que difícilmente encuentran en el seno de su hogar”, señala Fauné.

Hogares disfuncionales y falta de cariño y afecto, es otro de los factores a tomar en cuenta a la hora de analizar por qué el número de pandillas aumenta a pasos agigantados a lo largo y ancho del país.

“Muchos de estos jóvenes no reciben el cariño que necesitan. Viven violencia intrafamiliar y buscan llenar su vacío de afecto a través de los amigos. Pero eso es peligroso cuando los amigos los involucran en actividades delictivas”.

La pobreza y la falta de oportunidades es otro de los elementos a considerar.

“Cuando los jóvenes sufren deserción escolar debido a carencias económicas, acumulan resentimiento social por la falta de oportunidades y las pandillas pueden convertirse en una forma de revanchismo social”, señala Fauné.

Las inseguridades propias de la adolescencia son otro de los puntos a considerar.

Las dudas pesan en la juventud

“Los jóvenes sufren muchos dudas, crisis de autoestima y falta de amor propio. En los grupos delincuenciales ellos creen encontrar respeto y reconocimiento social, se sienten poderosos, seguros y populares porque nadie se mete con ellos. Infunden miedo y se convierten en el chico guapo, en el que tiene las conexiones y el control del barrio”, explica Fauné.

También advierte que en muchos casos los jóvenes caen en la delincuencia porque son usados por grupos de narcotráfico que se aprovechan de las ventajas que gozan gracias al Código de la Niñez y la Adolescencia.

“Hay grupos narcotraficantes y de trata de personas, que inducen a los jóvenes de escasos recursos a formar pandillas de sicarios porque saben que según el código no pueden ser procesados”, señala.

Finalmente la sicóloga considera que la pobreza y la marginación son caldo de cultivo para las pandillas.

“La pobreza y el desempleo generan la proliferación de pandillas porque en muchos casos es la manera que encuentra el joven para suplir las necesidades de una sociedad consumista y desigual”, explica.

En Nicaragua 1 millón de jóvenes entre los 16 y 23 años no trabajan ni estudian. Sólo 20 de cada 100 jóvenes están en la universidad y más de un millón están fuera del sistema productivo. Al final, muchos de ellos optan por el camino más fácil, las pandillas, sin saber que en ellas pueden encontrar la muerte y la destrucción de su futuro.