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Superada, al menos por el momento, la violencia en las calles, Túnez se asoma a un peligroso vacío de poder. El partido del dictador Ben Ali ha sido disuelto, la policía se ha retirado de las calles, el Ejército permanece expectante pero nadie sabe lo que se cuece en su seno; y en una coyuntura dominada por la incertidumbre y el temor, la oposición no inspira suficiente confianza. Casi nadie conoce a las figuras políticas que emergen y que fueron silenciadas totalmente durante décadas.

El comité central de Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), el partido del dictador fugado, fue disuelto después de que gran parte de sus miembros, y a la vez ministros, abandonaran sus filas. A las puertas de su sede en la capital, miles de manifestantes exigían su desaparición definitiva. Sin cambalaches.


Incautarán bienes
Hay un acuerdo sobre un proyecto de ley de amnistía para excarcelar a los presos políticos de cualquier tendencia ideológica. ¿Incluidos los fundamentalistas? 'Sí, por supuesto', contestó a Reuters el ministro de Educación Superior, Ahmed Ibrahim. La confusión reinaba entre algunos familiares de estos prisioneros porque ya se anticipó la liberación de todos ellos y muchos permanecieron en prisión. Asimismo, otro ministro, tras la primera reunión oficial del Gabinete, afirmó que el Estado se incautará de todos los bienes inmuebles, acciones, empresas y demás pertenencias de la familia del depuesto presidente y del RCD.


Militante o apestabas
'Esta táctica del gota a gota no funciona. Necesitamos un golpe positivo que desligue totalmente al Ejecutivo del RCD', señala Mustafa Benjaafar, uno de los cinco ministros dimisionarios. 'Hay gran confusión', agrega, 'sobre las personalidades del RCD y tecnócratas del partido que no respaldaban al régimen. Pero la gente los mete a todos en el mismo saco'. El RCD tenía hasta dos millones de afiliados, casi el 20% de la población. Sin esa fidelidad, uno era un apestado.

Retratos y rótulos de Ben Alí al basurero
Los retratos otrora omnipresentes de Ben Ali son arrancados de cuajo, como lo fue el cartel del RCD en la sede principal del partido, en el centro de la capital. Una buena señal: la detestada policía casi ha desaparecido de ciudades y pueblos, pero los disturbios son muy aislados. “Este país está dando una lección de civismo. Los policías se han quitado el uniforme y se han ido a casa. A pesar de ello, no sucede nada grave”, destaca Sahli. No obstante, el inmediato porvenir está plagado de sombras. Porque nadie puede aventurar si en pocas horas o días habrá otro cataclismo en el Ejecutivo. Que es lo que desean precisamente los manifestantes que no se cansan de chillar, apuntando con el dedo hacia abajo: “Ghanuchi fuera, Gobierno abajo”.