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Cuando Marielle Vogler abre la puerta de su casa, se ven niños jugando adentro, en la cocina. “Los viernes hay una clase de teatro aquí”, explica la suiza, y ofrece un café negro a la visita. Los pequeños hacen un círculo e imitan los movimientos que les muestra su maestra, la estudiante Mariam Elizabeth Martínez Izaguirre. Durante los ejercicios, a menudo se ríen; se ve que se lo pasan bien.


Hace algunos años, Marielle Vogler tenía la idea de iniciar talleres para los niños de su barrio durante las vacaciones escolares. Ahora vienen casi cada día unos menores a su casa para jugar con los gatos y las tortuguitas, para prestar y leer un libro, o en este caso, para las clases de teatro.


“Tengo mucha suerte con Mariam, porque ella tiene mucho ánimo para dar clases a los niños. Al principio la estaba guiando, pero ahora ya no necesita ayuda”, dice Marielle Vogler.


“Las clases son gratis para los niños, pero a la joven maestra por lo menos le pago un reconocimiento”, explica la suiza de 56 años.


Marielle Vogler se compromete con los niños para brindar una sana recreación y promover espacios lúdicos.

De una pasantía a la inmigración
La primera vez que Marielle Vogler vino a Nicaragua fue en 1985, en medio de la guerra que se vivía en ese entonces. La joven enfermera suiza aplicó para un puesto ofrecido por el Comité de Solidaridad, y la ubicaron en el centro de salud de San Dionisio, Matagalpa.


“Solo sabía que necesitaban enfermeras en Nicaragua, y como quería hacer una pasantía en América Central, eso era la posibilidad para hacerlo”, dice Vogler.
Pero en ese momento no se imaginaba que se iba quedar por tanto tiempo en el país de los lagos y volcanes.


“Siempre me quedé por una temporada determinada por un proyecto. Y después siguió otro”, explica la suiza. Así pasaron más que diez años, hasta que en 1998 sintió que no podía seguir igual.


“Me fue a Suiza para tomar una decisión. Allá me hizo falta Nicaragua, y me di cuenta de que tengo raíces en Suiza, pero también en Nicaragua, y que prefería vivir en tierra nica”, expresa.


Sin saber de qué iba a sobrevivir (sin trabajo específico), Marielle Vogler regresó entonces a su patria adoptiva.


Al ser preguntada por qué le gusta tanto Nicaragua, Marielle se pone a reír y dice que halla muchas razones para querer este país: “Su cultura, sus tradiciones, la gente y la naturaleza”.

Aprender de los nicaragüenses
La suiza mira su trabajo en Nicaragua como ayuda, pero más que eso, como intercambio.


“Lo que más admiré de los nicaragüenses es que se pueden adaptar a nuevas situaciones y circunstancias muy rápido. La gente aquí nunca tiene seguridad, y a veces vive cosas muy difíciles, pero siempre puede seguir adelante. Eso me impresiona”, dice Marielle Vogler, y admite que está intentando aprender eso de los nicaragüenses.


Marielle Vogler es una mujer a quien no sólo le gustan las palabras bonitas, sino que sabe bien de qué está hablando.


En estos 25 años la vida no siempre ha sido fácil para ella, pero como extranjera con el pasaporte suizo, que le permite dejar Nicaragua y volver a vivir en Suiza, dice que “no me gusta hablar de tiempos difíciles, porque yo tengo una ventaja de poder partir si no puedo seguir aquí”.


Aparte de esa diferencia formal y de su apariencia, Marielle Vogler no se distingue mucho de los nicas. Su hogar es pequeño y sencillo, y lo comparte con otras mujeres.


La suiza lava su ropa a mano, utiliza los buses para moverse en Managua y sobrevive de un día al otro. Trabaja como promotora de varios proyectos --la mayoría de ellos sin recibir salario-- y ejerce terapia floral.


Aunque no gane mucho dinero, Marielle se siente feliz, porque puede hacer lo que le gusta. “Para mí es importante poder compartir con los nicaragüenses, y estoy muy agradecida de tanto que puedo aprender de ellos.”

¿Qué le molesta?
A algunas personas se les da demasiada responsabilidad, porque otras no desean asumirla.