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Una viejecita fumando un puro y repartiendo ondas de humo entre la niebla, montada en un caballito y sentada en su elegante galápago, llevando recados a las tropas de Sandino; otra vejecita chelita, cubierta su cabeza con un impecable pañuelo blanco, despachando leche al amanecer; jóvenes zambulléndose en las cristalinas aguas de las pozas del río Viejo, extensiones de telas llenas de café a lo largo de las calles, hombres enchaquetados en talleres de ebanistería y sastrería para asombro de los parroquianos, hombres cabalgando en caballos con pañuelos rojinegros en sus cuellos…


Lo anterior no son cuadros de pintura de algún museo imaginario, sino las imágenes que José Víctor Ruiz Úbeda, a sus 85 años, recuerda de la Jinotega de los años 30, la que añora como una novia de elegantes trenzas y festones de neblina que se esfuma entre la agonía y la nostalgia. Hoy, ya no puede ver esas imágenes porque perdió la vista, pero su lucidez las hace vivir y vibrar como si estuviéramos frente a ellas.


Ruiz Úbeda es un orfebre del acero y de la lata, hijo de un sabio maestro, políglota autodidacta y nieto de Ignacio Ruiz, Bachiller en Ciencias y Letras que viajó de Rivas a León con la intención de hacerse cura, pero que el padre Francisco Reyes, sacerdote de Jinotega a finales del siglo XVIII, lo llevó a la ciudad a conocer la neblina y a engrosar los más originales “staff” de maestros, carpinteros, encuadernadores, sastres, hojalateros y hasta científicos de la observación astronómica.


Junto a Ignacio Ruiz, el abuelo de José Víctor, llegaron los Baltodano, González y los Rivera, entre otros apellidos que hoy son comunes en la ciudad, y que despuntaron en los oficios hasta ese tiempo desconocidos en Jinotega.   

Se guiaban por la estrellas
Eran autodidactas, se guiaban por las estrellas y las más diversas imágenes de la constelación celeste, hasta por las hormigas, los cantos de los pájaros y los retozos de las bestias, para saber cuándo iba a llover o cuando una madera, según la luna, estaba lista para ser forjada por los ebanistas. También estas señales servían para los otros oficios.


José Víctor Ruiz Úbeda, hijo de José Víctor Ruiz Jarquín y nieto de Ignacio Ruiz, descubrió su venia de poeta y soñador, desde el día en que su padre le obsequió un libro de poesía llamado “Iris”, y a partir de ahí le comenzó a gustarle la métrica en la poesía, y a los 14 años hizo sus primeros versos románticos, entre líricos y épicos. “Después me comenzó a gustar la novela y lecturas bíblicas o clásicas”, dice.


Se declara enamorado de Jinotega y recuerda las salidas románticas con el amor de su vida, la Esperancita Mendoza, la hija del maestro, músico y compositor Nemesio Pastrana. Íbamos a ver cómo construían la nueva carretera entre Matagalpa y Jinotega, que Somoza García mandó a hacer porque pasaba por su finca La Fundadora. Me gustaba capturar paisajes con mi cámara. Lamenta no haber hecho una buena foto de la ciudad vista desde La Vuelta del Amor, el destino de los enamorados de la ciudad.


A través de un poema dedicado a Jinotega describe la ciudad del siglo pasado: la loma de La Cabaña, los ríos Viejo y Ducualí, los cerros Chirinagua y Susulí, Los Pinos, la Peña de la Cruz. Las pozas de El Bejuco, Los Milagros, El Espino, El Chapulín, El Tamalaque, La Garza, ahí se pescaba. Eran los tiempos cuando no había agua potable en Jinotega y los pobladores bajaban a lavar ropa y a bañarse a la orilla del río.


Jinotega y sus calles empedradas, los habitantes se conocían por sus nombres y apellidos, se conocían por familias, casa por casa.

¿Cómo llegó su familia a Jinotega?
“Mi madre es de origen sanrafaelino, mi padre nació en Jinotega, pero de padre rivense. El padre Francisco Reyes, el mismo que gobernó la curia jinotegana en los años mil ochocientos, creó una escuela parroquial  y trajo a mi abuelo como maestro de primaria, Ignacio Ruiz, Bachiller en Ciencias y Letras. Cuando quedó viudo se trasladó a León porque quería ser sacerdote salesiano, fue cuando lo llamó el padre Reyes, se enamoró de mi abuela, se casaron y formaron la familia Ruiz Jarquín”.

¿Cómo se inauguran los oficios en Jinotega?

El padre Reyes trajo a la familia Baltodano, a don Pedro Baltodano, el progenitor de esa familia, para ser instructores de música; la familia de don Jorge González, también músico; don Antioco González, escultor de imágenes religiosas; Jesús y Antonio González, también músicos; Tomás Rivera, el papá de Fausto Rivera, músico y sastre; mi abuelo, Ignacio Ruiz, era maestro, carpintero, ebanista, encuadernador y sastre. Encuadernaba hojitas tipografiadas que traían desde El Salvador. Eso fue a finales del siglo XVIII.

¿Cómo hacían estas familias para informarse? Eran muy cultas.
Ha sido una costumbre en Jinotega, que a la hora de almuerzo o cena, los hijos se quedan platicando con sus padres alrededor de la mesa, y ahí salían las enseñanzas. En el caso de mi papá, me contaba anécdotas, lecturas, de los parentescos en la ciudad, las familias, sus orígenes. Eran los años 30 en Jinotega”.

¿Qué hacían los jinoteganos cuando la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo se informaban?

Nos informábamos en los diarios, comenzaban a llegar los primeros radios. Don Pablo Müller tenía un radio pequeño y la gente se aglutinaba alrededor para escuchar las noticias. En El Batazo, los billares de don José Palacios, ahí se vieron los primeros televisores, pero la energía fallaba mucho porque provenía de una planta que había fundado don Enrique Gilke, luego Somoza cambió la planta por una que habían dejado los marines en la isla El Cardón, frente a Corinto.
El principal ordeño de la ciudad estaba en el lugar que había sido la quinta de don Alberto Alfaro, luego se la vendió a don Carmen Herrera donde se compraba la leche y la cuajada.  La señora que vendía se llamaba Sinforosa Rivera, era una anciana rosadita, canosa, y se ponía un pañuelo en la cabeza, con su delantal largo…, era la suegra de don Serapio Palacios.


Don Amadeo López, un hombre muy educado, repartía volantes tamaño carta y hasta fotos impresas de cómo iba la guerra.

¿Estas familias eran autodidactas?

En ese tiempo, la única vía de llegada de información era por la carretera vieja, que ahora pasó a ser la nueva. Era una trocha. El primer transporte por esa trocha lo llevó Pedro Argüello, un camioncito de 30 quintales, llevaba café, manteca de cerdo. Don Rafael Hernández fue el primero en ofrecer un transporte de mayor calidad, un vehículo Ford de capota de lona. También don Gustavo Gilke tenía uno similar.


De Jinotega, buscando al norte, donde hoy es el lago de Apanás, venían las primeras avionetas forradas con lona. Los jinoteganos iban al aterrizaje a tocarlas.

¿Cuándo comienza usted a ser protagonista de los cambios en Jinotega?
Yo siempre fui curioso. Cuando viajaban las carretas hacia León, me extrañaba del tiempo que tardaban para traer mercancía de León y de aquí llevaban el café. El café lo llevaban en pergamino y los agricultores secaban el café en las calles porque no había tráfico de vehículos, lo regaban por las mañanas y por las tardes lo recogían.

 

Hubiera sido físico, pero…

Los estudiantes preferían cambiar de acera para no pasar por el taller de hojalatería y de reparación de radiadores de “Chepito” Ruiz, porque este señor, pícaro y tras sus gruesos lentes, hacía preguntas de Historia y de Geografía tan difíciles como la extensión del río Mississippi o la ubicación de Troya.      

¿Usted tuvo alguna profesión?

Después de la escuela me ponía a trabajar con mi padre en la hojalatería, hacía regaderas y candiles. Estudié hasta sexto grado, no había instituto, pero fui un necio lector, me gustaba leer La Eugenesia.
 

¿Cómo hizo para perder ese temor?   
Un día conversé con el padre Mamerto Martínez, un sacerdote aborigen, y él me explicó que la Biblia debía leerse con algún sentido de preparación, porque en ese tiempo no aconsejaban leerla a los menores de edad. Él me dijo que leyera de todo, que dejara lo bueno y desechara lo malo. Así leí mucho de rosacruz, y me sentí liberado a partir de la conversación con el padre Martínez. Descifré lo que para mí era pesadillas, como las fugas del espíritu, cómo conocer el más allá, experimenté esas sensaciones con mentalidad abierta.

¿Qué influyó en usted para llegar a conocer estas corrientes de pensamiento?

Las lecturas de mi abuelo. Tenía libros acerca de los temas religiosos, lecturas de experiencias de misioneros cristianos en África o América.

Los estudiantes le temían a usted porque gustaba hacer preguntas difíciles de Geografía o de Historia. ¿Por qué hacía eso?
Es la clase de enseñanza. Tuvimos la dicha de tener profesores que eran egresados de las escuelas cristianas de los Hermanos de La Salle. Eran muy bien preparados y nos enseñaban de todo, ahora yo friego a los estudiantes cuando les pregunto cuántos continentes hay, me dicen que hay cinco y cuando les pido que me los nombres, se quedan callados.


Yo me empapé mucho en la mitología griega, estudiábamos el Viaje de los Argonautas, dónde quedaba Troya; Geografía, a mí no se me olvida qué es Escandinavia, la Península Ibérica, el remolino oceánico del mar de los Sargazos, el Mar del Norte. La corriente de El Labrador… los estudiantes de hoy no conocen nada de eso.


Nosotros lo leíamos y observábamos. Yo quizás hubiera sido físico en lugar de hojalatero.

¿Y cómo eran sus interlocutores de ese tiempo?
Hablaba con todos. Un día un campesino me dijo que era bruto porque no había estudiado; estábamos en abril, entonces le pregunté que cuando llovería, y él inmediatamente comenzó a explicarme cuándo habían caído las primeras aguas llamadas cocoteros, que la Osa Mayor se estaba poniendo a tal hora, que el Arado, la Cruz del Sur…  y así me explicó que las lluvias comenzarían en tal fecha. Entonces le dije: ‘Vos leés en la naturaleza, no sos ignorante como decís’.

¿Recuerda a algún personaje en especial?
Claro,  a doña Úrsula Gadea, la correo de Sandino. Cuando se dijo que se había logrado la paz, la Guardia Nacional salió a Wiwilí a terminar con las colonias de sandinistas, y el entonces teniente Edmundo Delgado, tío del héroe Ajax Delgado, se encontró con la viejita y le dijo: ‘Idiay, vieja, ¿andás buscando a tu hijo?’
Entonces la viejita con toda indignación le contesta. ‘Si hijuep, te lo acabás de hartar y me estás hablando m...

¿Y cómo operaba la correo de Sandino?

Montaba un caballito con galápago, una montura especial para ir sentada y fumaba un purito, se metía a las montañas a llevarle recados a las tropas sandinistas. La Guardia le mató a un hijo que se llamaba Valentín Gadea. Esta viejita era abuela del veterano colaborador sandinista esteliano, Tobías Gadea.
Recuerdo que entraban a la ciudad personajes con anchos sombreros con sus alas enrolladas, montados a caballo con sus pañuelos rojinegros que medían hasta media vara de largo.