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Propia de una ciudad sin ley, la escena se ha hecho habitual en Trípoli en las últimas 48 horas. Un coche, con una gran foto de Kadhafi en la luna, se pasea por la calle, y al cruzarse con un grupo de personas en una esquina o a la puerta de un edificio, puede verse cómo se bajan las ventanillas y del interior sale una ráfaga de disparos. Son los mercenarios del dictador libio, que quieren imponer el caos.


“Disparan contra la gente de forma indiscriminada”, explica a El País un ingeniero libio, residente en la capital, que quiere guardar el anonimato por temor a las represalias.


“No son muchos, pero son asesinos”, sentencia. Un ciudadano español, que vive en Trípoli y también prefiere no dar su nombre por seguridad, refleja el mismo temor en sus palabras: “Salir a la calle es muy complicado y peligroso. Los helicópteros y las patrullas de coches atacan a la gente”.


El centro administrativo y económico del país se ha convertido en un escenario donde reinan la anarquía y el terror. Los opositores al régimen han levantado muchas barricadas para impedir el paso de los vehículos del Ejército que transportan armamento pesado, mientras los partidarios de Kadhafi ondean banderas verdes y disparan al aire para causar el desconcierto.


Todos hacen por ganar la batalla de la calle, incluso los que sólo buscan regresar a la normalidad en medio del desorden. Después de que cazabombarderos sobrevolasen el cielo durante horas el lunes, la gente salió a la calle el martes, según cuenta el testimonio del ingeniero libio, con el objetivo de “encontrar pan” y “algo de combustible”. Sin embargo, en todo momento, bajo la amenaza de jugarse la vida si un coche paraba y bajaba la ventanilla.

Mercenarios africanos
Algunos testigos consultados hablan de mercenarios africanos, pagados por Kadhafi con miles de dólares, que ni siquiera hablan árabe y sólo quieren matar. Otros se refieren a fieles del sátrapa beduino, que han levantado sus sables para morir matando.


“Aquí todo lo que se ve son señales de guerra”, afirma el seleccionador nacional de fútbol sala de Libia, el gallego Pablo Prieto, que pudo hablar con su familia por Internet, y reconoció que tanto él como su preparador físico, el extremeño Luis Castellano, están “acojonados”.


“En el camino nos hemos encontrado más de 20 coches quemados, escasea la gasolina y hay colas de kilómetros ante las estaciones de servicio”, relata.
Amira, una joven profesora libia en una guardería de Trípoli, asegura por teléfono que no se atreve a salir de casa: “A través de las ventanas vemos disparar a los soldados continuamente y se oyen gritos”. No sólo siente miedo a los disparos, sino también a quedarse incomunicada.


“La línea telefónica se corta cuando menos lo esperas e internet se cae con frecuencia”, explica la maestra libia que, a pesar del escenario indeseable, asegura que no se le pasa por la cabeza huir: “Soy libia. Nací en este país y moriré en él”.

Difícil abandonar el país
No todos piensan igual que Amira. Pero abandonar el país africano se ha convertido en una misión imposible. “Más de 3,000 turcos esperan a las puertas del aeropuerto para coger un vuelo y dejar el país”, explica el ciudadano español residente en Trípoli.


“En las fronteras está comenzado el pillaje, y si intentas salir por los pasos fronterizos de Túnez o de Egipto te quitan el dinero, el móvil y tus pertenencias”, agrega.


Elisenda López, una catalana que vive en Lugo y que está casada con un británico, explica que su marido está atrapado en Bengasi.


“Anoche fue la última vez que hablé con él. Estaba atrincherado con unos italianos en el hotel Al-Hurra”. Con el aeropuerto de Bengasi destruido, la única opción para ser evacuado es coger un ferry a Malta o arriesgarse a emprender una ruta por carretera hasta la frontera con Egipto, donde los cazabombarderos sobrevuelan el cielo; una situación muy complicada: su última frase fue: “Nos vamos al aeropuerto”, puntualizó López.